El pasado 23 de enero, David Cameron, primer ministro británico, anunció su intención de convocar un referéndum, antes de 2017, para que sus compatriotas decidan si quieren, o no, que el Reino Unido siga siendo miembro de la Unión Europea. Pese al revuelo que se organizó en las principales capitales europeas, desde mi punto de vista es una magnífica oportunidad para que todos, británicos y no británicos, reflexionemos sobre el tipo de unión europea que queremos construir.

Uno de los principales rasgos de esta crisis es la fenomenal deuda, pública y privada, que tienen muchos países europeos con acreedores extranjeros, a lo que se suman las dudas sobre la viabilidad del euro y sobre la capacidad de esos países (España entre ellos) para pagar sus deudas respectivas. Para salir de esta situación, la mayoría de nuestros políticos y economistas recomiendan establecer cuanto antes una auténtica unión económica en Europa. Lo que en el argot político se expresa como “más Europa”. Eso significaría establecer un único Gobierno económico en Europa con poder para imponer sus políticas en todos los Estados miembros.

Por supuesto que esto no sería de hoy para mañana, porque no me imagino a Merkel, Hollande, Cameron o Rajoy haciéndose el “harakiri” político para entregar sus poderes nacionales a un Presidente europeo. No, esto será –si es que llega a ser- un largo proceso en el que las estructuras políticas y administrativas nacionales coexistirán –y pugnarán- con las europeas.

Pero la construcción de ese Gobierno económico ya está en marcha al iniciarse la conversión del Banco Central Europeo en una auténtica Autoridad bancaria de modo que, para el conjunto de la Unión Europea, llegue a tener los mismos poderes que aquí, por ejemplo, tiene el Banco de España. Como estos poderes solo se refieren a las políticas monetarias se dice, y con razón, que habrá que crear otras instituciones capaces de imponer políticas presupuestarias y fiscales comunes en toda Europa. Es decir, aquellas políticas, hasta ahora reservadas a cada Estado, que tienen que ver con gastos, ingresos, déficit y deuda. Se necesitaría, en resumen, crear algo así como un Ministerio de Economía y Hacienda a nivel europeo, que dejaría a los ministerios nacionales casi como meras “sucursales” de aquél.

Lógicamente, la transferencia de poder a Bruselas no se quedaría ahí, porque las políticas de gasto afectan a casi todos los ámbitos. Cabe suponer que, tarde o temprano, esa política económica común implicaría tender progresivamente hacia un diseño común de las principales partidas del gasto público; esto es, pensiones, sanidad, educación, subsidio de desempleo, volumen de las Administraciones, defensa, policía, subvenciones a la agricultura, la industria, la cultura, etc. Y, por otra parte, tender también hacia una fiscalidad común. Es decir, supondría en la práctica ir hacia un Gobierno europeo y, por tanto, una Unión Política de Europa, que dejaría a los actuales gobiernos nacionales seguramente con menos poder que los de nuestras Comunidades Autónomas. ¿Qué todo esto puede tardar 20 años? Sí, es cierto, pero la cuestión es qué hacemos mientras tanto.

Antes de seguir quiero aclarar que yo, personalmente, soy de los que cree que esa unión política es necesaria. Otra cosa es cómo se debe construir para no acabar retrocediendo en otros temas fundamentales. Concretamente: ¿qué va a pasar con la calidad de nuestra democracia? ¿Va ir a mejor o a peor? De momento, yo llamaría la atención sobre tres aspectos.

El primero es el de la pérdida de conexión entre los ciudadanos y los políticos que teóricamente les representan. Se parte de la base de que, en algún momento, habrá que dar el paso de que ese Gobierno (previsiblemente la Comisión Europea) salga de las urnas. Eso significaría que todos los europeos tendríamos que votar listas de candidatos presentados por partidos de ámbito europeo. Se podría decir que eso ya lo venimos haciendo, pero no es lo mismo votar la lista del PP, del PSOE o de cualquier otro, para que luego se junten con los de su cuerda en el Parlamento Europeo, que votar pensando que el cabeza de la lista que elijas (probablemente de otro país) pueda ser quien realmente nos gobierne. La diferencia es abismal. Si ya nos quejamos de conocer poco a quienes integran las listas que nos presentan los partidos españoles, no digamos en la situación que planteo.

De un modo u otro los partidos nacionales tendrán que integrarse en partidos europeos con líderes, elegidos en los respectivos congresos, que serán del país que toque. ¿Os imagináis a un alemán, un checo o un italiano viniendo, como líder del PP europeo, por poner un ejemplo, a contarnos sus propuestas? ¡Un tipo que nos habla en otro idioma! Se plantearán dudas razonables: ¿Será capaz de defender los intereses de todos los europeos o primarán los de su país de origen? ¿Estará familiarizado con nuestra situación o apenas tendrá una vaga idea?

