Conocimiento acelerado

A lo largo de la historia el saber no siempre ha sido compartido con agrado, entre otras cosas porque tener un conocimiento científico o tecnológico superior al de tu enemigo podía otorgar a un pueblo una ventaja abrumadora y cosas que ahora pueden resultar hasta graciosas, por lo obvio que nos resultan desde nuestra perspectiva actual, en su momento fueron secretos celosamente guardados.

Son muchos los ejemplos de que saber es poder: lo que hacía realmente peligrosos a los hunos cuando se enfrentaron a lo que quedaba del Imperio Romano no era que las hordas que venían del este estuvieran formadas por grandes guerreros o que superasen en número a las crepusculares legiones; lo que les hacía casi invencibles era que ellos no se caían de los caballos porque conocían el estribo (parece ser que se lo habían copiado a los mismos mongoles que les habían expulsado de sus lugares de origen, empujándoles contra Roma). Nunca he montado a caballo, pero no debe ser trivial subirse en un equino estando armado hasta los dientes y ponerlo a galope sin clavarse nada… por eso mientras que sus enemigos romanos resbalaban de sus monturas los hombres de Atila podían disparar sus arcos o lanzar mandobles sin temor a probar el suelo.

Otro ejemplo curioso: lo que hizo que Constantinopla resistiera durante casi setecientos años ante el empuje de los diferentes asedios árabes es que los bizantinos conocían un arma de origen incierto -se dice que lo desarrolló un ingeniero militar cristiano, Calínico de Heliópolis, a partir de los conocimientos del alquimista Esteban de Alejandría- cuyo uso en la batalla era devastador: el “fuego griego” ardía sobre el agua y bajo ella, con unas llamas verdes que parecían fruto de brujería, solo se podía apagar con arena u orín y hacía arder en minutos a flotas enteras de barcos enemigos. Hasta tal punto el conocimiento de esta arma era importante para los bizantinos que parece ser que solo unos pocos alquimistas, elegidos entre una misma familia, tenían acceso al secreto de su fabricación; hasta que, durante el saqueo de Constantinopla en la cuarta cruzada, se perdió para siempre la fórmula del que puede ser el secreto militar mejor guardado de la historia: incluso hoy en día se desconoce su composición.

Más recientemente en el tiempo, cosas que son de uso cotidiano y que nos facilitan a todos la vida empezaron siendo secretos que nadie quería compartir: las casas se construyen gracias a que los arquitectos plasman sus ideas sobre planos, pero los sistemas de representación geométrica que permiten pasar de las tres dimensiones de la realidad a las dos del papel empezaron también siendo un secreto militar, ya que los estudios de Gaspard Monge que dieron lugar al Sistema Diédrico y a los planos acotados (las curvas de nivel que se utilizan en los mapas, esas que están más juntas cuanto mayor es la inclinación del terreno) supusieron durante algún tiempo una ventaja estratégica importante para los ejércitos de Napoleón con respecto a sus enemigos… y hablando del pequeño corso (y ya entro en materia, lo prometo, que tengo cierta tendencia a divagar): la forma de preservar los alimentos mediante latas de conserva nació como un proyecto científico para permitir alimentar a sus ejércitos cuando el enemigo no dejase nada a su paso. ¡Las latas de sardinas fueron secreto militar de Napoleón!

Hoy en día es mucho más difícil guardar un secreto. Si se hubiera desarrollado en nuestro tiempo posiblemente la fórmula del fuego griego estaría en Twitter para que pudiera ser usada en algaradas populares, publicada seguramente por uno de esos alquimistas que tan celosamente guardaba el imperio bizantino, en menos tiempo del que se tarda en escribirla.

Pero hoy el conocimiento se expande a toda velocidad, y aunque indudablemente existen secretos, proyectos de investigación clasificados y todo eso, la mayor parte del conocimiento está al alcance de casi cualquiera. En la maravillosa novela de Umberto Eco “El nombre de la rosa” se mata para ocultar un libro de Aristóteles; hoy, gracias a internet, con suficiente interés y tiempo cualquiera puede convertirse en un experto en cualquier cosa.

