En los tiempos que corren el mantenimiento del Estado de Bienestar se ha convertido en la seña de identidad política para mucha gente. Se da por sentado que su diseño actual es básicamente correcto y que lo único que hay que hacer es preservarlo. Sin embargo, tiene fallos o carencias muy graves.
Tomemos como ejemplo el caso de la salud. En España hay un elevado grado de satisfacción con el sistema de atención hospitalaria, pero el cuidado de la salud implica muchas más cosas. Hace un par de meses, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente presentaban un informe encargado a 16 especialistas sobre los efectos de los disruptores endocrinos, que son unos compuestos químicos ajenos al organismo pero que pueden alterar su equilibrio hormonal; estos compuestos se utilizan ampliamente en la producción de plásticos y cosméticos, entre otras cosas. Según los autores del estudio estas sustancias constituyen una «amenaza global». El informe apunta la existencia de unos 800 compuestos sospechosos de producir alteraciones en la regulación hormonal, en el desarrollo neuronal, en el sistema inmunitario, etc., y advierte que solo «una pequeña fracción» de ellos han sido convenientemente analizados.
Otro ejemplo: por esas mismas fechas la directora general de Salud británica, Sally Davies, alertaba en el último informe anual sobre el sistema de salud de ese país de que el consumo excesivo de antibióticos «es una amenaza más grave que el cambio climático». Este consumo no solo se debe a la elevada prescripción médica y a la automedicación de la población, sino sobre todo a su utilización en las granjas, tanto para prevenir enfermedades como para acelerar el engorde de los animales. De hecho, según un estudio publicado en una prestigiosa revista científica (PNAS), el 73% de los antibióticos que se comercializan en EEUU los consume la industria alimentaria. Ante este panorama, la Sra. Davies decía: «Tenemos que reaccionar con celeridad y empezar por elaborar un registro con los principales riesgos para determinar cómo combatirlos». Vamos, que nos queda camino por recorrer y como estos hay muchos más ejemplos.
A nadie se le oculta que, además de los medicamentos y los alimentos que consumimos, la mayoría de los objetos de consumo, como la ropa que nos ponemos, los detergentes que usamos, los electrodomésticos, teléfonos móviles y demás aparatos que empleamos en nuestra vida cotidiana, están incorporando constantemente nuevos compuestos y materiales, sea para reducir sus costes o para aprovechar las nuevas posibilidades que brinda el avance tecnológico. Y tampoco se nos oculta que, además, los procesos de producción de la mayoría de estos productos se extienden por todo el mundo, gracias a la globalización.
Pero, ¿quién controla esto? ¿Quién nos garantiza a los ciudadanos que lo que compramos en la tienda del barrio, o en el hipermercado de esa famosa cadena multinacional, está adecuadamente controlado y no nos va a crear problemas algún día? ¿Quién nos asegura que no estamos jugando a la ruleta rusa con nuestra salud? Porque es evidente que controlar todo esto también forma parte, o debería, de nuestro Sistema Nacional de Salud. ¿O no?
Si hiciéramos una encuesta preguntando quién es el responsable de garantizar que lo que ingerimos o utilizamos en nuestra vida cotidiana no es perjudicial para nuestra salud, la inmensa mayoría de los ciudadanos señalaría, sin la más mínima duda, a la Administración en su más amplio sentido. Y, efectivamente, en un Estado moderno es la Administración la que debería proporcionarnos esta garantía. Es una de esas tareas que justifica el papel del Estado. No solo en las áreas citadas, sino en muchas otras de análoga gravedad; con incidencia en la salud, en la seguridad y en tantas otras parcelas de nuestra vida.
Hablamos, en definitiva, de la función supervisora del Estado. Función de la que, desgraciadamente, solo se habla cuando hay un accidente, una catástrofe o una crisis. Así, por ejemplo, fue a raíz del accidente de la central nuclear de Fukushima (Japón) cuando a la Unión Europea le entraron los agobios para revisar los sistemas de seguridad de las centrales europeas. Podríamos poner otros ejemplos referidos a la industria de productos altamente tóxicos y a la forma en que estos productos se transportan o a la contaminación medioambiental que genera su fabricación y sus posibles vertidos. Eso por no irnos a otros ámbitos tan diferentes, pero de tanta actualidad, como el sistema financiero, donde la crisis actual ha puesto en evidencia fallos clamorosos en la supervisión del Estado, tanto en España como en el resto de Europa y Estados Unidos.
