Hace ya cuatro años, en 2015, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, le regaló al rey de España, Felipe VI, las cuatro primeras temporadas de la serie televisiva Juego de Tronos. Según Iglesias, con la intención de “aportar algunas claves para entender la política española”. Porque de eso va la serie, de luchas por el poder, aderezadas con sexo, batallas, magia y una estética medieval; además de múltiples personajes carismáticos.
A lo largo de la serie se cortan manos y cabezas, se envenenan reyes, se matan padres, se regentan burdeles, se tortura, se viola y se cometen incestos. Algo que ve gente de todas las edades, supuestamente mayores de 16 años.
Juego de Tronos es un fenómeno cultural; en el sentido de rendir culto, que no en el de cultivarse. La serie se ha emitido en 200 países y su última temporada superó los 32 millones de espectadores; una cifra que se multiplica por dos o por tres si tenemos en cuenta las descargas y visionados ilegales. Además de ser una máquina de hacer dinero, Juego de Tronos genera artículos, titulares y programas en los principales medios de comunicación y proporciona un tema fácil de conversación. También promociona los lugares en los que se rueda, que han visto un aumento notable en el número de turistas. Si no que se lo digan a Osuna, Bermeo, las Bárdenas Reales o Peñiscola, por citar algunas de las numerosas localizaciones españolas de los Siete Reinos.
Es bastante habitual, cada vez más, pasar la tarde de un día festivo viendo series, no un capítulo o dos, sino temporadas completas. Desde las cinco hasta las once o las doce de la noche. Un fin de semana tras otro. Tanto es así que este comportamiento ya tiene un nombre: binge-watching, donde binge puede traducirse como atracón, juerga o borrachera. Aquí, compasivamente, se traduce como maratón.
Hay series para todos los públicos y gustos: de policías, abogados, médicos o políticos; de zombis, mafiosos, extraterrestres, narcotraficantes o terroristas; históricas y de época, de ciencia ficción y de fantasía; series bélicas, musicales, románticas, de misterio; dramas y comedias, políticamente correctas o irreverentes. Una oferta creciente de historias de todo tipo.
En 2018, se produjeron en Estados Unidos casi 500 series de televisión, un 42% más de las que desarrollaron en 2013. Netflix, por ejemplo, invirtió 8.000 millones de dólares (una cantidad similar al PIB de Haití, la República del Congo o Níger) para la creación de contenidos con los que alimentar su plataforma. A lo que hay que añadir una inversión de 2.000 millones en promoción y de 1.300 millones en tecnología; y, con todo, los beneficios netos al terminar el año fueron de más de 1.200 millones. Hay que decir que la empresa tiene actualmente 139 millones de suscriptores y se estima que serán unos 300 para el año 2026. Y no es solo Netflix, sino Amazon Prime Video, HBO, Hulu, Movistar +… y las plataformas que están por venir, incluidas las que tienen previstas Disney, Apple, Facebook o YouTube. Nadie quiere quedarse fuera del negocio.
Y este aumento desmesurado de la oferta va en paralelo con el de la demanda; sin que quede claro cuál de los dos alimenta al otro. En cualquier caso, todo ello ha sido posible gracias a Internet; porque, a diferencia de la televisión en abierto y la televisión por cable, el vídeo bajo demanda se puede consumir en cualquier momento y lugar y en todo tipo de dispositivos, desde el televisor del salón hasta las tabletas y teléfonos móviles. Hoy en día, en el metro o el autobús, en vez de leer una novela se ve una serie.
No estamos exagerando si decimos que las series generan adicción; porque tienen todos los rasgos que la caracterizan: producen una sensación placentera, alteran la consciencia, provocan secreciones hormonales (algunos estudios afirman que aumentan la producción de dopamina). Y, a medida que se consumen, también se necesita una dosis mayor para conseguir los mismos efectos.
Parece que tenemos la tendencia a repetir comportamientos, aquellos que en su momento fueron placenteros, porque eso nos da seguridad. Así, por ejemplo, estamos predispuestos a divertirnos en momentos fijos (los fines de semana, las vacaciones) y esto genera una especie de ludopatía, de adicción a lo lúdico, una actitud de divertimento o de diversión a plazos regulares y en espacios concretos.
estamos predispuestos a divertirnos en momentos fijos (los fines de semana, las vacaciones) y esto genera una especie de ludopatía
Las series nos enganchan a vidas y actitudes que no son las nuestras, que nos sacan de nuestro espacio vital, con las que nos evadimos. Nos muestran situaciones y personajes estereotipados que han sido construidos para que nos identifiquemos con ellos, los admiremos, los rechacemos o nos riamos de su tontería. Y, de paso, normalizan valores y comportamientos, modelan el pensamiento y ofrecen una versión distorsionada, o interesada, de la realidad.
Consumir series, un capítulo tras otro, es una forma fácil de ocupar eso que llamamos tiempo libre o tiempo de ocio, ese tiempo a nuestra disposición en el que no estamos trabajando o atendiendo a nuestras obligaciones. Ahora que no necesitamos todas las horas del día para garantizar nuestra subsistencia, no sabemos qué hacer con ese tiempo que nos sobra, ese tiempo en el que tenemos que tomar la iniciativa.
