Canto medianamente bien, sé bailar y no dibujo mal del todo. También sé cocinar, planchar y colocar un enchufe. Puedo arreglar una moto y defenderme con el ordenador cuando se viene abajo. Monto en bici, patino y escalo. De cuando en cuando armo un mueble o pinto la casa. Pero soy un fracaso escolar.

El fracaso solo se concibe cuando se compara con algo que se considera como éxito. Lo que en esta sociedad es un fracaso en otra podría no serlo, incluso podría ser un triunfo. Más que de fracaso, debería hablarse de inadaptación, de no ajustarse a la pauta y a la norma. Lo que habitualmente se entiende por fracaso escolar consiste en no lograr el título académico mínimo, aquel que certifica que se ha superado la enseñanza obligatoria, de un determinado sistema educativo. Cuando esto sucede, cuando alguien no consigue el papel que lo avala, se considera que ha fracasado, que no ha cumplido con aquello que el sistema esperaba de él. Y no solo eso, sino que, además, se le hace responsable de ello. Y lo es; pero no el único: como poco, también son responsables los profesores, la escuela en su conjunto, las autoridades y las políticas educativas, los gobiernos que las implantan y las familias. Es responsable el sistema y somos responsables todos, por establecer una titulación mínima, un rasero, olvidando que no hay dos personas iguales y pretendiendo que lo sean.

Mientras los sistemas, modelos sociales, o como queramos llamarlos, busquen la normalización, una forma única de comportarse y hacer las cosas, el fracaso seguirá existiendo. Es más, aunque se consiguiera que todos y cada uno obtuvieran su título, el fracaso existiría. Incluso sería mayor. Si, para superar la sucesión de obstáculos establecidos por una ley de educación, cada cual ha dejado de atender a los retos y demandas propios, ha habido un fracaso. Porque el que pudo ser poeta no lo fue, ni muchos de los que pudieron ser carpinteros, jardineros, artistas, médicos, científicos o filósofos, tampoco.

Desde que nos llevan a la escuela, y desde mucho antes, lejos de ayudarnos a encontrar nuestro camino, nos están imponiendo otro. Según vayamos superando, con más o menos fortuna, las continuas pruebas a las que nos someten, nos van clasificando, van decidiendo nuestro lugar dentro del mundo. Un lugar catalogado, ubicado en una jerarquía y en una escala económica, intelectual, social o de cualquier otro tipo. Es más, antes de llegar a la escuela ya estamos clasificados, muy condicionados a que nuestra trayectoria académica sea de una determinada manera. A nadie le sorprende que el hijo de un médico también sea médico, como su padre, ni le extraña que el mayor índice de fracaso escolar ocurra en los llamados colectivos socialmente desfavorecidos. Porque en las escuelas, y fuera de ellas, hay un currículo declarado, lo que oficialmente se enseña, y un currículo oculto, aquello que consciente o inconscientemente se transmite. El primero se olvida, mientras que el segundo nos marca para toda la vida. Este currículo no expresado es un conjunto de estereotipos, de prejuicios e ideas preconcebidas, de reglas, normas, valores y comportamientos sobreentendidos, sobre las que se sustenta el modelo que hay detrás de cada escuela. Un modelo cuya principal intención, lejos de cuestionar su veracidad, su idoneidad o su valía, es perpetuarse.

Imaginemos otra forma de educar, imaginemos una sociedad que persiga despertar  lo más valioso de cada uno de sus miembros. Esto solo puede conseguirse si se parte de la diferencia, de las capacidades y cualidades de cada uno, del momento vital y las circunstancias en las que cada uno se encuentra. Y, como se desconoce hasta dónde puede cada uno llegar y cuándo va a hacerlo, las escuelas de esta sociedad, si es que las hubiera, no tendrían metas prefijadas, no tendrían cursos, programas ni asignaturas, sino que la educación sería un continuo, algo global. Sería un proceso permanente de mejora personal orientado y apoyado por aquellos, alumnos y maestros, docentes y no docentes, que tuvieran algo que aportar. Un proceso basado, ante todo, en el compromiso personal; no como ahora, donde casi todo se sustenta en el premio y , sobre todo, en evitar el castigo. Un recorrido en el que la responsabilidad ineludible de cada uno fuera aprender; es decir, ampliar la frontera de lo que uno desconoce.

