Se pretende que las notas sean los indicadores de los progresos escolares. En una escala del 0 al 10, un 8 denota un avance considerable, mientras que un 2 o un 3 nos avisan de que este avance no se ha producido. En una lectura simple, un 8 indica que se ha aprendido mucho mientras que un 2 nos dice que no se ha aprendido casi nada. Todo ello en relación con unos parámetros de medida que se han establecido de antemano.
Son una pieza más del sistema fragmentado de enseñanza que se sigue mayoritariamente en nuestros días. Los políticos, los académicos y la tradición deciden qué es lo que debe aprenderse en las instituciones escolares; a continuación lo fragmentan en asignaturas y lo dividen en cursos, estableciendo qué debe saberse antes y qué después en cada una de las parcelas. Periódicamente, y por separado, se comprueba cuánto se sabe de lo que corresponde en ese momento a cada materia; y el resultado de cada comprobación se resume en una nota que se consigna en un boletín de calificaciones.
Este boletín es un documento público, es un registro oficial de nuestra trayectoria escolar; un historial que se archiva desde que comienza nuestra escolarización y que condiciona nuestras futuras opciones educativas. En ese registro consta, sea verdad o no, cuáles son nuestros conocimientos demostrados, aquellos que fuimos capaces de reproducir en un momento de nuestras vidas, aunque ahora no los tengamos; allí es donde se van a remitir para expedir los títulos y tomar decisiones sobre los siguientes estudios reglados que podemos abordar.
En este contexto, no es de extrañar que uno de los momentos más ingratos en la labor de muchos profesores sea aquel en el que tienen que poner las notas, cuando tienen que calificar. Se trata de hacer balance y decidir sobre las personas, y esto pone en evidencia muchos de los fracasos y contradicciones de su tarea.
Porque antes de la calificación ha habido una evaluación y, aunque hay muchos que las confunden, son dos acciones distintas. Habrá quien diga que la calificación es una forma de reflejar numéricamente el resultado de una evaluación, pero no es cierto. La evaluación es el análisis de un proceso, con la intención de mejorarlo, mientras que la calificación es un acto administrativo, que acarrea consecuencias pero no implica soluciones.
En otros tiempos, no tan lejanos, los exámenes eran prácticamente la única forma de evaluar; es más, ni siquiera se hablaba de evaluación. Para pasar de curso, para poder seguir sumando méritos, era indispensable ir aprobando todas y cada una de las asignaturas; los que suspendían quedaban rezagados por el camino. En nuestros días, desde que la educación es universal y obligatoria hasta una cierta edad, esto no resulta tan simple ni tan sencillo.
Las escuelas actuales, al menos aquellas que están total o parcialmente financiadas con fondos públicos, tienen la obligación de recibir a todos los que acuden a ellas. Y esto supone, ya desde las edades más tempranas, una gran diversidad en las procedencias, culturas, capacidades, aptitudes y actitudes de su alumnado. En este planteamiento integrador, la vieja fórmula de estimación de lo aprendido tiene necesariamente que cambiar.
Si nos limitamos a constatar si se han adquirido o no ciertos aprendizajes y estos aprendizajes que se exigen son los mismos para todos y se miden de la misma manera, siempre habrá alumnos que no los van a alcanzar. Es posible, sin embargo, que estos alumnos puedan llegar a aprenderlos con más tiempo, más atención y con otra metodología. Puede suceder que, diseñando un plan de aprendizaje adaptado a sus características y sus circunstancias, lleguen a conseguirlos. También puede ocurrir que no los consigan; lo que no impide que puedan aprender otras cosas más acordes con sus peculiaridades. Porque lo que la educación pretende, o debería pretender, es desarrollar el máximo potencial de cada persona.
Es ahí donde cobra sentido la evaluación, es decir, el análisis y la valoración de todo el proceso de aprendizaje de cada alumno; desde la situación inicial hasta los resultados que se han obtenido, junto con las estrategias, metodologías, ambientes, acciones y personas que han intervenido en su desarrollo. Si, pasado un tiempo, se está consiguiendo lo que se buscaba, esto nos sugiere que estamos haciendo lo adecuado; si, por el contrario, los resultados no son los previstos, esto nos dice que tenemos que actuar de otra manera, cambiando alguno o todos los componentes del proceso, incluidos los objetivos que se persiguen.
Y aquí es donde aparecen las contradicciones y la frustración del profesor. Cuando, después de constatar el proceso de cada alumno, tiene que aplicar una escala normalizada para informar sobre un progreso individual.