Enrique, excepto por los dos últimos párrafos se puede decir que su post es descriptivo. Por supuesto, la descripción no es completa porque es lo que usted considera suficiente para sus dos últimos párrafos. En todo caso, y como economista, su descripción no dice explícitamente que la extraordinaria demanda por «bienes que nos ayudan a usar la imaginación» (mis palabras) y la correspondiente oferta (sí, yo tengo claro que a la larga la demanda determina a la oferta) es consecuencia de la gran riqueza que hoy gozamos, riqueza que entre otras cosas es fruto de la tecnología a su vez promovida por la libertad para crear en un largo proceso dinámico que ya incluye a más del 80% de la población mundial.
Algunos hemos tenido suerte y desde chicos hemos sido muy imaginativos. La gran mayoría de la población mundial actual no tuvo esa suerte –peor, en algunos países a través de la «educación» se ha tratado de controlarla. Hay una minoría que nos imaginamos muchas cosas, algunas las llamamos teorías que pretenden ser abstracciones que nos ayudan a entender nuestra humanidad y su entorno, otras se llaman «obras de arte», incluyendo opiniones y narrativas cuya oferta ha aumentado gracias a internet. La gran mayoría recién se ha dado cuenta de lo extraordinario de la imaginación y goza con los frutos de la imaginación de los pocos afortunados. Sí, somos ricos y ahora muchísimos –además de satisfacer sus necesidades básicas– consumen los frutos de la imaginación.
En los dos párrafos finales usted se lamenta de que la gran mayoría se limite a ser consumidor –y aunque no lo dice da a entender que preferiría que fueran productores. Pero entonces usted no ha entendido la historia: si somos ricos es porque nos especializamos y no necesariamente en hacer cosas que nos causan por sí mismas placer (generalmente nos especializamos en aquello que aprendimos a hacer bien para ganarnos la vida), pero gracias a que somos ricos ahora dedicamos más tiempo a lo que usted llama ocio y yo prefiero llamar goce de las cosas que los demás hacen para ganarse la vida. Los frutos de la imaginación son tan adictivos como comer fruta o como consumir cualquier otra cosa diariamente, y de igual manera que muchos gozan hablando de «la buena comida» (o de otras cosas que los humanos siempre hemos consumido) hoy muchos gozan hablando de GoT. Quizás si fueramos más ricos, los adultos mayores de 40 años podrían dedicar menos tiempo a su especialización y más tiempo a desarrollar habilidades relacionadas con la creación de «obras de arte», pero todavía los cuarentones no son lo suficientemente ricos para plantearse esa posibilidad (por cierto, cuanto más viejo, menor probabilidad de desarrollar esas habilidades).
Disfrutemos la imaginación de los otros, aunque muchas veces nos lamentemos de no haber apagado la TV o el ordenador antes del final, o de haber ido al cine o al museo o la exposición. Y en cuanto a las opiniones de los demás no es necesario leer todo el libro o el artículo y en general es suficiente con leer uno o dos párrafos.
La carencia de imaginación y su sustitución por la «imaginación enlatada» es otra muestra del adoctrinamiento social en que nos movemos. De la necesidad de hacer lo que hacen los demás para sentirnos seguros de nuestras acciones.
Tengo una hija que ha ido siendo adicta progresivamente de un tipo de «series» (algunas de ellas zafias, cutres y banales) que bombardean todas las cadenas de TV (en España sólo está el duopolio conocido que regenta varias de ellas). En lugar de acrecentar su imaginación, la ha aletargado y la ha acomodado a ese mundillo. El daño intelectual (por no hablar del psicológico) está hecho y otros entretenimientos o diversiones han pasado a segundo plano o desaparecido. ¿Cuántas personas están en la misma situación? Por lo que conozco se ha hecho habitual y responde a la «corrección» que se nos impone.
En este sentido coincido con el autor en la repetición de las mismas conductas relacionadas con el ocio (quien lo tenga en un mundo de 12/14 horas de jornada laboral). Es parte de esa falta de imaginación a que se refiere en el «post» proveniente de escasa cultura y cómodo «dejar hacer». Las caravanas de coches para ir donde nos han dicho que hay que ir, buscar los restaurantes donde nos han dicho lo que comer, las películas que no se pueden dejar de ver (a ver de qué vas a hablar con tus amistades o compañeros de trabajo), etc.etc., forman parte ya de un tipo de sociedad automatizada o robotizada, sometida genética y culturalmente a los dictados de quienes les van a endosar cultura, basura o adoctrinamiento de algún tipo.
Hace años preparamos unos proyectos para TV que, según se nos decía, tenían interés social pero….. «la gente pide la basura que les damos» ( nos intentaba justificar un alto ejecutivo de los medios con sus resultados de caja). «Algo tendrá la basura, cuando millones de moscas acuden a ella…» Sí, por supuesto, tiene la preparación previa y meticulosa de la ingeniería social. Como tantas otras cosas.
Un saludo.