Esto no significa que no haya que enseñar historia, inglés o matemáticas, y que no haya que hacerlo con la metodología, la gradación o el rigor que cada una necesite. No se trata de renunciar al academicismo y utilitarismo actuales para sustituirlos por algo difuso, próximo al dejar hacer y muy alejado de la necesidad o de la exigencia. Se trata de tener presente que lo que tenemos ahora no es inamovible, solo es una circunstancia, una forma impuesta de concebir y hacer las cosas basada en unos intereses que están arropados por una ideología. Se trata de no olvidar que, además de estar inmersos en un modelo, en muchos de nuestros comportamientos también somos sus cómplices y sus ejecutores.

Porque cada vez que, pudiendo elegir, primamos lo útil sobre lo bello, la repetición sobre la investigación y el dogma sobre la duda, estamos reproduciendo el modelo. Cada vez que, al enseñar o al aprender, olvidamos que tenemos cuerpo, corazón y sentidos y solo nos centramos en la cabeza, estamos contribuyendo a que el modelo se mantenga. Cada vez que reducimos todo lo que hay que saber a lo que ha escrito un legislador y se ha recogido en un libro de texto,  estamos sustentando el modelo, por mucho que lo adornemos con vídeos, ordenadores y pizarras digitales.

Porque el fracaso escolar, la sensación personal y la percepción social de que se ha tenido, es más un problema de valores que de falta de medios. Se podría pensar que incluso se necesita, para que la escuela siga funcionando como lo está haciendo ahora. Igual que se necesita el paro, el miedo a la enfermedad y tantas otras cosas. Son los rasgos distintivos de un paradigma confuso, que predica y fomenta el igualitarismo y practica la marginación.

(Este artículo se publicó por primera vez el 7 de Enero de 2012)

17 comentarios

17 Respuestas a “FRACASO ESCOLAR”

  1. Paco dice:

    Para mí la clave de la educación está en la madurez de las personas que actúan como maestros y de lo que transmiten no tanto con las palabras sino con sus actos, con el entusiasmo que demuestran sobre el tema que están explicando.
    Cuando se da esa generosidad, ese entusiasmo, se contagia a los alumnos y se despiertan vocaciones.

    El problema del fracaso escolar está principalmente ligado a la falta de interés. La mayor parte de lo que se explica no le interesa a un grupo de chavales con las hormonas a rebosar. Conseguir que se entusiasmen por algo, sea las matemáticas o la pintura o el teatro, o lo que sea, es fundamental. Hacer que descubran qué se les da bien, qué encaja mejor con sus capacidades, es la otra parte de la ecuación.

    Es entusiasmo lo que falta, y capacidad de transmitirlo.

  2. José María Bravo dice:

    Escribo, sobre este articulo de Sanchez Ludeña, a bote pronto. Bajo el embrujo, de la sensación, de leer un articulo sensato, creativo, imaginativo. Por qué sensato? Porque parece basado en la experiencia. Quizás, generalmente se considera sensato a lo que tiene un fin determinado o predeterminado. Al prudente, dice la academia. No, este articulo es sensato porque sabe que la imprudencia es participe de la tolerancia. Es creativo porque permite que haya expresión, que se crezca sin tantos miedos. Es imaginativo porque ve, porque imagina otras perspectivas.

    Muchas veces me pregunto que es a lo que se llama » nivel académico». Sanchez Ludeña me hace sentir que comparto su opinión. Aunque no diga exactamente eso en su articulo. Para mi,es la manera de orientar sin un peso ideológico. Mejor dicho, es la manera de mimar la libertad de expresión, de dejar que otras miradas den luz. Si, cuantas veces frustramos nuestras vidas a costa de ocupar un sitio impuesto en la sociedad. Cuantas veces frustramos a nuestro entorno por sucumbir.

    Todos los que tenemos hijos, en las escuelas, sabemos que hoy en día hay un gran fracaso escolar. No se, estadísticamente, si mayor o menor que antes. Pero, ahora, lo evidencio. También lo leo, entre lineas, en el articulo de Sanchez Ludeña. Nuestros chicos no quieren seguir en lo mismo y nosotros, esta vez nosotros, tenemos miedo. Tenemos miedo que no se ganen la vida mañana. Sanchez Ludeña parece decir que ,ojala, ganen el mañana con libertad, con creatividad, con imaginación. Sin miedo.