Pero lo que ahora me importa destacar es que todos estos problemas tienen en común básicamente una cosa: los descuidos, omisiones o equivocaciones en el ejercicio de la función supervisora que correspondía en cada caso. Y probablemente la insuficiencia de medios. ¿Sería posible tener una Administración que ejerciera su función supervisora de forma realmente eficaz en todas las áreas que le correspondan? Yo sí lo creo, pero desde luego eso implicaría hablar de otra Administración y encontrar la solución de algunos problemas que tiene la actual.
En primer lugar, en cada una de las áreas donde ejerciera esa labor de supervisión, la Administración debería tener profesionales muy familiarizados con las prácticas de la industria correspondiente a lo largo de su cadena de producción, tanto en España como en los demás países donde haya proveedores o empresas que participen en esa cadena. Si pensamos en la industria alimentaria, por ejemplo, significa que el organismo supervisor debería tener expertos que conozcan muy bien cuáles son las prácticas agrícolas que se emplean, qué tipo de semillas se usan, qué insecticidas y demás productos químicos se utilizan, en qué condiciones está el agua con que se riega, los abonos, el suelo, los envases, etc.
Para extender el control por todos los países incluidos en la cadena de producción lo lógico sería, por economía de recursos, que recurriesen a alguna fórmula de cooperación a nivel europeo e incluso a la posibilidad de subcontratar empresas auditoras certificadas para ello.
Naturalmente, ese organismo supervisor también debería disponer de los laboratorios necesarios para analizar los materiales y componentes utilizados. Y debería contar con el apoyo de los equipos de investigación capaces de identificar los efectos «secundarios», o de largo plazo, que pudieran derivarse de los nuevos ingredientes, materiales o tecnologías empleados. Pensemos, por ejemplo, en los alimentos manipulados genéticamente: quiero creer que alguien, cualificado de verdad, habrá estado investigando, el tiempo que haya hecho falta, sobre los posibles efectos secundarios que pudieran emerger al cabo de 10 o 20 años, antes de autorizar su comercialización para que yo lo compre en la tienda de mi barrio.
Es cierto que si esto se llevara al extremo tendría graves repercusiones para el comercio mundial, por eso hay que buscar un equilibrio razonable entre el nivel de riesgos asumido y las ventajas de disponer de nuevos productos.
Pero, como decía, todo esto requeriría de profesionales muy avezados en las tripas del funcionamiento del sector de actividad que les corresponda, además de los medios técnicos y económicos adecuados para que puedan desempeñar su función. En mi opinión, sin embargo, en muchos casos la Administración está lejos de disponer de estos recursos. Principalmente porque sería bastante costoso y, sobre todo, porque requeriría un modelo de gestión de personal diferente y más flexible. Un modelo en el que, por ejemplo, esos expertos pudieran ser seleccionados y contratados mediante un concurso público en el que primasen sus conocimientos y experiencia profesional. Un modelo en el que, naturalmente, debería atraerse a esos expertos pagándole a cada uno el sueldo que hiciera falta. Como ya he comentado algo sobre esto en otra ocasión (aquí y aquí) no me extenderé más sobre ello.
Por supuesto, tener buenos expertos es condición necesaria pero no suficiente. Además hay que contar con buenos sistemas de inspección (procedimientos, bases de datos, indicadores y sistemas de alerta precoz, etc.) y un sistema sancionador que sea eficaz, proporcionado y disuasorio.
Con todo, habría que resolver otro problema peliagudo: cómo evitar que las grandes empresas del sector supervisado tengan una influencia determinante sobre las decisiones del organismo supervisor. Por una parte, el supervisor tiene que escucharlas y colaborar con ellas para evitar caer en un sistema de control desmedido que las asfixie. A fin de cuentas son las empresas las que crean riqueza. Pero por otro lado es clave que el supervisor preserve su independencia. Y este es un tema que, probablemente, nunca llegará a estar del todo resuelto. Bien sea porque esos grandes empresarios consigan que el Gobierno presione a los responsables del organismo supervisor, o porque los responsables y expertos del supervisor aspiren a ser contratados por esas empresas, o por cualquier procedimiento turbio que sirva para ganarse su voluntad. Por supuesto, hay que pensar en un régimen legal de incompatibilidades, en tener bien procedimentados los procesos de toma de decisiones dentro del organismo supervisor unido a buenos sistemas de auditoría interna, en dotar de un estatus de independencia a los responsables del organismo supervisor, etc.
