
En esta brillante novela corta del argentino Ernesto Sábato del año 1948, el autor aborda las relaciones afectivas y pasionales de una pareja desde la perspectiva de la dependencia, el poder y la violencia que se suscita. Plantea todo el juego relacional en el deseo personal de que toda la vida de tu pareja gire en torno a ti mismo, como estrategia de asegurarla contigo, y evitar la inseguridad que le produce al protagonista su libertad inherente.
El texto es la narración retrospectiva que hace un pintor asesino desde la cárcel, ofreciendo los detalles de las tormentosas reacciones suscitadas por la relación con una desconocida admiradora de su obra pictórica. A medida que se va acercando a ella va conociendo detalles de la vida que lleva. Está casada pero tiene un amante, que le genera enormes celos al pintor, que no ceja de acosarla, al principio respecto a sus opiniones sobre sus cuadros, pero a medida que discurre la historia sobre el deseo irrefrenable de mantener una relación amorosa y pasional.
Más allá de que la novela es un ejemplo magnífico de la forma en que los hombres vivimos la afectividad, mostrando a las claras la relación entre el amor y la posesión, y la consecuente violencia que se le provoca al ver su deseo contravenido por una mujer que busca desesperadamente la libertad, ante la evidencia de la esclavitud que las relaciones maritales suponen, la novela es la síntesis ejemplar del muestrario de reacciones emocionales propias de las relaciones afectivas.
La elección del título no puede ser más acertada, pues con el túnel se reflejan a la perfección las sensaciones claustrofóbicas que se producen muchas veces en las relaciones de pareja, en su movimiento en el tiempo. Poéticamente, sería algo así como un largo andar, casi sin luz, que evita que otros referentes vitales personales estén presentes, y en el que te ves abocado inexorablemente a sujetarte con quien estás para evitar el abismo de la oscuridad y la inseguridad absoluta. Es paradójico que el impulso de evitar la desestructuración pueda conducir a la muerte, pero este es el dilema al que nos enfrentamos a veces los seres humanos. En lo emocional más extremo, los individuos somos capaces de aliarnos con lo más malvado para la supervivencia. También esta visión de túnel hace referencia a un destino fatal que te dirige inevitablemente hacia un camino sin salida y oscuro.
Esta misma perspectiva de la realidad es perfectamente extensible a todas las relaciones afectivo-emocionales (de pareja o de grupo), y a los vínculos emocionales que unen a los grandes colectivos respecto a una misma realidad común (como un territorio o una nación). Así, en las sesiones de psicólogos y mediadores con las parejas en crisis, lo que les sucede a la hora de establecer una visión, una valoración y una interpretación sobre sus episodios en el vínculo establecido como pareja, es prácticamente igual a lo que la ciudadanía establece en las relaciones que se producen respecto al espacio común que puede ser la ciudad, la provincia o el país, por poner una serie de ejemplos próximos, aunque bien pudiera ser el departamento en el que se desarrolla una actividad laboral, la empresa o el sector al que hace referencia.
Los elementos emocionales en estos vínculos son la base sobre la que discurren las relaciones. Su análisis, identificación y correcta definición son fundamentales para determinar el diagnóstico a establecer, y el consecuente tratamiento a realizar. En cuanto a lo primero, hay cinco conjuntos de complejos emocionales que determinan el nivel de afectación por la problemática creada.
El primero se refiere a una forma de selección sobre los sucesos que van acaeciendo a lo largo de la relación. Esta forma de sesgo influye hasta el punto de que, del montón de sensaciones o percepciones posibles, suelen dominar aquellos en los que uno está especialmente interesado en recoger, y en ponerlo en el centro de la relación establecida: “Ves, cómo…” Cuanto más decantada está la percepción más alienadamente se encuentra el individuo respecto a ella. La insistencia de muchos grupos políticos en reelaborar la historia casi nunca pretende ampliar la visión sobre lo sucedido dando cabida a todas las perspectivas y sucesos, sino solo hacerlo conforme a como ellos quieren que se contemplen los acontecimientos, es decir, igual que en las parejas, desde la afrenta.
El segundo tiene que ver con una predisposición especial a confirmar las conclusiones alcanzadas, a partir de los hechos que se van produciendo, desconsiderando cualesquiera otros que no corroboren esa misma tesis emocional: “No, si ya lo decía yo…”. Esperar que en la acción de gobierno de cualquier clase, se den acontecimientos producto del devenir o del azar, para argumentar la certeza de mi diagnóstico y así atizar al oponente, es una forma de deslealtad, que bien habla de su mezquindad, en este caso sin cama de por medio, sino de sustanciosos presupuestos. El tercero es un paso más allá del anterior, pues tiene que ver con la atribución de las causas, razones e intenciones del otro respecto de lo que sucede, de manera que siempre se le está acusando de hacer las cosas por la motivación que hemos concluido que le impulsa: “Lo mismo de siempre, tú lo que quieres es…”. Esta cerrazón procedente de la división de la gente en la categoría de “buenos y malos”, carece del mínimo sentido de autocrítica necesario para cualquier acción de gobierno, además de suponer una forma de egolatría legendaria en la que yo siempre me sitúo en el bando de los buenos. Faltaría más.