Doy por sentado que, para ganarse la confianza de la gente, estos partidos europeos pondrán en marcha en cuanto puedan sistemas de primarias para la elección de sus candidatos y fórmulas diversas para facilitar la participación de los ciudadanos. Y seguramente recurrirán a toda suerte de iniciativas, aprovechando los avances tecnológicos en internet, para tratar de conectar más y mejor con sus electorados. No obstante, sin querer minusvalorar la oportunidad que todo esto ofrece para reinventar los partidos y sus modos de relación con los ciudadanos, lo cierto es que existe un serio riesgo de que, al crear una Unión Política Europea, se trasladen a la nueva escala europea los mismos esquemas de funcionamiento político que existen a escala nacional, con el agravante que tendría el efecto de distanciamiento.

El segundo problema que le veo es el de la eficacia y transparencia de ese futuro Gobierno europeo y de las instituciones que le habrán de apoyar. La experiencia con las actuales instituciones europeas (los Consejos de Presidentes de Gobierno o de Ministros, la Comisión Europea, etc.) pone de manifiesto que habría que hacer muchos cambios. Por ejemplo, la maquinaria administrativa de la Comisión es, en general, muy eficiente y profesional, pero los procesos de toma de decisiones, con la participación de los Estados miembros y del Parlamento Europeo, son demasiado laberínticos y opacos. Un ejemplo reciente ha sido el sorprendente tratamiento dado al rescate de Chipre. Pero como este se podrían citar otros muchos.

Es cierto que lo que tenemos es el fruto de un largo tira y afloja, con pasos adelante y atrás, entre las ideas distintas, y a veces abiertamente contradictorias, que han ido teniendo durante los últimos 30 años los principales líderes políticos que han ido metiendo baza sobre la Unión Europea que se quería. Pero también es cierto que, debido a ello, se ha creado una cultura de gobierno muy alejada del tipo de transparencia, agilidad y responsabilidad con los resultados que será imprescindible si vamos a una Unión política.

Para que un futuro Gobierno europeo se consolide es necesario que se gane el respeto y la confianza de los ciudadanos, por ello no puede permitirse correr el riesgo de que, por ejemplo, sus decisiones clave estén manchadas por la sospecha de que siempre se beneficia a los mismos países. Si los ciudadanos de unos países se sintieran permanentemente maltratados en beneficio de otros, la Unión política Europea tendría los días contados.

El tercero de los problemas que quería mencionar y, en mi opinión, el más grave, es el de la relación Estado-individuo. En los países actuales, el Estado tiene cada vez más dimensión y poder frente al ciudadano. En parte porque el Estado de Bienestar hace al ciudadano cada vez más dependiente de aquél. En parte también por la protección que debe brindar el Estado frente a los crecientes riesgos procedentes de, por ejemplo, la criminalidad organizada, la intromisión en las vidas privadas gracias a los avances tecnológicos o las prácticas abusivas de las grandes corporaciones empresariales y financieras. Y en parte, finalmente, por el simple hecho de que, en un mundo cada vez más globalizado, el ejercicio de gobernar está adquiriendo tal grado de complejidad que, inevitablemente, va haciendo cada vez más amplia la distancia que separa a los gobernantes de sus conciudadanos y mayor la tentación de los primeros por manipular a los segundos.

En estas circunstancias, si no sucede algo que provoque un cambio radical, la simple inercia juega en favor de un Estado cada vez más omnipotente y un ciudadano cada vez más “marioneta” de ese Poder. Los instrumentos tradicionales en manos de los ciudadanos, como son el derecho de voto, la conexión con sus representantes políticos, el acceso a una justicia “igual para todos”, etc., etc., no parecen ser suficientes como para evitar que la balanza del poder esté cada vez más descompensada en favor del Estado.

Por eso, si no se pone un cuidado muy especial y no se diseñan medidas eficaces para reequilibrar esa balanza, la construcción de una Unión Política Europea puede ser algo así como “salir de Málaga y entrar en Malagón”, porque equivaldría a crear tal Mega Estado que nos dejaría a todos los ciudadanos en sus manos.

Cuando hace casi dos años surgió el movimiento del 15-M en España, quedó muy claro que, al margen de que lo que dijeran sus protagonistas más visibles fuera más o menos razonable, aquello era un aviso muy serio del amplísimo rechazo social que se estaba incubando frente al sistema político que tenemos.

