La sociedad en la que vivimos está profundamente caracterizada por la competición, tanto que a veces pasa desapercibida. La economía es competitiva, la educación también, las relaciones sociales están impregnadas de ello, la política es una competición por el poder, los medios de comunicación igualmente, y el mundo del entretenimiento y la cultura no son en absoluto ajenos a ello.

El enorme alcance al que ha llegado el deporte, se debe en principal medida a la asociación directa con este factor competitivo, convirtiéndose así en su principal expresión, y en la representación simbólica inmediata de casi todos los sucesos personales que le acaecen al individuo durante su vida.

Pese a que todavía no haya alcanzado a los deportes más seguidos, ya se observa en este ámbito una cierta decadencia de los países que aún lideran el mundo, y el imparable ascenso de otros que aspiran a liderarlo próximamente. Es especialmente detectable en países más cerrados como China y Corea u otros más abiertos como Brasil y Perú.

Al preguntar a los jóvenes sobre las motivaciones que les impulsan en los proyectos vitales que empiezan a forjar, es muy significativo que muchos de estos se reducen a ocupar los puestos de responsabilidad en las estructuras empresariales o sociales a las que pertenecen, motivaciones que están bastante alejadas de cambios sustanciales, reales y de cierta profundidad, sobre esas mismas estructuras. Son motivaciones de conservación.

En cambio, los proyectos de los jóvenes chinos, peruanos o indios, se caracterizan por un desarrollo amplio y global de las sociedades a las que pertenecen. Seguramente porque el punto de partida es muy distinto, y las situaciones de las que proceden están plagadas de carencias y dificultades. Y esto conlleva un plus de “hambre de cambio” asentado sobre unas verdades de mucho mayor calado que las primeras. Son motivaciones de evolución.

Mientras que en Occidente no se despierten las ganas de vivir en otro mundo posible, con otros mimbres, otra forma de pensar y de relacionarnos y otros sueños, no se van a impulsar los ideales antiguos que ahora empiezan a estar al alcance de nuestra mano. Un partido que no se puede perder, pero que llevamos tiempo haciéndolo. ¿Deberíamos recuperar al Quijote que llevamos dentro?

Un comentario

Una respuesta para “Las ganas”

  1. Loli dice:

    En algún lugar leí que alguien dijo algo parecido a que, leer el Quijote como la aventura de un viejo, sin lastres de memoria atenazadora, atada a la pasividad, a la necesidad desesperada de la conservación, es una bonita forma de hacerlo.

    ¿Podría, la vieja Europa, sus ancianas gentes, aunque sean veinteañeros los que aspiran a mantenerse en el mismo “status quo”, sacudirse sus lastres conservacionistas, y, como el Caballero Andante, enjuto y firme en su Rocinante, rescatando las armaduras oxidadas de su pasado ancestral, que quizás fuese también destino, lanzarse a deshacer los “entuertos” que han desvirtuado su tarea impulsora?.

    ¿Podría ser que, desde esta sociedad, este modelo social que trata de distraer al hombre de ese impulso…., volver la espalda a la “cordura” a esa cuerda que nos ata y arrastra, y ayudar a volver a encontrar, caminos ya, quizás hechos, ya quizás insinuados…a los pueblos jóvenes que empiezan a mirar de frente, sin tenerles ….miedo, sin temer fuerzas renovadas…?.

    ¿Podría, el hombre, hacer volver al Hidalgo al que el Amor por ayudar a sus semejantes, le alejó de la “cordada”, contra todo pronóstico oficial y oficioso respecto a su “edad” y “estado”, y al que solo mató la vuelta de su “locura”, a los “establos” de la “oficialidad”?.

    Como alguien dijo…., algo también de alguien ….,alguna vez…., algo que ojalá pudiésemos conseguir en esta «sociedad narcotizada», pero que sabe que esa no es su verdad: “lo mató, pero no acabó con él”.

    Nuestro Quijote Universal…

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