Francisco I, emperador de Austría-Hungría, se oponía a cualquier tipo de cambio y lo dejó claro cuando en 1821 les dijo a los profesores de una escuela: “No necesito sabios, sino ciudadanos buenos y honestos. Su tarea es educar a estos jóvenes para que sean esto último. Aquel que me sirva debe enseñar lo que yo ordeno. Si alguien no puede hacerlo, o viene con ideas nuevas, se puede ir, o yo haré que se vaya”.
Tradicionalmente se ha creído que la educación de las masas era un instrumento muy poderoso para avanzar en la democratización de un país. Hoy la alfabetización es casi total en los países del primer mundo y, en algunos como España, el porcentaje de titulados universitarios es muy alto. Pero no parece que la cultura política en este país se sitúe al mismo nivel.
En 1987, el politólogo italiano Giovanni Sartori se preguntaba, en su libro “¿Qué es la democracia?”, sobre el alto grado de ignorancia del ciudadano medio en estos términos: “Cuando se libraba la batalla de la extensión del sufragio (universal para los hombres), a la objeción de que los más eran incompetentes para votar se respondía que para aprender a votar es necesario votar. Cuando quedó claro que ese “aprender” no hacía progresos, el argumento pasó a ser que los factores que lo bloqueaban eran la pobreza y el analfabetismo. Sí, indudablemente. Pero de la reducción gradual de la pobreza y el fuerte crecimiento de la alfabetización no han surgido los efectos esperados. Entonces, ¿adónde nos dirigimos?”. Y esta pregunta sigue sin tener una respuesta clara.
Es obvio que una democracia madura, en la que la sociedad se beneficia de las posibilidades que en teoría brinda este sistema, requiere entre otras cosas que los ciudadanos tengan una elevada cultura política y que, además, estén dispuestos a participar en la vida política de forma activa. ¿Qué entiendo por cultura política? En su máxima expresión la definiría como la capacidad personal para diagnosticar la situación del país e identificar los objetivos, prioridades y estrategia de avance más adecuados, y para ponerse en la piel del gobernante a fin de comprender lo que puede y no puede hacer. Esto último, por ejemplo, es clave para evitar que los políticos nos tomen el pelo prometiendo lo que no van a poder cumplir. Por supuesto, la mayoría de la población no alcanza ese nivel pero, aunque bajáramos el listón, los ciudadanos formados seguirían siendo una porción reducida. Sartori cifraba en un 1 o 2% los ciudadanos que él consideraba competentes en esta materia.
Probablemente las causas son muchas y variadas, pero se podrían agrupar en dos: ni se ha hecho gran cosa porque los ciudadanos adquieran esa cultura ni tampoco estos han sabido o querido adquirirla. En cuanto a lo primero, cuesta imaginarse a un presidente del gobierno explicando sinceramente, y en forma didáctica, las diversas alternativas que tenía para abordar un determinado problema, con sus respectivas ventajas e inconvenientes, y los motivos por los que optó por una de ellas. No, lo habitual es que intente convencernos de que su decisión fue la correcta y que además era la única sensata. Cualquier cosa menos dar pie a las críticas. Para eso, nos dicen, ya está la oposición. Y esta tampoco quiere reconocer lo que de positivo hay en las acciones del gobierno; al contrario, todo lo que este hace está muy mal. Así que, el ciudadano que busca la verdad de los hechos sabe que ni los unos ni los otros se la van a contar, porque lo único que les interesa es tener fieles seguidores, y no formar librepensadores. De quienes están en la lucha política, por tanto, no podemos esperar mucho en este sentido, pero ¿y de los que se han retirado? Ahí sí podría haber una buena cantera de gente, con experiencia y sin ataduras, que podrían jugar un gran papel en la elevación del nivel cultural de la sociedad.
¿Y del resto? Desde luego, tampoco es fácil imaginarse a los profesores en las escuelas abordando esta tarea. ¿Cómo podrían hacerlo? ¿Con otra asignatura más, agregando su cuota de deberes y exámenes? Así sería inútil. Otra cosa distinta es si se plantease como charlas informales para los chavales que quisieran asistir, impartidas por alguno de estos políticos retirados o por algún ciudadano cultivado, y con un formato de casos prácticos y debate. Así quizás sí podría funcionar.