Sería un grave error que, por aquello de las prisas en la resolución de la crisis financiera y por aquello de buscar una salida como sea, nos lanzásemos a construir precipitadamente una Unión política que reprodujese a escala europea los mismos vicios que se están volviendo nauseabundos a escala nacional.

Cuando yo era pequeño y me preguntaban cuánta sopa quería, si a mí se me ocurría contestar con gesto de repugnancia que aquello no me gustaba mi padre, con ese tono de autoridad tranquila pero contundente que me dejaba pegado al asiento, me decía aquello de “¿cómo que no quieres una taza? Te vas a tomar dos”. Pues eso es lo que nos puede pasar con la creación de una Unión Política Europea.

8 comentarios

8 Respuestas a “LA UNIÓN POLÍTICA EUROPEA: ¿NO QUERÍAS UNA TAZA? PUES AHÍ VAN DOS”

  1. Alberto dice:

    Cada uno de nosotros, seres humanos que habitamos el planeta Tierra, vivimos en un determinado estado respecto a nuestra potencialidad esencial. Y si el estado en el que vivo me resulta ya dictatorial, ni le cuento cómo me cae lo de un estado superior con sede en Madrid, en Bruselas o en mi pueblo.

    Mientras las personas que se sienten en la obligación de resolver mis problemas estudian cómo hacerlo mejor, yo seguiré tratando de abrirme puertas y ventanas, por ver si la luz ahuyenta a las fieras, fantasmas y fantasmones que siguen empeñados en implantarme el síndrome de Estocolmo con título y máster, a precio de paraíso terrenal y en cómodos plazos.

    Soy tonto y demagogo, (por fin me atrevo a reconocerlo públicamente), pero cada uno llega hasta donde llega, y a mí esto me viene pasando desde que era pequeño.

  2. Alberto dice:

    Quisiera aclarar que mi comentario anterior no pretende descalificar, en modo alguno, la exposición del señor Bautista, interesante y valiente, sino expresar de modo sintético alguna de las sensaciones, o intuiciones, que me suelen suscitar los debates en torno a los modos en que el poder se organiza, y nos organiza, para garantizarse a sí mismo. En la línea que el propio señor Bautista ha planteado en varios de sus artículos, creo que la socedad civil tiene mucho que decir en la construcción del mundo, y esto, necesariamente, la de hacerse impregnando las actitudes con buenas dosis de poética, de humor y de irreverencia para con los dogmas establecidos.

  3. Teresa Cabarrush dice:

    Muy interesante su artículo Señor Bautista,además escrito con mucha naturalidad y sencillez, claro, muy al contrario que en otros blogs, donde se nota una cierta altivez.

    Creo que la sociedad civil tiene gran importancia, pero la española no es muy madura, no creo que este preparada para decidir qué, cómo, cuando, a quienes, es una sociedad española anclada en lo mismo,y en lo mismo estamos.

    No se preocupe Señor Alberto, yo también me digo que soy tonta, algo de humor no esta mal, en estos tiempos que corren, no todo va a ser tristezas.

    En cuanto, a que un gobernante de fuera pueda o no interesarse por las cuestiones de nuestro País, pues la verdad, no sé por qué no?, si hay ciudadanos españoles que no se preocupan de lo que tiene alrededor, es dificil de digerir, pero no imposible.

    Saludos.

  4. ubaldo de azpiazu del campo dice:

    De entrada no me gusta que al plantearnos la viabilidad y modelo de la Unión Política Europea lo primero que se plantea sea «una autentica unión económica» estoy de acuerdo, obviamente, en qué la unión económica es vital pero no estoy tan seguro que sea de lo primero de lo que tenemos que hablar. Por otra parte me gustaría tener datos relativos a si en los años de bonanza económica y cuando todos los países eran buenos y solventes cuales fueron las iniciativas y avances en todos los otros temas»políticos» y que Manolo apunta a lo largo de su artículo, creo que al titular Unión Política e iniciar hablando de unión económica ya nos hemos tragado «la segunda taza».

    Que la Unión Europea es necesaria creo que hay más argumentos a favor que en contra, pero ojo! que en contra los hay y algunos de peso.

    Manolo plantea; hagamos la unión económica/fiscal y luego irán cayendo y ajustandose las partidas de gasto público, creo es un error, planteemos unos mínimos en esas partidas, fijemos prioridades y que los «dineros» se ajusten para que se cumplan. Efectivamente la situación de crisis a lo mejor no permite este tipo de planteamientos pero no los podemos, debemos, dejar en un tan segundo plano.

    De la perdida de conexión entre ciudadanos y políticos, me pregunto es que no está perdida?como ejercicio personal me he planteado cuantos nombres de políticos españoles conozco y que estén en el Parlamento europeo, tras consultar en internet uno está y el otro estuvo. Reconozco mi miserable condición de europeista, pero es un síntoma.