En mi opinión, por tanto, sería perfectamente posible tener el tipo de Administración que pudiese ejercer a plena satisfacción el papel de supervisión que corresponda en cada ámbito. Pero reconozco que sería bastante costoso. La cuestión es que no nos podemos permitir el lujo de no tenerlo. Por eso, cuando se habla de la necesidad de defender el Estado de Bienestar, habría que preguntarse qué modelo de protección de nuestro bienestar es el que más nos conviene y cuáles son nuestras prioridades.
Si llegáramos a la conclusión de que, por ejemplo, con la carne que comemos habitualmente nos estamos sobresaturando de antibióticos, sin saberlo ni aprobarlo, y que el día que el médico nos los recete no nos harán ningún efecto por haber abusado tanto de ellos, ¿no nos inquietará, sanitariamente hablando, mucho más eso que, por ejemplo, el estatus laboral del médico que nos atiende?
Gran artículo. Enhorabuena.
Poco que añadir salvo un pequeño remache.
Uno de los motivos por el cual de modo general hay ayuntamientos mediterráneos que prohíben echar al mar nuestras cenizas es por su alto contenido de mercurio.
Y este venenoso e indestructible compañero de nuestra ruta por el más allá aparece en conservantes de productos farmacéuticos. Entre otros, claro.
Saludos
Sr Bautista,
Yo también me alegro mucho de que lance al aire esta reflexión tan necesaria.
La lista de contaminantes a pequeña y gran escala que tendríamos que descartar cada día, es tan larga, que a veces una vuelve de la compra sin haber comprado apenas. Además es realmente casi una odisea, discernir entre lo ecológico de veras y lo etiquetado como ecológico. ¿y las etiquetas? hay que empezar a llevar lupa al supermercado.
Habría que cambiar mentalidades, no sólo las de los ministerios de sanidad sino, exactamente, cambiar muy profundamente la Política Medioambiental de nuestro país, potenciar los miles de recursos que aún tenemos, y de los que carecen los países del norte cuyos bosques están contaminados de lluvia ácida. Ellos ya son conscientes del país en que viven, nosotros aún podemos hacerlo todo con el nuestro.
Si no hay voluntad, es porque de nuevo son los mercados los que mandan. Los mercados son entes sin cabeza ni corazón y por tanto sin ningún escrúpulo.
Pero:
Como en otras muchas cosas, somos los «consumidores» los que tenemos la última palabra. Si la gente no comprara, ni cremas con parafina, ni margarinas, ni cinco medicamentos para un resfriado, ni comida envasada en plásticos, ( no es tan dificil decirle al pescadero que no te envase el producto en las bandejitas blancas, no lo es tampoco, comprar en la tienda de la esquina productos de temporada, ni en los pueblos ni en las capitales, en las que en cada barrio, los comerciantes de otras regiones se traen productos para distribuirlos) ni falsas bombillas de ahorro energético, ni pintura plástica….
Y además podemos hacer más, podemos enseñar a los demás- con el gran riesgo de que te miren incrédulas y te digan » ¿como me vas a decir, hija, que el danacol o el actimel no son saludables si lo certifica la Universidad tal o el Colegio de profesionales cual»?
¿ «Cómo no me voy a vacunar de la gripe A, cuando el médico me vacuna de la gripe cada invierno y si me la cojo, yo que me resfrío mal?» ¿ «Y yo, que estoy embarazada, y recomiendan ponerla, ¿ que hago? si la Ministra se la ha puesto para dar ejemplo?»…
Y es difícil conseguir credibilidad pero sólo a corto plazo. A medio y largo plazo la gente se da cuenta de que simplemente es demasiado evidente. Los agricultores no pueden conseguir semillas ni siquiera con la finura y el sabor del año anterior porque le cambiaron la planta en el vivero y los tomates y los pimientos son tan duros que parecen de plástico y cuando intentas cocinar la carne, la sartén se llena de agua y no huele igual…
Somos nosotros los que podemos elegir qué comer, cuando y a quien comprarlo.
Si no consumimos eso que nos quieren vender a toda costa- y ahora regalan patatas fritas en el Burger- no habrá tanta carne si la explotación no consume hormonas, – que tan peligrosas son como los antibióticos, o más- ni «pavo frío» (el pavo es un ave tan delicada que es el que más anibióticos necesita) pero igual no tenemos porqué comerla tantas veces, igual podríamos probar otros alimentos y enseñar a la familia a consumir de otra forma.
