Es habitual confundir la complejidad con la complicación y utilizar lo complicado como sinónimo de lo complejo, cuando la una no es lo mismo que la otra. Lo complicado se puede entender y predecir en su totalidad, lo complejo no.

Por ejemplo, un ordenador es complicado y un cerebro es complejo. El comportamiento del ordenador se puede explicar y conocer con anterioridad, por muchos componentes que tenga y por muy sofisticados que sean los programas que lo gobiernan. El cerebro es diferente, para entenderlo no basta con conocer sus partes, cómo están dispuestas y qué hace una de ellas por separado; todas están relacionadas y, además de las relaciones que hemos descubierto y que tratamos de explicar, hay otras que desconocemos y que incluso no podemos ni imaginar.

Por eso, aunque tengamos algunas certezas sobre su lógica, hay comportamientos de lo complejo que son imprevisibles. Son los imponderables, las variables ocultas, el azar… y tratamos de descifrarlos mediante distintas formas de adivinación: interpretando la disposición de los astros, cabalizando, confiando en nuestras intuiciones o mediante cálculos de probabilidad y extrapolaciones estadísticas, según la credibilidad que cada uno de estos métodos le merezca a cada cual.

Uno de los empeños de la razón humana es encontrar regularidades que permitan reducir la incertidumbre, descubrir el orden que se esconde en la complejidad. Lo que está ordenado es previsible y, por tanto, más fácil de controlar.

Pero, si la termodinámica no miente, el universo tiende a desordenarse de forma natural. Según pasan los milenios, cualquier tipo de orden que pudiera surgir –galaxias, sistemas solares, seres vivos… – inevitablemente desaparecerá. Y esto es así porque el orden requiere mantenimiento, requiere de un trabajo que lo sostenga; precisa de un aporte continuo de energía que solo será posible mientras haya energía que aportar.

Pero hay ordenaciones naturales, como el vórtice de un tornado o la geometría de un diamante, y hay órdenes impuestos, como la disposición de los libros de una biblioteca o el modo en que se debe circular. Estos últimos se consiguen pagando un precio, que suele consistir en complicar la complejidad.

Decía Henri Atlan,  médico, biólogo y autor de numerosos ensayos sobre biofísica e inteligencia artificial, que la vida fluctúa entre la “permanencia inmutable del cristal y la evanescente mutación del humo”; es decir, se encuentra a medio camino entre dos formas distintas de muerte, la rigidez absoluta del cadáver y la dispersión total de su fantasma. En definitiva, la vida oscila entre el orden y el caos.

La vida, una vez que aparece, precisa de repeticiones, regularidades y redundancias, por un lado, y de variedad, cambio e incertidumbre por el otro; necesita uniformidades que la mantengan e irregularidades que la hagan fluir, moverse, evolucionar. Una idea sugerente que puede aplicarse para entender muchos otros fenómenos complejos; como pueden las organizaciones humanas.

Las organizaciones, como todo lo vivo, son sistemas complejos en permanente desequilibrio; por un lado se estructuran y por el otro se disipan. La rigidez de una institución es lo que puede matarla, lo mismo que la falta de ella. Una organización se mantiene, prospera y evoluciona cuando consigue respetar el juego entre lo que la vertebra y lo que la desmorona. Se trata de no emplear más energía de la necesaria para mantener el orden que se necesita.

No es esto lo que está sucediendo en nuestras instituciones, entre ellas las escuelas y el sistema educativo. La escuela moderna, concebida al mismo tiempo que la máquina de vapor, es igual de ineficiente: consigue un rendimiento muy pobre a partir de los recursos que consume.

La normativa, los reglamentos, la burocracia, los currículos oficiales, las agrupaciones por edades y cursos, las asignaturas, los horarios y todos aquellos elementos que pretenden vertebrar la entidad que hemos inventado para educar, están siendo la causa de su atrofia, de su falta de desarrollo y de su destrucción.

En el empeño excesivo de controlar y diseñar desde el poder, se está perdiendo variedad, flexibilidad y, en consecuencia, capacidad de adaptación frente a los cambios. A partir de la rigidez se obtiene muy poca novedad. Si observamos la estrategia que han adoptado los organismos vivos, veremos que en lugar de regirse por un orden central y todopoderoso han optado por múltiples órdenes menores, autónomos, con capacidad de decisión, pero coordinados y dispuestos a llegar a pactos, buscando el beneficio común; parece que han encontrado una forma viable de anarquía.

La autonomía, por tanto, parece uno de los requisitos del cambio y de la innovación; pero por sí sola no lo garantiza. Por ejemplo, las Comunidades Autónomas tienen competencias en educación; pero esta autonomía se traduce en la reproducción del modelo central, a escala más reducida pero incorporándole las peculiaridades y fijaciones de cada una de ellas. La variedad que cabría esperar se limita a la lengua en la que se imparten las clases, la inclusión de contenidos localistas en los programas, la incorporación de alguna asignatura optativa propia, el mayor o menor número de horas que se le dedican a cada materia en los horarios, la forma en que se secuencian los contenidos y poco más. Esta autonomía, además, no se transfiere a las escuelas, que siguen excesivamente sometidas a la Consejería de educación de sus respectivos gobiernos autonómicos, cambiando un dirigismo nacional por otro local.

