Los derechos humanos son un hito indiscutible del pensamiento moderno occidental. Nacidos por la iniciativa de la viuda del presidente americano Franklin Roosvelt, Eleanor Roosvelt, cuando, tras las atrocidades de la segunda guerra mundial, se crea una comisión de estudio sobre una declaración respecto al hombre que pudiera incluir los valores de la vida humana y la persona.

Uno de los objetivos que tiene el deporte de crear comisiones, que debería de ser declarado olímpico, es pringar a todo el que pase por allí en lo que se trata de conseguir. Este caso no fue diferente, pues los únicos no occidentales que participaron en su redacción fueron un doctor del país más occidental de todos los árabes, el Líbano, Charles Malik –confesado profundo seguidor de la filosofía de Tomás de Aquino–, y un chino Peng Chung Chang –no es chiste-, cuyo país estaba envuelto por entonces en una guerra civil larvada entre comunistas y nacionalistas, y en el enfrentamiento a la invasión japonesa del norte, motivo por el cual no parecía muy aconsejable ponerse tontito e insistir en las objeciones confucionistas planteadas a la propuesta de la ex-primera dama americana.

Las moralistas buenas conciencias puritanas de occidente no podían tolerar la masacre monstruosa que había sido la reciente guerra, y sin plantearse mucho más de sus causas –entre las que destacan el frenesí racial del autodenominado pueblo ario de la tierra, y su mesiánico líder; la oposición de las ideologías totalitarias ante el avance del pensamiento ilustrado; y la pérdida de la capacidad de influencia y control de los poderes fácticos mundiales–, se lanzan a una aventura que, pese al shock generalizado de las naciones, encuentra una resistencia en muchos países cuya naturaleza dista mucho de la manifestada en la declaración, pero pese a ello solo ocho se abstuvieron en la votación de París, supongo que pensando que era otra más de esas declaraciones bienintencionadas que no van mucho más lejos.

Dudo mucho que a los pueblos iluminados o a sus líderes, que se sienten designados divinamente para el control del mundo se les logre convencer de que se estén quietecitos con este tipo de declaraciones.

Entendiéndolos como una declaración de principios, cualquier persona de bien los suscribiría sin dudar, pues engloban con carácter general el mayor de los respetos a la vida y al ser humano, algo que por las atrocidades vividas en el delirio de algunos líderes y el seguidismo de sus pueblos, era necesario gritar con fuerza.

Se entiende, pues, esta declaración por el momento y por la forma, pero los llamados derechos humanos no solo son eso, también incluyen en su denominación y su desglose aspectos que pueden suscitar auténticas dudas, que pocos se han parado a pensar. La primera es la universalidad de su declaración, y después muchos de los principios defendidos que se indican a continuación.

Al analizarlos nos encontrarnos con que muchos de los artículos que la componen guardan un sospechoso paralelismo con uno de los pilares que ha dado lugar a nuestra civilización occidental: los diez mandamientos de la religión cristiana.

Tomando, por ejemplo, el que “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”(art. 26.3), ¿no está ligado al carácter preferente que se otorga a los padres con aquello de “honrarás a tu padre y a tu madre”? (4º mandamiento). La defensa que se hace de la propiedad en “Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente”, ¿no podría derivarse de la defensa que se hace de ella en lo de “no hurtarás”? (7º mandamiento). La declaración de que “todos los seres humanos… deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (art.1), ¿no está intrínsecamente ligado al “amarás a tu prójimo como a ti mismo”?

De forma parecida, el que “toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas” (art.24), suena mucho a lo de la santificación de las fiestas (3º); también que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”(art.16.3), no es de nuevo, una defensa directa de la honra a tu padre y a tu madre expuestos en el 4º mandamiento.

El resto del articulado de la declaración, si bien no hace una exposición explícita del temario de los mandamientos, guarda una relación que se infiere de los principios de estos. Así, que “Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autor”(art. 17), es una afirmación en positivo de lo que se castiga con el “No hurtarás” (7º mandamiento) o “no codiciarás los bienes ajenos”(10º mandamiento).