Proyectos como la Khan Academy, institución recientemente galardonada con el premio Princesa de Asturias o la misma Coursera han puesto el conocimiento del más alto nivel al alcance de todo el mundo, gratis o por un precio ridículamente bajo. Además, a las empresas tecnológicas, por ejemplo, les interesa dar cursos gratuitos. Google o Microsoft te regalan todo el conocimiento, sabiendo que luego tú vas a ayudarles a potenciar sus herramientas y, además, esta nueva forma de compartir el conocimiento está teniendo un impacto brutal en el desarrollo de muchas áreas de la ciencia y la tecnología.

Hoy, más que nunca, es cierto eso de que “las ciencias avanzan que es una barbaridad”, y lo es no solo porque el 99% de los científicos que han existido a lo largo de la historia están vivos en la actualidad, sino porque además la forma de compartir el conocimiento ha cambiado, no solo con relación a cómo se accede a él sino también en cómo se accede a los nuevos avances.

La ciencia y la tecnología hoy en día avanzan a una velocidad alucinante (sobre todo en ciertos campos) gracias a muchos factores, y uno de ellos es precisamente que los secretos duran poco; aunque estén bajo patente o bajo el más profundo sello de confidencialidad, enseguida otros investigadores mejoraran cualquier innovación, o la aplicarán en áreas que a su descubridor jamás se le hubiera pasado por la cabeza; y da igual lo buenos que sean los ingenieros de cualquier empresa tecnológica u organización gubernamental: en internet siempre hay miles de personas más listos que ellos y si no comparten su saber, es muy posible que les acaben superando por la tangente.

Por eso, ante cualquier avance, es mejor al menos quedarse con el crédito del descubrimiento, lo que ha hecho que esté cambiando el enfoque: ahora está de moda compartir el saber.

Esta dinámica de compartir el conocimiento se debe sobre todo a la irrupción de internet, pero hay precedentes anteriores: Toyota desarrolló durante el último cuarto del siglo pasado un sistema de gestión integral del proceso de producción llamado “just in time” (también conocido como método Toyota). Les costó casi 15 años afinar el sistema y cuando lo hicieron, en vez de guardar celosamente el secreto lo compartieron, porque como mencionó en algún momento su creador Taiichi Ohno, “mientras la competencia esté ocupada en imitarnos nosotros ya estaremos haciendo algo mejor”.

Ahora no está tan claro que esto sea así: es muy fácil que, una vez compartido el conocimiento, este enseguida sea superado. Por poner un ejemplo (seguramente ocurra lo mismo en muchos otros campos): es literalmente imposible estar al día de los avances en la mayoría de las áreas tecnológicas. Antes, todos los descubrimientos y avances se compartían en los congresos y en el tiempo entre congresos los científicos “digerían” el saber en forma de papers. Hoy en día, al menos en los campos relacionados con la tecnología, se anuncian los avances en Twitter (que en estos ámbitos sirven para mucho más que publicar frases graciosas y poner a parir a la gente), se publican los papers en internet, se hace publico el código y se deja al alcance de todo el mundo para que cualquiera pueda replicar los experimentos. Cuando hay estudios relevantes, alguien en algún lugar del mundo, en cuestión de horas, está haciendo aportaciones interesantes, lo que acelera el proceso de conocimiento.

Y es bueno para todos: el descubridor gana prestigio y honor, los que introducen aportaciones son rápidamente fichados (o al menos tentados) por las grandes tecnológicas o por prestigiosas universidades y la humanidad, poco a poco pero cada vez más rápido, aprende cosas…

2 comentarios

2 Respuestas a “Conocimiento acelerado”

  1. pasmao dice:

    Buenas tardes Don Raúl

    No estoy completamente de acuerdo. Hay situaciones paradójicas que sólo se entienden desde cierta conspiranoia. Y por desgracia de manera creciente.