  3. Marta FC dice:

    Me parece precioso todo lo que decís. Para empezar, tiene un efecto benéfico inmediato en quien lo lee: si no soy poeta, pintora o inventora es porque el sistema impuesto no me dejó expresar mis potencias sino que me impuso un camino castrante y me encajó en un puesto vital ortopédico. Si tengo hijos tan vagos que ni me hablan, que invierten todo su tiempo libre en los juguetes tecnológicos o que salen de copas hasta la mañana siguiente un día sí y otro también, me consuela saber que no es responsabilidad suya sino del modelo educativo, tan árido y desalentador, y que además ningún profesor ha sabido sacar a los chicos del embobamiento, generando en ellos un entusiasmo desbordante como era su deber, si no trabajan ni a los 30 porque todos los puestos que encuentran son poco para su gran valía y preparación, ello me resarce del tiempo que dedico a trabajar para que gocen de cuanto se les antoje, de las coladas, planchadas, cocinadas y limpiadas que me pego para que no se les malogra el estro con tareas tan poco creativas, y del dinero que les suelto cada vez que me piden pasta.

    Este que cuento no es, por suerte, mi caso, pero sí el de muchas personas que veo a mi alrededor. Por supuesto que hay que ganarse la vida, José Mª, y es lógico tener miedo de que nuestros chicos no lo logren, pero eso no impide a nadie practicar la pintura, la literatura o la música. También quisiera que cada criatura pudiera tener una educación y una enseñanza a su medida, pero esto es un rarísimo privilegio en una sociedad de masas, globalizada, exigente según sus discutibles reglas, en la que hay que acreditar lo que se sabe y lo que se puede hacer mediante títulos y pruebas homologadas. Esta es la realidad y hay que estar preparados para vivir en ella y ser felices, al mismo tiempo que luchamos y trabajamos por cambiarla, por mejorarla, cada cual como pueda o sepa: opinando, proponiendo, haciendo, influyendo. Pero mantengamos los pies en la tierra y seamos solidarios buscando mejoras para todos, no escapes individuales que sabemos que sólo unos pocos podrían quizás permitirse. El trabajo, el esfuerzo, la lucha -hasta un cierto punto, claro- creo que mejoran a las personas, despiertan y potencian sus capacidades.

  4. Estoy agradecido y emocionado. Me ha encantado leer este artículo, y también me he sentido ciertamente identificado. Sin querer eludir el hecho de que fuí un estudiante muy perezoso y muy poco aplicado, es verdad que al mismo tiempo que suspendía y hasta tripitía curso, también hacía el fanzine del instituto, una suerte de escaparate artístico donde muchos alumnos podían ver sus obras y opiniones publicadas. También hacíamos la radio del centro, que en ambos recreos de 20 minutos acompañaba a los estudiantes con días temáticos, tertulias y música que hoy se llama étnica y alternativa.

    Hoy soy realizador y director de cine en ciernes. Y si bien sigo pensando que debería haber aprovechado más mi época de formación (cada año me vuelvo a plantear matricularme de nuevo y acabar mi carrera) también reconozco que hubo profesores y educadores que no supieron o no quisieron dar con la tecla de mi motivación.

    Soy un fracaso escolar, y sin embargo, una persona preparada capaz (al menos hasta hoy) de dar respuesta profesional en una industria muy difícil y competitiva.

  5. Mar dice:

    Es de constatar que el Plan Bolonia da un paso más en la enseñanza y aprendizaje como instrumento utilitario y de aplicación más que en la formación y cultura del individuo, quedando esta a la salvaguarda de cada individuo con todo lo que ello conlleva. Al final vamos camino a pasos agigantados de ir adelgazando todo aquello que pueda ofrecer un estimulo, un nuevo horizonte y despertar el encuentro con tus posibilidades. No me sale otra cosa que decir que me parece un sistema deleznable y perverso en la educación actual; en lugar de dar un paso adelante lo considero un claro paso atrás. Por no hablar de la forma pautada, encajonada y estereotipada de considerar si un alumno vale o no vale, sabe o no sabe y, me atrevería a decir, si es o no inteligente. Yo me pregunto: y a los educadores quién les juzga su nivel de inteligencia, ¿un montón de temas memorizados? ¿Y quién juzga a quién y en función de qué? Parece que se obvia. ¿De verdad nos creemos que un resultado certificado es sinónimo de inteligencia y preparación? Me parece que el artículo da pie a plantearse no solo el fracaso escolar, sino el aprendizaje en general.
    Pero no es menos cierto —y estoy de acuerdo con lo expresado en una de las contestaciones que se han vertido— que habría que añadir al proceso de aprendizaje del niño, adolescente y futuro adulto un factor para mí cuestionado en la enseñanza actual: llamémosle madurez. En la generación actual que se dice «la más preparada», no tengo claro qué tal aguantan los embates del fracaso, la adversidad, la constancia, perseverancia, etcétera, etcétera, etcétera. Fuera del espíritu competitivo y engullidor que sigue aleccionándose como expresión de triunfo y éxito social, me parece que hay un factor de fragilidad emocional que compaña hoy día y que debería tenerse en cuenta en los modelos educativos de los que se está hablando.