De otra manera, el resto se inspira en los principios esenciales que se emanan del espíritu que transmiten los mandamientos. Y así, que “toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad” (art. 29.1), está inspirado en el primer y segundo mandamiento, como que hay algo sagrado por encima de ti que tienes que respetar y nunca banalizar.

Puede decirse, entonces, que dicha declaración es la consecuencia lógica de un desarrollo social y colectivo de una civilización concreta, importante y decisiva, pero determinada, con sus luchas, sus circunstancias y dificultades particulares. Pero ¿qué pasaría si algo parecido quisiéramos traspasarlo a otras en las que, por ejemplo, la propiedad privada no tiene ventaja sobre el bien común, o cuyo sustento es el nomadismo e impera el criterio de subsistencia colectiva sobre el de la propiedad particular, u otras en las que se entiende que las ideas proceden de una especie de inspiración ajena y no de la producción de un individuo? Y ¿qué pasa en las sociedades en las que a partir de una edad el niño pasa al cuidado de todo el conjunto que se hace responsable de él? ¿Y otras, en las que el poder no se establece por el principio godo de la elección, sino por la importancia del legado del tiempo, como en las patriarcales o las de los ancianos sabios? ¿Qué puede suceder cuando una sociedad no entiende la acumulación y la ganancia como fin esencial, y en cambio acepta solo los bienes como garantía de la propia subsistencia? Y se podría, así, ir viendo como la aplicación generalizable de estos patrones puede generar más fricciones que ventajas en muchas sociedades.

Todos esos “otros” valores que imperan en otros colectivos sociales, en su profundización contienen ideas que, difícilmente aplicables a nuestra sociedad por el sinfín de intereses creados que caracteriza a Europa, pudieran contener elementos inspiradores de formas de entender la vida útiles para un renacimiento que, por necesidad, debe suceder a la evidente decadencia en la que nos vamos ahogando. Especialmente significativos pudieran ser los relativos a la propiedad, la riqueza, el conocimiento y los puestos de responsabilidad colectiva, y la familia.

Cuando las corrientes políticas, igual da que se llamen progresistas, revolucionarias o de izquierda, haciéndose portadoras del baluarte de la esencia libre del hombre, se plantan ante el poder que ejerce la Iglesia sobre las personas, no saben que sus proclamas de los derechos humanos imitan a los curas sobre los púlpitos a lo largo de siglos.

6 comentarios

6 Respuestas a “DERECHOS ¿DE QUÉ HUMANOS?”

  1. José María Bravo dice:

    Interesante reflexión de Peiro sobre los llamados Derechos Humanos y su paralelismo con la «sociedad» cristiana.

    A mediados del siglo XIX hubo un dialogo entre Bruno Bauer, filosofo alemán , y Carlos Marx sobre la «Cuestión Judía». Allí se planteaba la dicotomía, de lo que yo definiría, entre el «Ser» individual y el «Estar»Social. En principio era la reflexión del Ser judío y el Estado cristiano, imperante, en la época, en Alemania.

    Peiro me remonta a eso, en el sentido de que los llamados Derechos Humanos Universales, son referidos a una cultura y civilización determinada. Nos meteríamos también en la «cacareada» diferencia entre cultura y civilización. Terminos que se utilizan «indefinidamente» en la vida socio-política.

    En fin que aquello de no robaras o hurtaras esta referido que, para tal caso, debe haber una propiedad privada. La igualdad para proteger el derecho individual de su «propiedad», considerada como intelectual o económica. Y la seguridad para hacer punible todo aquello que atente a esos derechos.

    Marx consideraba a todo esto la defensa «extrema del egoísmo» y Bauer apostaba por el humanismo, más allá de esas ataduras.Yo creo que es lo que, de alguna manera, nos plantea, como problema, Peiro.