    Es curioso que desde el descubrimiento de la fisión y fusión atómica y su puesta en práctica en los años 40 no haya aparecido ninguna otra manera de generar energía. Son casi 80 años y me temo que un buen ingeniero de 1950 no tendría problemas en entender el funcionamiento de nuestros actuales sistemas de generación y distribución de energía. Compárenlo con los 80 años anteriores a 1950 .. y da hasta miedo. Es cierto que hay refinamientos, producto de la informática, pero el A, B, C sigue siendo básicamente el mismo.

    En medicina pasa parecido. Ha habido avances.. pero, por ejemplo, cada vez que parce que puede haber un estudio de cómo usar compuestos sobre los que ya ha prescrito la patente en otras aplicaciones diferentes para las que en principio salió, y que haría competencia a estudios ferolíticos sobre sustancias patentables.. ocurren cosas en los departamentos universitarios y «eso» se paraliza.

    Y en actividades donde la ciencia tiene mucho que decir, como lo del cambio climático, o lo de los tratamientos hormonales en niños de hasta 7 años que quieren ser del otro equipo.. por decir sólo dos, hay unos consensos cuasireligiosos que ríase usted de la Inquisición y Galileo.

    En el mismo internet, redes sociales… que usted nos comenta aparecen cada día con mas claridad censuras apoyadas en herramientas también inquisitoriales (cómo el delito de odio) que permiten baneos a discreción. Aún recuerdo cómo le fue a ese directivo de Google que osó dar una opinión no conforme a lo establecido acerca del por qué del escaso número de mujeres cómo ingenieros en la compañía.

    El corolario, inquietante, y que en cierta manera apoya lo que usted nos dicen acerca de la imposibilidad de ponerle puertas al campo, es si en otros ámbitos fuera del Occidental, China y en cierta manera Rusia, a pesar de ser dictaduras o pseudo democracias, hay una libertad de base mayor que la de aquí, y antes o después (con el 5G ya lo estamos viendo) nos sobrepasarán tecnológicamente.

    O si precisamente desde muy arriba se ha impuesto ese corsé religioso en occidente precisamente para que sea en dictaduras o pseudo democracias donde se desarrolle la ciencia, y que las utilidades devenidas de ello sean patrimonio sólo de una élite y no de toda la humanidad.

    Un cordial saludo

  2. O'farrill dice:

    «El conocimiento se expande a toda velocidad». Yo diría que también a la misma velocidad se va perdiendo y la sensación es que el perdido es más valioso y útil que el que se gana. En todos los sectores. Otra cosa es que las «herramientas» aplicables al conocimiento sean más útiles y, sobre todo, más rápidas o más eficaces.
    La verdad es que coincido con «Pasmao» en tener una duda razonable sobre todo ello. Se nos transmite o es accesible el conocimiento que alguien ha establecido previamente (censura). Lo he comprobado en el mundo bibliográfico donde casualmente han ido «perdiéndose» los textos que no defienden lo «correcto» o el «pensamiento único» de Ministerio de la Verdad. Hay que recordar a Orwell y su policía del pensamiento con los acontecimientos más recientes como lo ocurrido acerca de la figura de Franco y el intento de incluir en el Código Penal cualquier referencia a esa etapa histórica. El nuevo totalitarismo tiene muchas connotaciones con los conocidos: propaganda, ingeniería social, coerción, descalificación y señalamiento de los «diferentes» o discrepantes para su purga social. La Inquisición se ha instalado en el mundo mediático y el miedo, sobre todo el miedo, es el sentimiento que aflora en el mundo intelectual, científico o político. «El que se mueve no sale en la foto» decía Alfonso Guerra. Pues bien, el PSOE actual ha puesto sobre la mesa su doctrina dogmática e ideológica de nuevo cuño donde nadie se atreve a plantar cara.
    Por todo ello hablar de «conocimiento acelerado» tiene (en mi opinión) dos connotaciones contradictorias. Un exceso de información que conduce a la desinformación y una pérdida progresiva del conocimiento y del pensamiento libres que nos empobrece. Una cosa (la primera) evita cualquier interés por lo que se nos oculta o esconde desde el Ministerio de la Verdad.
    Un saludo.

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