Los medios de comunicación también podrían hacer una gran labor si quisieran. De hecho, según un estudio reciente el año pasado los españoles estuvimos frente al televisor cuatro horas al día, en promedio. ¡Cuatro horas! El caso es que, pese a que los veinte programas más vistos fueron deportivos, las tertulias políticas han ido ganando presencia. Pero, claro, ¿qué clase de tertulias? Las que tienen más audiencia son las que han convertido el debate en un auténtico espectáculo, en el que es imposible hilvanar la más mínima reflexión. Así que no es de extrañar que a esas tertulias vayan los que van. De este modo las televisiones se han convertido en un eficaz promotor de la banalización en materia política, justo lo contrario de lo que necesitamos. Si la realidad que ha de manejar un gobierno es ya de por sí enormemente compleja, lo que hacen muchas de estas tertulias es alimentar la simplificación extrema y, por tanto, el analfabetismo político. Sin embargo, Internet y las tecnologías audiovisuales van haciendo más viable que surjan nuevos canales y programas, con enfoques realmente interesantes. Pero que surjan o no depende, en gran medida, de las audiencias, de que haya gente queriendo formarse.
Porque, llegados a este punto, hay que recordar lo obvio: que para elevar la cultura política, el principal protagonista es el ciudadano; ya que se trata de un esfuerzo que tiene mucho de autodidacta, donde no hay más remedio que leer, contrastar opiniones de distinto signo, buscar ideas interesantes en debates y entrevistas, promover tus propios debates con amigos, etc. Lo que sucede es que el esfuerzo que cada uno estemos dispuestos a hacer, para cultivarnos, va a depender mucho del lugar en el que nos queramos situar en nuestra democracia. Alguien que pasa de todo no necesita ningún esfuerzo previo. Y, en el otro extremo, quien quisiera influir en la marcha general del país, tendría que dedicar bastante tiempo y trabajo a formarse. Entre ambas posturas caben muchos términos medios.
Sin embargo, aquí nos movemos en una gran contradicción: por una parte quisiéramos que se fueran todos los políticos, porque sentimos que nos engañan una y otra vez, y por otra parte no estamos dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para adquirir el nivel de conocimientos y de discernimiento que impida que los que les sustituyan nos sigan engañando. Y los siguientes de los siguientes. ¿Cuándo dejaremos de ocultarnos en las culpas de los otros para empezar a asumir nuestra propia responsabilidad en que este país vaya por donde tiene que ir?
Muy buen artículo. Las soluciones que propones al problema son coherentes, pero veo algunos inconvenientes. No existen por desgracia, los políticos retirados de los que hablas. Miremos al caso español: ¿a quienes enviamos a dar esas charlas informales? ¿A aquellos que han renunciado a la política en aras de las puertas giratorias de las grandes corporaciones? ¿A los que se aferran al carné del partido y sus declaraciones y espectro del retorno agitan los escaños? ¿O a los que han caído en desgracia y han sido expulsados por su conducta incorrecta? Aquellos que pudieran no encajar dentro de los casos anteriores son una minoría y desde luego no representan al sistema de partidos en democracia.
Espinoza refirió la democracia como una auto-institución permanente de los ciudadanos. Para ello han de sentirse en el centro protagonista del sistema. Ello implica un nivel de compromiso y responsabilidad hoy por hoy inimaginable en países como el nuestro. Pero lo cierto es que existen fenómenos a lo largo de la historia y también del presente que indican que nuestra nación es una gran amante de la libertad. En todo caso tengamos presente la advertencia de Jefferson de la necesidad, en una democracia, de informar bien al pueblo.
“Es obvio que una democracia madura…y para ponerse en la piel del gobernante a fin de comprender lo que puede y no puede hacer…”
Bien, en primer lugar se percibe que usted no tiene problema con la coexistencia, en contexto, de conceptos contradictorios, una estrategia de supervivencia muy usual. Por otra parte, no deja de tener un punto de candidez al afirmar que un votante puede tener la misma información que “el gobernante”, para “ponerse en la piel”.