    Si la tecnologia sirve para acercar ideas, propuestas, pensamientos está bien si lo que proponemos es un gigantesco «Call-Center» político me niego a imaginarlo.

    1. Manuel Bautista dice:

      Hola Ubaldo,

      Quizás yo no me haya explicado bien en mi artículo, pero no defiendo que la Unión Política en Europa deba ir después de la Unión Económica: me limito a describir que así es como van los acontecimientos. Al margen de que estemos o no de acuerdo con este enfoque.

      El trasfondo estratégico, el “sueño” a largo plazo, es indudablemente político: es el famoso “Estados Unidos de Europa”. Sea realizable o no. Pero el motor que nos hace avanzar es el económico. A fin de cuentas todo esto tiene un poderoso freno que se llama “soberanías nacionales”, o simplemente nacionalismos, y al parecer la única forma de saltarse este freno es con la zanahoria del desarrollo económico.

      Pero, en este marco, lo que yo trataba de reflejar es que no podemos quedarnos en una lectura tan simple como la que nos vienen “vendiendo” desde hace mucho tiempo: los europeístas (partidarios de la unión política) son los “buenos” y los anti-europeístas (“solo piensan en Europa para hacer negocios”) son los “malos”.

      Aunque yo me considero europeísta, creo que el llamado “europeísmo”, si no va acompañado de un debate en serio sobre el tipo de integración política que queremos y de un paquete de medidas para construirlo con garantías, puede acabar siendo, además de un fiasco, un peligroso retroceso en la calidad de una democracia que dista mucho de haber alcanzado su pleno desarrollo.

      Que, así como es relativamente fácil saber qué es lo que hay que hacer para construir el Mercado Común (o la Unión Económica) pese a las dificultades para luego llevarlo a la práctica, en cambio no es nada evidente qué es lo que habría que hacer para construir una Unión Política que (y aquí está la “cuadratura del círculo”) además sea una democracia “aceptable”.

      Poner a los Estados Unidos (de América) como ejemplo no significa que lo que nosotros estamos construyendo se vaya a parecer algo a lo que ellos tienen. En parte porque los detentadores de las soberanías nacionales en Europa lo impiden, pero sobre todo porque no se sabe bien cómo hacerlo (me da la impresión) y además se ve como mucho menos prioritario y apremiante que los problemas económicos, que siempre copan la agenda de los políticos.

      1. ubaldo de azpiazu del campo dice:

        De verdad me gustaría conocer cuales han sido los avances y éxitos de la Unión Europea en tiempos de bonanza en avanzar hacia un camino, o simplemente definirlo!!
        Con la lejanía se me hace difícil seguir muchas cosas, pero este dato me inquieta en sobremanera, pareciera que cuando «sobra» la pasta y no existen tensiones financieras todos felices y cuando falta para que vamos a pensar «en esas cosas» cuando lo importante es la economía.

        Los EEUU son un referente necesario pero dices bien no sabemos como hacerlo.

        una variable que me falta en tus análisis es la competitividad, si la incluimos se nos complica más la ecuación: democracia-estado del bienestar-competitividad
        el encontrar el equilibrio entre ellas, por favor que alguien me diga como!, definirá el futuro en todas sus acepciones.

  5. De momento, tal como se está diciendo, no soy partidaria de «más Europa», fundamentalmente por razones relacionadas con la democracia. Se piensa en una democracia representativa, que ya en estos momentos y a nivel nacional considero obsoleta. ¿por qué aferrarse a ese tipo de democracia, si ha quedado demostrado que, en la práctica, termina en una dictadura? El que quiere actuar de representante, no presentan un programa pensado y que considera más adecuado, sino que oculta todo lo que considera puede hacer que disminuya el número de votos o no presenta un plan de gobierno o no cumple lo que en él prometió. Los ejemplos son no abundantes, sino la costumbre. Y si queremos otro tipo de democracia, y que el gobierno sea del pueblo y para el pueblo, debemos de ir a una democracia distinta, defendida por los actuales filósofos políticos que hace uso de las nuevas tecnologías, imposible, a mi juicio, en una «más Europa».
    De acuerdo con esa «más Europa», pero muy distinta de la que se está pensando, por culpa de la crisis. ¿por qué no empezar por modificar un sistema económico al que, sabemos, nos lleva, de vez en cuando a una crisis y que, además, para hacer frente a esas crisis parece que sólo conoce una solución: la austeridad y que paguen los ciudadanos más indefensos? Queremos otra Europa.
    Un saludo

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