El Cholo Simeone, en dos años como entrenador del Atlético de Madrid, ha conseguido lo impensable: que un equipo que estaba al borde del descenso, prácticamente con la misma plantilla, se haya proclamado campeón de Liga, teniendo que competir con dos gigantes que le superan en todo, en dinero, en jugadores… pero no en fe ni en convicción.
Simeone tenía una idea clara de lo que quería, y con una pasión ilimitada, fue capaz de convencer de su idea al grupo. Cada uno de ellos empezó a creer y alimentó una fe inquebrantable: todo era posible.
Este ejemplo, ciertamente banal pero ilustrativo, nos permite reflexionar sobre el valor del líder en cualquier organización.
En nuestra experiencia personal, todos conocemos la diferencia que existe entre tener un buen líder o alguien que no lo es. En esas contadas ocasiones en las que topamos con alguien que tiene un proyecto de futuro, que cree en las posibilidades de llevarlo a cabo y que es capaz de transmitir esa fe y esa ilusión al grupo, somos conscientes de que nuestra vida, de algún modo, se enriquece. De que nuestro trabajo tiene sentido y formamos parte de un grupo en el que todos remamos en la misma dirección.
Uno de los experimentos más curiosos de los, por otro lado casposos, cursos de formación de directivos es aquel en el que un grupo de personas debe moverse a ciegas por una sala llena de muebles. Uno no sabe dónde va, choca con los objetos y se siente frustrado. Nuevamente ojos tapados y la misma sala llena de muebles, pero ahora el grupo tiene un objetivo común: el de alcanzar todos la sala contigua. Surge una organización espontánea, con liderazgos cambiantes. Los muebles ya no son obstáculos, sino retos que sortear en común. La experiencia es totalmente distinta.
Si el poder del liderazgo y la motivación es cierto para las pequeñas organizaciones, también lo es, en el plano político, para nuestras sociedades. Ciertamente a nadie se le escapa el peligro de los liderazgos carismáticos. Ejemplos de tales peligros abundan en la historia reciente, siendo quizás el más ilustrativo el de Adolf Hitler, que fue capaz de arrastrar a una sociedad cultivada hacia el abismo de un horror como el que, hasta entonces, no se había conocido. En otro plano, también hemos visto como líderes carismáticos y populistas han conducido a la miseria a sociedades enteras.
Diríase, por tanto, que, en política, es más fácil encontrar ejemplos de líder aberrante que del líder valiente y entregado a mejorar la sociedad. Y, sin embargo, el impulso que un líder de este tipo podría dar sería incomparable. Es una sociedad políticamente madura quien debe ser capaz de discernir.
Repasando nuestra historia reciente, Felipe González tuvo rasgos de verdadero líder cuando en 1982 ganó las elecciones, enamorando con un sueño a una buena parte de la sociedad española. Sin embargo, aunque el enamoramiento continuó, con los años se hizo evidente que el líder había perdido la fe en las posibilidades de acercar la sociedad al ideal. En sus últimos años al frente del Gobierno aparecía vacío. Con discurso pero sin convicción. José María Aznar sabía hacia dónde quería dirigir la sociedad, pero jamás fue capaz de convencer/apasionar a una parte considerable de los ciudadanos con su proyecto.
Este breve referencia a dos de nuestros recientes jefes de gobierno, nos sirve ya para definir las características que debería tener cualquier líder político que aspirara a obtener nuestra confianza. Primero, debe haber analizado profundamente la sociedad que pretende gobernar y haber soñado con la sociedad en la que le gustaría vivir. A continuación, debería tener ideas sobre cómo recorrer el camino que hay entre la actualidad y el modelo al que desea llegar. El líder debe, además, creer profundamente que, con su actuación, puede cambiar las cosas. Si no es así, sus actitudes gesticulantes se quedan en pura farsa a la caza del voto por el voto. Por último, debe convencer a la sociedad de que la realización de su idea es positiva y, lo que es más importante, de que es posible. Por supuesto, para todo ello necesita estar rodeado de un buen equipo del que vayan surgiendo ideas y acciones y donde se alimente la pasión.
La comparación de este tipo de liderazgo con el de quienes nos gobiernan o aspiran a gobernarnos resulta desoladora. Quien ahora nos dirige no sabemos si tiene una idea de hacia dónde quiere llevar a la sociedad, pero sí intuimos que internamente no se cree que pueda cambiarla. Así resulta muy difícil que nos convenza al resto. De quien aspira a gobernarnos sabemos que su calculadora inteligencia lo convierte en maestro de la dialéctica, pero también que hace tiempo que dejo de soñar con un nuevo modelo de sociedad. Gestores de lo inmediato, pero no el tipo de líder del que hablamos.