En cuarto lugar, destaca en el devenir de las relaciones deterioradas, la capacidad de los individuos que forman parte de ellas en situarse siempre en el primer plano, ocupando por principio el carácter de protagonista principal y situando al otro u otros en un papel secundario o relegado: “Yo…, yo…, yo….”. Cuando el político de turno esgrime argumentos sobredimensionados y falaces, exagera lo sucedido, o directamente da por ciertas cosas sobre las que establecer dudas razonables, no está haciendo otra cosa que reivindicar su propio protagonismo en cualquier cuestión que se debata. Como se dice en la canción “la novia en la boda, el niño en la comunión, o el difunto en el entierro”. Por último, se produce con bastante frecuencia el fenómeno de la profecía autocumplida, entendida como una premonición sobre la dirección de los sucesos futuros en la que participo activamente para que ocurra de la manera pronosticada.
En todos ellos, de una u otra forma, domina eso que llamamos comúnmente “Tener Razón”, que como pulsión es capaz de hacer que pasemos por encima de lo que más queremos o hemos querido. Fenómeno que podríamos denominar “El desapego racional destructivo” o como ser totalmente incapaces de amar sin razonarlo.
Dados los momentos cruciales en los que estamos viendo innumerables movimientos sociales y políticos colectivos, que nos hablan de un importante descontento social, de una clara falta de liderazgo y de una significativa ausencia de rumbo en nuestra sociedades, es más que oportuno hacer el esfuerzo de distinguir aquellos que se suman a la confusión reinante con propósitos destructivos, revanchistas e impulsados por intenciones de puro protagonismo personal, de aquellos otros que pretenden un mundo más justo, abierto e inclusivo.
Olviden las argumentaciones, los discursos y los eslóganes, todos prometerán un mundo mejor, y darán las vueltas que haga falta para convencernos de que su fórmula es la mejor de todas, y que están en posesión de la piedra filosofal única y exclusiva para resolver todos los males de este mundo, siendo el resto los equivocados. Realmente se trata de discernir entre los que son honestos en su planteamiento, partiendo de la dificultad de la situación social actual y reconociendo su problemática, de aquellos otros que siempre se suman al “cuanto peor, mejor”, pues la desestabilización y la instrumentación del descontento es el caldo de cultivo del que se alimentan para sus fines siempre relacionados con el acceso al poder.
Descartadas las ideologías por aburridas, requetesobados los eslóganes por saturación, vaciados los significados de las palabras sagradas como libertad o democracia, hartos de una manipulación mediática que ya ni se preocupa en que no se le vea el plumero, sobrados de medias verdades y de ocultar manipuladoramente la otra mitad, altamente contaminados por una corrupción tóxica que afecta a la mayoría de las instancias sociales y ciudadanas, fuertemente chantajeados por la acción política a través del Estado mediante subvenciones, favores y financiaciones, permanentemente engañados con debates ilusorios y reivindicaciones fronterizas, y sometidos a las ceremonias de la confusión, los pobres mediocres que todos somos estamos impelidos a tomar una decisión en la antesala de la depresión social, que es decantarse por la brutalidad –burda o fina– del mesianismo nacionalista o populista (tanto da si es a la inversa) que parece estar ganando la partida, o por afinar el hocico para desenmascarar a los magos del ilusionismo social, aunque eso suponga aceptar el desafío y el vértigo de que no está escrito en ningún lado el futuro de las próximas décadas.
En estos tiempos de desconcierto y desubicación, hay que vigilar el egoísmo de las sociedades que solo piensan en mantener lo que consideran suyo por encima de cualquier otra premisa, forzando el desencuentro con el futuro colectivo y el de las próximas generaciones. En cambio, es el momento de escuchar, con profundidad y gravedad, a los únicos que dedican sus vidas a mirar un poco más allá, los artistas y los científicos de verdad (no a los ocurrentes revolucionarios o a los dogmáticos anticlericales) que, aún con tenues luces, si acaso pueden alumbrar algo sobre los próximos pasos a seguir.
Estos cinco fenómenos escritos pueden ayudar a ese trabajo fino de desenmascaramiento, pero para buscar algunos destellos con los que salir del túnel, es necesario abrirse a escuchar las voces de los que tienen algo que decir.
Se hablado en los últimos artículos sobre la necesidad de que, la sociedad civil, los ciudadanos, asuman y respondan, al menos en los modelos organizativos que se titulan como “democracias”, a lo que verdaderamente dan sentido a ese título: la responsabilidad de saber elegir a quienes regirán esa sociedad, gestionarán y legislarán durante el tiempo de mandato.