  2. Inés dice:

    Si llamamos a las cosas por su nombre, me parece que la declaración de los «Derechos Humanos» o «Los objetivos del Milenio» o la Mayoría de las Organizaciones de «Normalización» o «consenso» son en realidad muy pensadas. Organizadas presumiblemente por una sola cabeza pensante, que se rodea de sus incondicionales para llamar a sus amiguillos- especialmente elegidos según la cantidad de sustancia gris, entre los políticos mas babosos. Lo estamos viendo queramos o no.
    Es decir que el afán evangelizador y redentor de la Derecha católica o Luterana o Protestante o neoliberal para nada tiene que ver con Dios sino con el demonio y el hecho de que se quieran Universalizar las cosas, no es nada fraternal es claramente dominador.
    Los hechos son los mismos, en el nombre de dioses o de demonios los que lideraron esa declaración y sus descendientes, dictaron una manera calculada de hacer las cosas.
    Derecho a la propiedad privada implica que los dineros negros de medio mundo se van a comprar a los gobiernos corruptos y previamente comprados de los países pobres, las tierras fértiles, y después es el cambio climático y su desafortunado territorio y la barbarie de los pueblos bárbaros que aún se entretienen en luchas tribales lo que hace que sus territorios no levanten cabeza.
    Pero aquí nuestros políticos se atreven a decir que están comprometidos con millones de euros al desarrollo de esos pobres pueblos, mientras dejan endeudar y venden a sus propias poblaciones, nosotros, que ya no somos «los santos inocentes».
    ¿Y que quieren que hagamos? dejarnos engañar? Puede resultarnos patético, chistoso o ridículo, pero lo que de verdad nos produce es bastante asco.
    Ahora no necesitamos más reflexión, hay que hacer algo, ya.
    Y traigo a la palestra no a un político sino a un valiente magnífico poeta.
    A quien le interesen estos versos profundos sabrá encontrar la batería completa

    «Muerte»
    ¿ Donde se encontró el cadáver?
    ¿Quién lo encontró?
    ¿Estaba el cuerpo muerto cuando lo encontraron?
    ¿Cómo encontraron el cadáver?
    ¿Quien era el cadáver?
    ¿Quién era el padre o hija
    o hermano o tío o hermana o madre
    o hijo del cadáver abandonado?..

    » A veces el escritor tiene que romper el espejo»
    ¡ROMPAMOSLO! y dejemos de hablar ya de lados e inclinaciones. Ellos, los muertos, ya no las tienen.

  3. Alicia dice:

    Pero habrá algunos términos medios, ¿o no?
    Ni todos los que “tienen” son sacamantecas despiadados ni todos los que “no tenemos” somos tiernos corderitos angelicales.
    A mí me parece que no todo lo que proviene de la iglesia o de la religión o del liberalismo es única e intrínsecamente bueno ni malo, y que tampoco lo es completamente todo lo auspiciado por la izquierda y sus proclamas.
    Hay mandamientos perfectamente admisibles y razonables y puede haber algunos que de alguna manera estén invitando a “ni te muevas ni rechistes ni te atrevas a” — a todo esto se me ocurre buscarlos en internet y aparecen versiones de lo más variopinto — y, en la declaración de derechos humanos leo (porque también la busco, porque no me la sabía), aunque más repartidas en más artículos, en muchos de sus 30 obviedades que amén de ser susceptibles de interpretaciones más o menos acomodaticias, veo, vemos todos y cualquiera, que son saltadas individual y colectivamente en infinidad de ocasiones a la torera. Así que, empate.
    En cuanto a lo de la propiedad privada me parece un invento, la verdad, conveniente y necesario. Para que una sociedad funcione es de todo punto ineludible (y si se elude pasa lo que pasa) que el individuo sea dueño de aquello con lo que contribuye. Y a todos los niveles y desde los aspectos tanto de índole práctica o material o tangible como espiritual o inmaterial o intangible.
    Pero como aquí estamos con los pies sobre la tierra me quedo con los que poder agarrarse ya sea a puñaos o con delicadeza y me pregunto, o pregunto, qué pasaría si ante cada necesidad (o incluso capincho, que por qué no) material que tenemos no existiera un individuo propietario de aquel producto que yo estoy demandando. Una cafetería, una zapatería, un coche o un patinete, un sombrero de tres picos o una gorra de visera, y, así, cualquier cosa que se me pase a mí por mi cabeza.
    Si queremos calidad en las cosas (lo cual no implica obligatoriamente que haya que querer en sí la cosa, sino tan solo su uso y disfrute) tendrá que haber unos dueños de las cosas que me las presten, que me las sirvan, a cambio de un precio o de un servicio. Y para que a mí me resulte seductor su producto me lo tendrán que ofrecer aderezado de encantos que yo apreciaré y adquiriré en la medida de a cuánta calidad esté dispuesta a renunciar en favor de que me cueste menos. Y para que tengan (ellos, los dueños de las cosas) interés en venderme su moto, tienen que sentirse dueños y responsables de la moto, y esforzarse porque me guste más y la quiera con mayor empeño que la moto del de al lado.
    Vamos, que hasta a los más pobretones que tenemos poquísimo (entre los que me incluyo) nos viene de perlas que exista la propiedad privada.
    Nota:
    En respuesta a la adivinanza Harold Pinter.
    Y es que internet y el gúguel son dos alhajas.