Esto da lugar a múltiples dilemas entre lo que es justo o injusto, lo que es verdadero o falso o lo que está bien o está mal. Por ejemplo, ¿es justo suspender a un alumno que no tiene las destrezas matemáticas que se han fijado para su edad, pero que ha realizado un gran esfuerzo, tiene empeño y sí ha conseguido los objetivos previstos en su plan personal de aprendizaje? De cara a la Administración, los padres y el propio alumno, ¿aprobarle no sería una mentira? Teniendo en cuenta el apoyo que necesita el alumno en su trabajo, ¿aprobarlo no sería bueno?
Y esta casuística se presta a la búsqueda de inocentes y culpables y a todo tipo de justificaciones, siempre desde la perspectiva de cada parte implicada: los alumnos suspenden porque los profesores no les motivan, no les enseñan o no les atienden como debieran, porque no estudian, porque los padres no se preocupan de que lo hagan, porque son pobres, se les discrimina o hay una situación insostenible en sus casas. Siempre hay una razón; y la solución, por lo general, no se encuentra en nuestras manos.
Ante la diferencia ya no puede emplearse un único rasero, pero el hecho es que se emplea. En otro tipo de sociedad, en otra escuela que no estuviera basada en la competición y en el juicio permanente, la diversidad no debería suponer ningún problema sino todo lo contrario; pero en esta da lugar a múltiples contradicciones, arbitrariedades y agravios comparativos.
Se genera insatisfacción en aquellos que se someten a las disciplinas del sistema y cumplen las expectativas pero esperan recibir con ello algún tipo de distinción o de beneficio. Se genera insatisfacción en aquellos que, después de haberlo intentado muchas veces, no reciben otro mensaje que la impaciencia o la decepción de sus profesores y de sus familias, por no haberlo conseguido. Se genera insatisfacción en aquellos que, por pereza, aburrimiento, rebeldía o cualquier otro motivo, no están dispuestos a hacer lo que se les pide, aunque no tengan más remedio que permanecer allí, sintiéndose forzados a ello.
Todos insatisfechos porque, a pesar de los equipos de apoyo, la educación compensatoria, la reducción de contenidos, los programas de cualificación profesional, la diversificación curricular y la promoción por imperativo legal, el modelo no ha cambiado nada, o ha cambiado muy poco: el éxito escolar consiste en ser un brillante titulado universitario. Y esto se consigue acumulando méritos, es decir, sacando buenas notas. Aunque las notas no midan lo que realmente se sabe, sino nuestros logros académicos.
Magnifica visión de la Educación como instrumento de desarrollo individual y no como simple masficacion competitiva.
Las notas son sólo una manera de medir. Que no es la mejor? Seguramente, pero en algún punto hay que poner el listón.
Creo que se ha visto que bajarlo no sirve de mucho, aunque los exámenes sean, al final, ridículos. Pero permiten establecer un camino. Y no por sacar sobresalientes hasta el final nos va a ir mejor y no por suspender nos va a ir peor.
Se trata, fundamentalmente de no fastidiar al prójimo, y si quieres suspender, suspende, pero no molestes a los que les hace ilusión sacar 10 tras 10.
Y cuando se habla de distintas capacidades, SIEMPRE, parece que los únicos que tienen capacidades diferentes son los que tienen dificultades por defecto, no los que tienen dificultades por exceso, todas las facilidades y recursos para los primeros, para los segundos, con muchas reticencias.
Por qué no permitir la movilidad de los alumnos (me niego a escribir palabros, tipo ‘alumnado’), pero no solo para que repitan curso, sino para que puedan adelantarlo, sin tanta ceremonia y protocolo. Simplemente hacer lo mejor para cada uno. Incluso avanzar en unas materias y ‘repetir’ otras…
En fin, lo que no se mide, por mal que se mida, no se puede mejorar…preguntádselo a los deportistas.
El sistema escolar en el que hemos crecido es un sistema selectivo y competitivo, un sistema meritocrático. Lo tenemos tan incorporado que nos resulta muy difícil concebir otra cosa. Pero, incluso en este sistema, las notas ocasionan más perjuicios que beneficios. De la meritocracia y su contrapunto, el igualitarismo, se habla en el siguiente artículo:
http://www.otraspoliticas.com/educacion/meritocracia-e-igualitarismo
del que extraígo unos párrafos:
Siendo muy esquemático, una política de derechas preconizará un sistema educativo basado en la meritocracia mientras que una política de izquierdas defenderá un modelo que busca el igualitarismo; es decir, en un caso se busca seleccionar a los más inteligentes a costa del resto mientras que en el otro se persigue eliminar las diferencias, perjudicando con ello a los que podrían destacar.