Otra de las cosas que se puede hacer ya, es empezar por políticas de barrio y después locales. Creo que hay que construir de abajo arriba, como las casas.
Hay un ejemplo perfecto sobre legislación de grasas trans con todos los datos, listo para presentar a la vez que se habla de metabolismo lipídico, y es el del alcalde de Nueva york:
http://www.casafdo.org/annual08/TransFats_BethTorin.ppt
Espero que mi reflexión no suene apocalíptica.
Mas bien necesitamos hacer un hueco donde sea para la esperanza, no la baldía, sino la fecunda, la que nos haga replantearnos que somos aún los dueños de nuestras vidas.
… Aunque el texto literalmente se me escapara sin darme tiempo a editarlo y esté lleno de erratas. Suspenso en ortografía, lo reconozco. Porque la forma, debe intentar acompañar al fondo.
Mis disculpas.
Inés, por favor, la redacción pese a no ser perfecta es óptima. Tu texto me ha gustado, pese a todo lo malo que nos muestra de lo que estamos rodeados y he aprendido. Eskerrik asko!
Nuestra sociedad tiene todo eso que se menciona en el artículo: normativa de control sanitario, que establece límites máximos para las sustancias empleadas en el engorde de los animales y para posibles contaminantes, plazos de supresión antes del sacrificio para que no haya residuos de medicamentos en la carne, inspectores sanitarios con formación y experiencia, laboratorios acreditados… incluso una Ley de Incompatibilidades. Lo que falta son políticos y gestores honestos, que no presionen al inspector que «sabe demasiado», que no favorezcan a los amigos, que no pisen al rival que sabe más para poder disimular su incompetencia, que no dilapiden el dinero público… Y, por favor, tenga en cuenta que las empresas auditoras privadas, por muy acreditadas que estén en el sistema que antes he descrito, son un paso más en la claudicación del sistema de control público.
Y esto de los organismos modificados genéticamente?, o los cultivos con semillas transgénicas en casi todo el mundo de Monsanto?..el nombrecito engaña, que no? ..
Buen artículo, aunque no remata el círculo vicioso de la codicia de las grandes empresas y grandes gestores e inversores (recordemos la «puerta giratoria» entre gestores políticos y de empresas, a los que también se suman últimamente jueces, abogados y mafiosos de todo pelaje). El ejemplo de Fikushima y la energía nuclear es paradigmático. La mismas empresas que fabrican tecnoilogía y gestionan el sector eléctrico (nuclear) son las que se benefician de los problemas sanitarios que esas mismas plantas nucleares crean. Al tiempo que disparan la incidencia del cáncer por todo el planeta con su basura radiactiva producen medicamentos y tratamientos sanitarios en sus filiales sanitarias (médicas y farmacéuticas) para la población que han intoxicado y enfermado. Es el caso de General Electric y Westinghouse. Lo mismo cabría decir de las petroleras y de los grandes bancos, unidos en una red inextricable de intereses cruzados. Quienes pagan la factura de dicha tecnología contaminante, cara e innecesaria son los estados, que se hacen cargo de los desastres ecológicos y de la atención sanitaria de la población. Claro que los gobernantes son los mismos que gobiernan las grandes empresas de la energía (recordemos el caso de Felipe González, Aznar, Solbes, … todos en consejos de administración o asesorando a grandes empresas de la energía). Con ello cierran el cículo criminal de la codicia a costa del 99% de la población, como diría el movimiento #occupy.
«jufferve.
Las semillas originales guardadas en una gran bóveda -almacén en Noruega -los fiordos creo, mientras cultivos de semillas transgénicas amenazan la ecologia y salud alimenticia global …las semillas originales valdrán a precio de oro, tocáte las narices! ,y las otras bien baratas como el armamento…mejor no pensar mucho ..realmente muy askeroso todo ..porDX!!!!!!!!!!!
Ines: ¡¡gran reflexion!! Gracias por tu comentario. En los ultimos años he descubierto que a la gente hay que decirle. No debemos creer que todos saben todo.Yo diria que poca gente sabe lo que come. ¿¿Cuantos conocemos que leen las etiquetas?? ¿¿Cuantos que entienden algo de lo que leen??
Besos.