A mí me parece que el artículo afina en esta necesidad de responder a esa acción, desgranando, al menos, “cinco fenómenos”, en los que podemos reconocer la inercia de nuestras actitudes, e incluso de las direcciones y el tipo de hologramas que siguen nuestros pensamientos, ideas…y finalmente acciones, cuando, de forma inquietante, entramos en esa inercia, que termina siendo una constante en la manera de pensar , vivir y desarrollarnos, dentro del modelo social en el que nos desenvolvemos.
Es así, de tal manera, que creo que cuesta mucho plantearse, no solo que esa inercia se pueda romper, sino que eso sea algo “deseable”…, entrando en una especie bucle “envenenado”, que aunque se intente disfrazar, plantea la dualidad de “bueno”, “malo”, “conmigo” o “contra mí”.
Toda actitud de inercia mantenida en el tiempo, y alimentada solo por los mensajes oficiales que inundan los medios, si no existe un hábito, un ejercicio personal de profundización y de trabajar en el pensamiento personal, en el discernimiento, en la intención de entender lo que rodea y lo que ocurre, se convierte en un “estado”, a veces “semihipnótico”, de difícil salida.
La «complicidad», actitud que, llegado el momento, casi adquiere un carácter positivo y loado por el propio sistema, es una de las trabas, me parece, más evidentes en el desarrollo de una sociedad civil que busque hacer uso de sus posibilidades.
La “lealtad”, concepto absolutamente distorsionado, relacionado con seguir “la ley”…y eso daría lugar a otro campo de definiciones y niveles, y confundido, convertido en “fidelidad”, concepto mucho fácil de describir, pues pienso que responde a actitudes de sometimiento y servilismo, se ha colado, de tal manera dentro de las inercias de la forma de conformar nuestras ideas, que la mera indicación de no mantenerla, en alguno de los idearios admitidos, es ya sinónimo de desconfianza y anatema, además en un modelo social que, se supone, tendría que basarse en la “libertad”, no ya de ideas, sino de las posibilidades de buscar y alumbrar nuevos caminos, donde las ideas tengan siempre el camino abierto a evolucionar.
Es decir, para ello, debería potenciar, como ya se ha planteado en otros artículos, la formación y el deseo de conocimiento de las gentes, no alentar todo lo contrario, su «distraimiento».
El Arte lanza su mirada más allá de las alambradas ideológicas.
En el artículo pasado, Enrique lo proponía el Arte, la actividad artística, como una manera de activar la inteligencia, pues es cierto que lleva en su esencia la complejidad desconocida de esa realidad que definimos por partes, incompleta e inconexa.
Un Arte que, a pesar de todo, está cada vez más, trabajando codo con codo, con la verdadera Ciencia, esa que nombra Carlos en su artículo, Ciencia que, a pesar de poca divulgación, está dando pasos enormes.
La posibilidad de una actitud distinta, aunque sea al principio de forma tambaleante, como el niño que empieza a andar, es posible, se puede, pienso al menos, intentar.
Salir de la inercia, y no repetir “slóganes” dentro de nuestros esquemas de pensamiento, para tratar de entender la crisis, el descontento, y la percepción de fracaso del modelo que dice basar su soberanía en nosotros, repitiendo razonamientos antiguos y ya ajenos, puede que no sea tan difícil.
Podemos intentar buscar, rastrear, profundizar…perder miedo a no “compincharnos” con el otro.
Una vez escuché a alguien decir que “cuando dos personas piensan lo mismo, es que una de las dos, no piensa”….rotundo.
El tema que plantea Carlos es peliagudo ya que profundiza en nuestras muchas imperfecciones como seres humanos y como sociedades. Algo de lo que deberíamos ser conscientes desde la humildad pero que nos produce reacciones defensivas de supervivencia emocional, profesional o familiar.
Me ha llamado mucho la atención lo que, indudablemente, conoce como profesional: el caso de las parejas o matrimonios donde el amor (se supone) hace que «cuando dos personas piensan lo mismo, es que una de las dos no piensa…» (como acertado colofón del comentario de Loli). Yo añadiría que quizás no piense ninguna de las dos, pues la racionalidad en muchos casos, se opondría a tal relación. Intentar vivir libres es intentar vivir sin ataduras nacidas de compromisos que vienen impuestos por los demás, pero también ser responsables de las consecuencias de nuestros actos. Como sociedad tampoco estamos para tirara cohetes. Vivimos más para los demás, buscando su aprobación explícita o implícita, que con arreglo a nuestros principios o convicciones (en el caso de tenerlos). Eso nos lleva a unirnos al rebaño mayoritario, que siempre es más cómodo que una actitud honesta con nosotros mismos que, probablemente, nos dejaría fuera. Preferimos las sombras de la caverna a la realidad de la luz exterior. Todo ello nos lleva a la hipocresía, a la uniformidad y al empobrecimiento intelectual. Que es de lo que se trata. Un saludo.