El resultado final no es un tejido o un organismo dinámico, sino un sistema que sigue siendo rígido y que, además, se está fragmentando. Las diferencias son más ideológicas que metodológicas, responden al oportunismo político más que a la pedagogía. Y los cambios son impuestos desde arriba, mediante sucesivas leyes y reformas educativas que intentan provocarlos, actuando sobre elementos aislados del sistema (los currículos, el profesorado, los resultados de las pruebas externas, la dotación tecnológica…) pretendiendo que estas parcialidades van a cambiar la totalidad.

 

3 comentarios

3 Respuestas a “El orden y la complejidad”

  1. Inés dice:

    Durante la época navideña, los Ministerios de » Economía y Competitividad»- que ordena sobre el Conocimiento- y «Educación, Cultura y Deportes» ( ) aprueban todas las convocatorias de ayudas, y demás decretos.
    Aparecen el el BOE aprox por el día 28 de diciembre( siguiendo la tradición) las solicitudes de ayudas varias y también la modificación y las directrices de nuevos planes de estudio, nuevas exigencias en los currículums de los docentes, otra vez a rellenar las mismas cosas con distinto formato. En fechas que distan mucho de ser legales. Con plazos mínimos, durante los días festivos.

    Esa es la estrategia seguida desde hace bastante tiempo, común también en anteriores legislaturas, que permite a los pre- enterados, mediante llamadas de teléfono, rumores, influencias y demás,ir adelantando sus ofertas.
    Curiosamente, por esas mismas fechas, si estamos en alguno de los Parques Naturales con los destinatarios de la LOMCE, que somos todos, hay zonas públicas acotadas que han sido destinadas, como antaño, a liberar el estrés de nuestros gestores al tiempo que se contribuye a aligerar el crecimiento de algunas especies.
    Por eso creo, como usted, que la base de «la gran complicación», nada que ver con la complejidad que crearía biodiversidad, libertad, fomentaría la creatividad y permitiría la cooperación entre grupos afines en un proyecto concreto.
    Las complicaciones están diseñadas y conscientemente dirigidas hacia el caos, el enfrentamiento entre individuos de un mismo grupo y son semilla de una competitividad que nunca es funcional.

    Así se presenta el panorama para nuestros niños: más de 100 asignaturas pretende nuestro ministro que se diseñen, siguiendo las directrices de la LOMCE, para 1º y 3º de la ESO y 1º de Bachillerato, antes de septiembre y aún no ha salido en B.O.E – ha salido en la prensa-
    Algunas de las recomendaciones son la promoción del espíritu emprendedor, por eso, el BBVA ya lleva un par de años entrando en los colegios, desde primaria, para orientarles y educarles en finanzas, no sea que algún día vayan al banco y les vendan algún producto.. Además parece conveniente que orienten sus cerebros hacia la búsqueda del mejor plan de pensiones,( es un test PISA, lo he hecho) o el seguro del hogar, un seguro de alto riesgo si practican algún deporte o un préstamo si se enferman ellos o sus papis.
    Y es que enterarse de lo que vale un PIB, es más interesante que conocer por dentro una naranja, o por dentro los disruptores endocrinos que tienen los tetrabrick de los zumitos o las botellas de plástico.
    En cuanto a los contenidos curriculares sobre el conocimiento de sus espacios inmediatos, no sólo de su lengua, sino de las lenguas que se hablan en su comunidad, no sólo del relieve, ( mapas físicos alejados de mapas políticos, saben los ríos, no saben cerca de dónde están) de la poesía, y el arte de la gente de sus pueblos, de la cantidad de Espacios Naturales que aún les quedan, de eso sólo se encargan los maestros generosos, amables y locos pero siempre, claro, fuera del currículum. Siempre en «otras actividades», siempre en pequeños proyectos que necesitan mil papeles para llevárselos un día de excursión, dar una clase fuera del aula o simplemente ir al cine. Y es por eso que suplican que los padres nos impliquemos. En una parte mayoritaria, son los padres – o los abuelos, o las clases particulares- los que están estudiando y traduciendo a sus hijos. Y para los que no tienen esa suerte, está la Nintendo.
    En este contexto tan cierto como disparatado, los que pueden y se organizan claman por otros tipos de enseñanza para sus hijos, pero esa no es la solución puesto que es desigual.
    Se debe garantizar un acceso al conocimiento para todos los niños que sea independiente de la situación de sus padres. Eso y el pan. Eso y el pan.
    Hay que volver a recordarlo. Es triste y tan real que no lo parece, parece un mal sueño todo esto.
    Las leyes impuestas sin consenso sólo benefician a las empresas, se derogarán de nuevo, implican un gasto tan inmoral para las familias, desequilibran tanto al alumnado, que no es extraño que aparezcan eso que los médicos llaman síndromes y para los que también, por supuesto, ya se inventaron los medicamentos.

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