  6. Estanislao dice:

    Hace cincuenta, sesenta años, solamente estudiaba la gente con una cierta posición, y casi mayoritariamente hombres; y esas personas que estudiaban elegían carreras como medicina, derecho o alguna ingeniería. Pero, maestro de escuela, un chico de familia acomodada y casa bien… ¿iba a malgastar su tiempo en ser maestro de escuela? ¿Para “pasar más hambre que un maestro escuela”?
    Así que quien elegía la docencia era porque de veras la elegía, y no estaba muy posiblemente perteneciendo a una familia que pudiera permitirse dispendios. Muchas veces suponía un gran esfuerzo y privaciones que “el chico” estudiara. Y ya, si la que quería ser maestra era la chica, cuando lo normal era que o se casaran o se convirtieran en la tía soltera…
    No quiero decir que ahora las cosas sean radicalmente de otra manera, que no hay más que leer en este blog para ver la devoción y buen hacer y entusiasmo que muchos enseñantes depositáis en vuestro trabajo.
    Pero hoy que todo el mundo quiere tener una carrera, la docencia, concretamente en la encaminada a la primera enseñanza, ya no es como entonces, ya es tan estimada como pudiera serlo antaño cualquier otra (y eso que, curiosamente, el maestro y la maestra eran personajes enormemente respetados), y, al igual que a cualquier otra, se la puede elegir atendiendo a criterios de qué me conviene o qué no y por dónde encontraré más salida a solucionarme la vida.
    El caso es que por la razón que sea (y mi disertación puede estar muy equivocada) en los maestros de antes se percibía una especie de cercanía, de ternura, de cariño y desvelo por aquellas personejas pequeñas que los miraban, un poco sobrecogidos y puede que embelesados, aguardando que salieran de su boca quién sabría qué maravillas.
    Y el entusiasmo de aquellas personas por su trabajo. La ilusión que se veía en sus gestos y en sus silencios y en sus miradas.
    Hoy, creo, los que ponéis ese sentimiento sois desafortunadamente pocos.
    Y eso se nota, y los niños lo notan.

  7. mariangeles dice:

    Puede que la misma palabra » fracaso» se haya convertido en si misma , no solo en espereotipo sino propagadora de la ideología dominante, del » canon social».
    En junio » me jubilé» del único trabajo que he realizado en mi vida » enseñar». Los 35 años que he dedicado, me han permitido conocer diversas y diferentes generaciones ( de un mismo barrio obreo, porque nunca cambié de centro).Ese interés y emoción que aportas día a día, últimamente se había transformado en desilusión que mostraba nuestro alumnado como reflejo de una sociedad deshumanizada, competitiva , exigente y global.
    Todo se vuelca en el aula, lo de fuera, nuestros malos días y nuestra propia frustación.
    Creo que me » retirado a tiempo» y digo esto porque recordando ese 15 de septiembre de 1978, desde » la tarima» que nos proporcionaba un falso poder ( puesto que el poder se gana no se tiene) puedo mantener la mirada y ver pasar a ese gran colectivo de chicos y chicas que han llenado mi vida y me han dejado entrar en la suya. Quería proprocionarles una herramienta para que usaran, un mínimo de destreza para reconcoer que su lengua no sólo mantienen estructuras sino que es vehículo para todo lo demás y que ella misma nos ha proporcionado los ejemplos y pensamientos de otras personas , que a lo largo de la vida se atrevieron a ser y a decir lo que pensaban, aquellos encumbrados por el esterotipado canon y las silenciadas mujeres que eran y pensaban , pero que no se les permitia estar.
    Por ellas. por las miradas diversas que to he divisado y. por mi misma ,supe quelo único estable era pretender que mi diverso y diferente alumnado pudiese: poder sentirse libre, prorocionarle instrumentos para ser crítico y vigilar para que lograsen se personas autónomas, responsables y felices….. con esto, año tras año yo daba y recibía. Todos sabíamos que el trámite y exigencia social exigía una calificación…… pero, era eso un trámite no una calificación que es como pretende que sea nuestras diferentes autoridades que no han podido su lucha contra» la Institución libre de enseñanza»

  8. Manu Oquendo dice:

    Felicito al autor y a muchos de los comentarios.