Con este panorama nos movemos a oscuras en una habitación llena de muebles, chocando con ellos sin saber ni por qué ni para qué.
Simeone ha demostrado que con ideas y convicción se pueden conseguir cosas que a priori parecían imposibles. Obviamente, el logro de movilizar y cambiar una sociedad es colosal. Por eso también ha de serlo la dimensión de aquel que aspire a dirigir el país. No nos podemos conformar con menos. Y si no, en nuestro sistema constitucional, siempre existe la posibilidad del voto en blanco o simplemente de no votar. Pero no nos podemos quedar en esto. Una sociedad viva, que rezume pasión por la política, es la tierra fértil donde nacen los líderes. El erial en el que vivimos nos lo estamos ganando entre todos.
Como el propio Isaac Salama sugiere, un líder puede ser tan beneficioso para el grupo como perjudicial. Según la historia de las sociedades humanas, ha resultado muchas más veces perjudicial.
El análisis racional del fenómeno sugiere que se trata de un aborregamiento; es decir, de la supediatación del comportamiento del individuo a las directrices del instinto animal del sometimiento al macho dominante.
Es evidente que la connatural incapacidad de las personas, para ponerse de acuerdo entre sí, sugiere que ha de implementarse un método que propicie y conduzca dicho acuerdo, como el que propone, por ejemplo, la ideología de «El Racionalismo Democrático». Pero en absoluto dicho método implica someterse a la voluntad de un único individuo. Eso es lo que hacen los animales irracionales.
Gulliver,
Aprecio su comentario y lo reafirmo diciendo que Isaac comete el error común de confundir lo que se puede lograr con un grupo pequeño empeñado en lograr un objetivo bien definido con las bases de la convivencia de sociedades formadas por miles o millones de individuos. Las sociedades no necesitan líderes para ganar campeonatos, sí necesitan bases sólidas para que sus miembros se realicen de mil maneras distintas, sea en forma individual o formando libremente grupos pequeños para fines específicos.
En todo caso, Simeone en su carrera como jugador aprendió algo básico pero difícil de lograr. Como otros técnicos lo predicaron mucho antes (en particular Helenio Herrera), la base de un equipo de fútbol es su defensa, esto es, un equipo se forma de atrás hacia adelante y no a la inversa. El Real Madrid sigue sin jugar a nada y su defensa sigue siendo floja. El Barsa ganó cuando tuvo una muy buena defensa pero el retiro de Abidal y Puyol hace ya más de dos años terminó con esa defensa (agravado por la profunda irracionalidad de la administración del equipo). En fútbol, el lujo lo ponen los delanteros pero los campeonatos los ganan las defensas. El Mundial lo ganará el equipo con mejor defensa, como lo ganó Italia en 2006 y España en 2010 (en el último su mediocampo Barsa permitió controlar el balón y no poner en grandes apremios a una defensa inferior a la italiana 2006, pero ese mediocampo tenía muy poco poder ofensivo). Será interesante saber qué ha aprendido Luis Enrique y cómo cambiará al Barsa (el Atlético insistirá por lo menos un año más con Simeone y el Real Madrid seguirá comprando jugadores).
Recórcholis, este Sr. Smith, está puesto, pero que muy puesto en esto
del fútbol.
Voy a crear una página web de este «espectáculo» y voy a fichar a Adam Smith
como columnista contratado.
Muy buen articulo Isaac
Recomiendo leer esta columna de George Will que muestra claramente por qué ni EEUU ni ningún país necesita un líder:
http://www.washingtonpost.com/opinions/george-will-the-2016-presidential-candidate-we-need/2014/05/23/77d599ae-e202-11e3-9743-bb9b59cde7b9_story.html
Martin, dejo mis comentarios sobre fútbol para cuando usted me solicite una columna. Le adelanto que cobro 10 mil euros por columna.
Y recomiendo leer esta otra columna para entender por qué un político vulgar y grotesco jamás puede hacer siquiera lo mínimo que se le pide a alguien que debe proteger a su país de las ambiciones de los gobiernos de otros países:
http://www.washingtonpost.com/opinions/charles-krauthammer-who-made-the-pivot-to-asia-putin/2014/05/22/091a48ee-e1e3-11e3-9743-bb9b59cde7b9_story.html
Antes se decía que lo que natura no da, Salamanca no presta. Ahora debemos decir agregar que Harvard tampoco presta.