Y en ninguno de los dos casos se beneficia a los más inteligentes, sino a los más listos; a aquellos que saben aprovechar en su propio interés los automatismos, los vicios y las debilidades de cada sistema. Porque alguien realmente inteligente, más que títulos, necesita desafíos a su inteligencia y ninguno de los dos modelos se lo ofrece. El primero solo le suministra una sucesión de contenidos y saberes encadenados que conducen a una meta establecida de antemano mientras que el segundo simplemente le aburre o le hastía.
En ambos casos tampoco se ayuda a los que no dan la talla, cualquiera que sea lo que se entiende por talla y cualquiera que sea la talla que se establezca. Porque tan poca ayuda es exigir lo que no se puede dar como pedir menos de lo que cada uno podría llegar a alcanzar. El resultado es el mismo: que el afectado no se mueva o se mueva muy poco, que no dé todos los pasos que podría dar para recorrer su propio camino.
Mejor establecer evaluaciones sin normalizar, como hacen en todo el mundo civilizado. Porque, ya se sabe, en ningún país moderno o que aspire a serlo existe relación alguna entre la competitividad en el sistema educativo y el grado de desarrollo. Debe de ser que el desarrollo de la comunidad a la que uno pertenece no afecta a su bienestar.
Circula por la WWW un chiste gráfico que viene a decir lo siguiente.
Diálogo entre alumno y profesora.
— ¡¡El suspenso que me has puesto baja mi autoestima!! ¿Qué vas a hacer para arreglarlo?
— Trabaje usted más para tener buenas notas. Cabeza no le falta, señorito.
— ¡¡Buaaa!!! ¡¡¡Tu negación de mi objetiva naturaleza de víctima también destroza mi autoestima!!!
Saludos
Para algunos, casi es peor que les refuercen la autoestima a que se la debiliten. En todo caso, siempre será más efectivo, y sobre todo más amable, que a uno le digan que no está progresando y le expliquen por qué, a que le notifiquen que tiene un dos con cinco.
A lo largo de mi experiencia escolar he tenido muy buenas notas que dan fe de mi capacidad de reproducir las cosas tal y como me las contaron, sin mayor análisis y sin posterior aplicación. Cuando, en vez de ser yo, era otro el que sacaba el 9 o el 10, mi autoestima (entonces no se la llamaba así) se resentía mucho.
Todavía estamos atrapados por los números. El resultado de un partido de futbol, la puntuación obtenida en un videojuego, la potencia de nuestro coche, nuestras notas y las de nuestros hijos. Es sorprendente como las cifras pueden dirigir nuestra vida; la facilidad con la que nuestra emoción y nuestra razón quedan atrapadas por un ábaco.
Querido Enrique.
Creo que no hace falta excluir nada en el proceso educativo. Ni notas, ni ánimos motivadores, ni correctivos, ni estímulos afectuosos ni refuerzos ni mucho menos exigencias.
A veces viene estupendamente hasta que te expulsen de un colegio. Puedo atestiguarlo y explicar por qué, con pelos y señales.
Una de las actividades más formativas de nuestra educación, creo, son los deportes de equipo.
En el deporte, también el individual y solitario, todo está basado en métricas permanentes. Como luego lo está la vida.
No debería de haber problema en aprender que en la vida hay victorias y hay derrotas, que se aprende de las derrotas y que la vida es un proceso de exigencia personal que empieza con uno mismo.
También es bueno saber que siempre hay quien nos gane a algo y que perder no es ninguna tragedia porque es bastante normal que ganemos unas veces y perdamos otras.
Se trata, quizás, de encontrar aquellas cosas que hacemos mejor, nos permiten ganar con más frecuencia.
Sin exigencia mal vamos y sin medida peor.
Porque la vida nos exige y nos mide.
Hoy abunda una forma de educar sin exigencia y falseando medidas. Y estamos entre los países peores del mundo donde incluso las élites son, cada vez más, para echarse a llorar de espanto.
Quizás, un sistema derrotado y quebrado requiere ciudadanos poco exigentes que ni se les ocurra pedir cuentas porque a ellos no se las pidieron.
Se trata, supongo, de medir y exigir sin excluir otros factores que también ayudan a educar. Como el cariño y la transmisión de confianza.
Felices fiestas.
Siempre suelo tirarme una media hora diaria leyendo este
blog, con mi taza de cafe, felicidades por este sitio