    Es un artículo denso en el que no me es fácil decidir si habla de fracaso escolar o de un modelo social que en lo educativo promueve la estandarización de conductas, la estratificación o la movilidad social.

    Compartiendo mucho de lo dicho por todos y sin ánimo polémico voy a abrir alguna línea divergente.

    Hace poco revisé la orla de Preu de mi colegio y la comparé con la de Ingreso.
    De niños éramos 60 y en Preu 58. Un repetidor y otro que lo dejó al principio del bachiller, antes de la reválida de cuarto, para trabajar con sus padres. Hoy es un buen empresario churrero y de la patata frita. Nunca se me ocurrió que Juanito pudiera ser un fracasado. Era listísimo.
    El repetidor ha tomado un café conmigo hace unas semanas y es catedrático en activo.

    Como estamos a no mucha distancia de celebrar los cincuenta años de entonces hemos retomado contacto y me ha asombrado ver que los 58 que acabaron Preu también terminaron la carrera universitaria muchas de ellas con durísimos selectivos y exigencias de acceso y han tenido vidas normales.

    De momento sólo se nos han muerto tres. Uno hace poco y dos en la treintena hace ya muchos años.

    Para educar hay que tener una idea del ser humano. ¿Para qué se le educa?
    Nosotros estábamos en un colegio religioso y tuvimos siempre presente que nuestras vidas terrenas eran sólo una parte de la trayectoria y que teníamos una obligación de autoexigencia. Para la todo el trayecto.

    Si nuestros educadores hubiesen creído que nuestro destino era trabajar para nada nos habrían educado de otra forma y, creo, no habrían tenido la motivación ni para enseñar ni para exigir del mismo modo.

    Entre los 58 hay, lógicamente, muchos agnósticos o no creyentes. Sospecho que los curas que nos educaron lo sabían porque educaron a casi todos los Ilustrados franceses comenzando por Voltaire y son notorios por tener mucho alumno respondón.

    Pero incluso así, una vez sabes que tu vida tiene un sentido más allá de la incineradora, estás en condiciones de no ser religioso y seguir las huellas de Sócrates o de Platón que, a fin de cuentas, manifestaban idéntica creencia en la naturaleza trascendente del ser humano y en nuestro camino de crecimiento durante esta vida. El célebre Areté.

    Os cuento este rollete un poco demodé porque el estado laicista trabaja sobre una visión minimalista del ser humano. Una especie de Bonsai cuanto más iguales mejor.

    A fin de cuentas esta forma de estado ya limita extraordinariamente nuestra capacidad de ser los autores de nuestras propias vidas y más allá del desempeño económico fiscal de cada ciudadano realmente ni se plantea nada serio. Tienen sus prioridades bien claras y el resto se «la suda» bastante mientras no afecte al propio poder.

    El resultado es una lamentable idea del lo que es el Ser Humano y esto, inevitablemente, impregna todo el proceso educativo.

    Francamente, no me sorprendería nada que los que hoy llamamos «fracasados escolares» fuesen los que mejor entienden el sistema y por lo tanto deciden racionalmente pasar a vivir del resto dado que, bien analizada, la opción de dedicar la mayor parte de tus esfuerzos a alimentar al monstruo se está demostrando como bastante irracional en este inicio de crisis secular.

    Hoy tenemos muchas señales de que el sistema generado por esta forma de estado ha creado una élite global de menos del 1% que gestiona el tinglado a expensas del 99% cuyo horizonte, –como vemos desde hace mucho tiempo y especialmente desde que se les acaban las burbujas–, es la pauperización progresiva pero sin haber hecho voto de pobreza.

    De éste 99% unos, los «buenos» serán los que con su esfuerzo financien todo y otros, «los fracasados» los que deciden pronto ser de los mantenidos.

    Desde la economía a la educación cada segmento es un subsistema del estado.

    Creo que el artículo también nos habla de la necesidad de revisar de arriba a abajo ese engendro que tanto ha crecido bajo diseños que no son los del ser humano cabal ni de lejos.