“La elección por suerte es propia de la democracia:por sufragio, de la aristocracia (3).” Montesquieu.(pag. 25 http://fama2.us.es/fde/ocr/2006/espirituDeLasLeyesT1.pdf)
¿Qué democracia madura es esa donde votan auténticos “idiotes” políticos? Parece imposible erigir semejante concepto en este mundo terrenal. Si no se elige, o no se sabe lo que se elige eso sea lo que sea no es una democracia. Aquí toma relevancia el concepto de representación pero también el de lealtad.
Dicho esto, veamos –en mi OPINIÓN– las razones para “el idiotes” como aptitud social.
Como sabrá, las personas se guían por incentivos, y, parece claro que leer Camino de Servidumbre, El Capital, Justicia agraria, Democracia en América, El espíritu de las leyes, La constitución de Atenas,…,etc,…, no reporta absolutamente nada desde un punto de vista Económico, salvo para los “especialistas”.
Esta sociedad*, y en general desde el principio de la humanidad, la característica de “maximizar la supervivencia” ha sido superior a cualquier otro tipo de consideración. Por ejemplo, en rara vez los ideales tienen más fuerza en la acción que los aspectos económicos. Y por otra parte es aceptado que aquellos mejor navegan dentro de la sociedad son más aptos, más válidos.
Parece pues pensamiento ilusorio, centrar el debate en el buen gobierno, y a su vez, obviar la verdadera naturaleza de la democracia. Esto es democracia: gobierno, poder, fuerza con-ciudadana. Presidentes por un día, gobernantes a diario,…
No se puede separar la sociedad en clases, aristocracias, gremios o la misma división del trabajo, y pretender que aquellos expulsados sean responsables con algo de lo cual no participan. Y cuyo retorno es próximo a cero, cuando no negativo. El nuevo Dios colectivista, reflejado en la especialización del trabajo, ganadores y perdedores, toma un nuevo toque en aquello llamamos “clase política”.
¿Por qué la gente, casi como plegaria, repite una y otra vez “Sanidad, Educación” y no habla nunca de libertad? ¿Está muy a gusto en la idiosincrasia de la servidumbre?¿Por qué?
A diferencia de los asiáticos, donde si están cómodos con el despotismo, aquí se le llama democracia de forma cínica, como podía llamarse lo que es, monarquía de los partidos; es decir una forma sofisticada de oligarquía, grupo que se auto-regenera en la corrupción moral pública primero, económica para hacer camino después.
Sangrar las entrañas en el sueño del despotismo hidráulico, batalla naval ilusoria mercado-Estado. Perder la pasión del yo, estaremos muertos, ahogados en el cinismo de la colmena. Renunciar al orgullo de ver, oír, leer, tocar, degustar, Hipocresía de un hombre mono al pie del árbol de Adán, licores de fruta podría, un bípedo adorando el cuadrúpedo rugido del león Deseo. Trueno de orgullo, brújula a contracorriente, barco a la deriva, Faro de Alejandría.
—
*: proto-reproductiva(ver **.), con dinámica de poder en grupos. La estructuración particular que se genera en las distintas culturas e idiosincrasias, según lo aceptado y rechazado en lo público (referencia a compartido), se clasifica como “sistema político”.
**:
Operativa con especialización (hoy mal llamado mercado):
Positivos: Honestidad, serenidad, tolerancia, compasión, justicia, generosidad, moderación, prudencia, humildad, bondad, valentía, lealtad, confianza, responsabilidad, compartir, solidaridad, paz, diligencia, laboriosidad,…, etc
Negativos: Ira,envidia, venganza, pereza, indolencia, gula, engaño, manipulación,…
Recordemos por otra parte que el robo, el asesinato, la intolerancia, la violencia, etc, han sido considerados positivos en el pasado (por “nuestros” n-abuelos; citar por ejemplo el 10% población de EEUU procede de 50 colonos, que participaron en las guerras/exterminios indios nada más pisar tierra…, tríbus germánicas, Grecia antigua, etc), simplemente porque la estructura social era distinta, la forma era distinta, aunque el objetivo era el mismo.¿”Somos” n-nietos de asesinos/homicidas o “somos” el cordero ungido?