  4. goyo dice:

    Cierto sentimiento de extrañeza me invade cuando después de leer este artículo me detengo y quedo pensativo frente a la interrogante que me surge : ¿ Es realmente mío lo que yo llamo “mí pensamiento “ ?.
    Las ideas vertidas en el aire vuelan raudas, y pocas veces las siento aletear próximas a mí. Pasan sin paso y sin piso, como si fueran doncellas salidas de antiquísimas arkas que se presentan para ser desposadas y engendrar luces de entendimiento…y nuevamente me pregunto : si no puedo asegurar que mí pensamiento sea mío, ¿ cómo puedo plantearme tener derechos ?. ¡ Que osadía !. ¿ Cómo puedo exigir derecho a una buena educación con casi todo por conocer ?. Y, ¿ cómo plantearme el derecho al trabajo, con toda la inmensa cantidad de relaciones pendientes por establecer ?.
    Puede que tal vez lo que el estado se plantea como educación sea solamente eso, educación, un modo de conducir al hombre en el que la experiencia y el conocimiento tengan velocidad limitada y controlada, aún sin radar. …y puede que lo que se considera trabajo sea sólo un modo de ralentizar un tiempo-vital a cambio de “cuatro duros” con los que poder satisfacer las últimas necesidades güais inventadas.
    Y llegado a este punto, concluyo que mi pensamiento está vestido de uniforme y aún guarda algunas llaves, no sé cuantas, de mi propia celda.

  5. José María Bravo dice:

    Alicia habla, y quizás pondera, de la propiedad privada. Pero, yo le haría algunas preguntas sobre esto. Si ella conoce a alguien que sea propietario real de algo. Yo conozco sobre todo deudores. Yo pienso que la propiedad es más dar que deber.

    Y propiedad privada?. Privar es quitar, no compartir un uso. Yo creo que el valor es dar no privar.

    En fin, la reflexión del articulo de Peiro, para mi, va más hacía el problema de la interpretación de unos derechos. Evidentemente el problema de la propiedad privada es muy complejo, muy difuso y sobre todo uno de los problemas a los que nos enfrentamos con mayor agudeza ahora. Véase el problema de las hipotecas, de los intereses bancarios, del euribor, de la dación por pago, etc. Y, no se diga el intringulis de la propiedad intelectual, los derechos de autor, los plagios, etc. Véase lo de las marcas, las patentes, etc.

    1. Alicia dice:

      En realidad lo único que me seduce de la propiedad privada es la libertad de poder elegirla para mí o preferir que sea de otros; para mí sólo quiero el no tener que dedicar mi vida a poseer y utilizar y mantener objetos y trastos y cachivaches.

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