    Saludos.

  9. Angeles dice:

    Curiosamente, ayer estuve viendo un vídeo que me enviaron y que tiene mucho que ver con este interesante artículo. La película tiene larga duración pero se hace amena y creo que ofrece un enfoque práctico de la educación.
    Está permitida su difusión.

    http://youtu.be/-1Y9OqSJKCc

  10. Sawedal dice:

    Completamente de acuerdo con lo planteado. La cuestión es ¿Cómo podemos lograr el cambio? ¿Qué es lo que puede hacer cada uno, desde asumir la necesidad de un sistema educativo diferente al actual?
    Sobre todo, cuando la inmensa mayoría de la población del planeta, se lava las manos a la hora de pasar a la acción, por minimizar la importancia de su participación en sumar número, por estar sin tiempo, o no estar de acuerdo con el modo.
    Y así, los políticos continúan triunfando gracias a la maxima maquiavélica del «divide y vencerás» y DESALIENTA, mintindiendo y postergando.

  11. Tirso dice:

    ¿Porqué le llaman «fracaso escolar» al fracaso personal?

    ¿Porqué el sistema educativo no tiene el valor de decir que es una fábrica de fracasados?

    ¿Porqué los representantes de las escuelas en vez de pedir más dinero y medios, no tienen el valor de admitir que el problema es que no sirven para educar a los hombres del siglo XXI porque tienen mentalidades del XIX?

    ¿Porqué están situando siempre los debates sobre ellos mismos, sus métodos, sus formas, sus miembros y sus mismidades?

    ¿Porqué no tienen el valor de mirar al hombre a los ojos, a su verdad, a su fuerza, a su espíritu a su desarrollo presente y futuro?

    ¿Porqué no nos vamos todos de las escuelas y les dejamos solos con sus galimatías, sus entelequias, sus comeduras de coco, sus derechos y el resto de estupideces en las que siempre están liados?

  12. torrllll dice:

    El fracaso escolar es en si el fracaso de todos los que intervienen en la sociedad en la educación de la juventud.
    Te dicen lo que has de estudiar, pero nadie te explica cómo has de hacerlo, los métodos que has de aplicar para asimilar la lección, cual es el mejor ambiente para conseguirlo, como adquirir lo importante y despreciar lo complementario, como memorizar y otros factores que ayuden al inexperto. La iniciamos por los padres que traspasan su responsabilidad a terceros y luego los culpan cuando
    ellos debieran ser los primeros interesados en ver como prospera su hijo y no solo en la enseñanza primaria, la responsabilidad de los padres para con los hijos no termina ni tan siquiera en la edad adulta.
    El compartir con los hijos no solo se trata de hacerlo en los juegos y sus horas felices, también es labor de padres el ser un complemento de la docencia del profesor, el dar apoyo en la lección del día a día, el
    infundir ánimos cuando decae la moral, motivar cuando faltan motivos, en definitiva ser consciente de la importante labor de educar. Prosigue la responsabilidad en las escuelas y docentes faltos de vocación y con
    tratamiento rutinario de sus tareas, faltos de psicología y en ocasiones de conocimientos adecuados. Me acuerdo que en mi infancia era un mal estudiante
    . Rara vez abría un libro, pero asimilaba con facilidad lo que se explicaba en el encerado, así pues obtenía buenas calificaciones en aritmética. Nunca obtuve buenas calificaciones en Historia hasta llegar a un curso en
    el que el docente no explicaba la lección, lo que hacía era vivirla y de tal modo que transmitía la lección como si te ubicases en aquella batalla, o aquella gesta, te sentías participe de la heroicidad del personaje,
    allí aprendí como debía estudiar la historia, allí empecé a saber como debía estudiar y fue la causa el interés del docente en transmitir no solo una lección sino la forma de explicarla. La carencia de vocación
    incrementa la indiferencia del alumnado. Proseguimos con los políticos que deben procurar por la cultura de la juventud y dar asignación en su partida presupuestaria para la docencia y crear planes de estudio que garanticen
    un plan curricular que abarque las materias a impartir en edades tempranas y la evolución de las calificaciones que serán las que determinaran el acceso a carreras universitarias. Planes que no siempre su ajustan
    a las necesidades que requiere la sociedad. El fracaso escolar que se adjudica a la juventud es realmente el fracaso de los que deberían educarla.
    Ver mas en http://causas-consecuencias.com/causas-del-fracaso-escolar/

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