En mi opinión, lo que hace vigorosas algunas democracias, como las anglosajonas, es la importancia que le dan, dentro de sus sistemas educativos, al debate de ideas. Para ellos no se trata de que un estudiante necesite tener unos dogmas que defender a capa y espada contra todo el que los ponga en duda (visión muy nuestra de lo que es el posicionamiento ideológico). Lo que tratan de hacer que se desarrolle en sus mentes es una habilidad para razonar y exponer en público esas razones. Pero junto al ejercicio que realizan los contendientes, está otro no menos importante: el del público ?(resto de la clase) que tendrá que designar un ganador, para lo cual ese público tiene que estar entrenado también en esa navegación entre silogismos, aseveraciones, datos probados, conjeturas, prejuicios, etc. Cuando se establece un debate, no se pide al orador que tome partido. Se le impone pertenecer a un bando determinado. Da igual que seas intervencionista o liberal, pro o antiabortista, pacifista o militarista. Se te asigna el papel que se te asigna y tienes que defenderlo con destreza intelectual, no con gritos y aspavientos. De igual manera, el público tiene que valorar los argumentos expuestos, si la cadena de razonamiento es o no es válida, con independencia de sus posibles convicciones íntimas. Este tipo de ejercicio mental es el que, a lo largo de la formación de los alumnos, trata de conseguir la formación de espíritus críticos. Por supuesto que un inglés o un norteamericano tiene sus «corsés» culturales, su respeto reverencial a determinados símbolos para los que aquí somos más «laxos». Pero cuando se trata de escuchar enfoques nuevos, me parece a mi que están dotados de una honradez intelectual de la que carecemos por estos lares.
Un planteamiento muy interesante. Pero me temo que «espíritu crítico» es algo de lo que por desgracia nuestro temperamento español anda bastante carente. Tendemos más, creo, por lo general a obcecarnos, cerrarnos en banda, y no querer saber nada de los argumentos del interlocutor, al que de inmediato y si no comparte nuestras ideas pasamos a considerar nuestro enemigo. Basta observar cualquier conversación en torno a política o a religión (por no meter al fútbol, donde al aficionado le importa poco si si equipo jugó bien o mal o limpio o sucio, con tal de que gane) para ver cómo se llega enseguida a las voces.
Y, en cuanto a la honradez intelectual; pues… ¡no ha dicho usted casi nada!
Alicia, no deberías ni hablar de temperamento cuando algo pertenece al carácter, ni generalizar sobre si somos o no somos, cuándo en realidad la que debe ser o no sólo eres tú; nada sabes de los demás y mucho menos de nuestros temperamentos y carácteres y/o caracteres. Tampoco es conveniente lo de «creo», pues si crees, de antemano, ya estás dispuesta a aceptar que sometes todo bajo la circunstancia de la fe, ciega en todo caso. Tal vez «pienso» estaría mejor y si «piensas» es porque en realidad hablas o deberías hablar de ti y no de los demás. Además la crítica siempre hacia ti y no en el plano general.
Nunca hable usted de los demás del cómo son, sin conocer a los demás basándose sólo en el cómo es usted, probablemente se equivoque en todos sus argumentos y no le conduzcan a ninguna parte…
En tanto en cuanto a la honestidad, ahí sí que ah estado usted muy acertada; nada cómo hablar de ello, algo que el autor nada dijo y que ése sí sería el primer principio educacional con el que se forma el carácter y mantiene al temperamento capital pero sólo mediante el ejemplo, ya que no me vale lo que predican los malos curas (incluso los «buenos») haz lo que yo digo, no lo que yo hago…Y éste es el principal ejemplo educativo del Pp…Hipócritas constantes.
Saludos
¡Cielos, qué regañina!
Firmado:
Alicia Bermúdez
He quedado gratamente impresionado por la tesis del señor Bautista Perez al coincidir con la importancia de una educacion que se debería implantar en la enseñanza hasta el final de cualquier estudio universitario de forma contundente y decisiva para la titulación correspondiente,sin cuya aprobación «NO HABRIA TITULO» seria asi como un compromiso.La asignatura en cuestión,seria preceptiva,y por contenido pudiéramos de-nominarla algo asi como «Etica y moral laboral y social» y tocarian temas como economía etica y moral social con ejemplos de los tipos de delincuencia bancarias etc etc.