Vivimos observando un tsunami en el horizonte desde nuestro claustrofóbico camarote. Actuamos con supuesta normalidad, pero de vez en cuando nos asomamos por el ojo de buey para confirmar que la amenaza sigue ahí y se acerca peligrosamente. Nuestros días se sumen en la resignación del que sabe que será arrollado en cualquier momento, que sólo es cuestión de tiempo y que nada de lo que haga cambiará tan fatídico desenlace.
El tsunami tiene ojos de titular periodístico, rostro de telediario en prime time y voz de tertulia radiofónica.
Rugen las gargantas informativas, insistiendo en que debemos ponernos a salvo. Y eso hacemos casi por inercia, aun sabiendo que el miedo nos genera desconfianza, egoísmo y paralización.
«La cosa está muy mal», escuchamos a diario. Y, de repente, uno no sabe cuántos de sus derechos deben ser abandonados para adaptarse a «la cosa» y cuántos de ellos merecen ser reclamados pese al desastre general. Ya no sabemos si nos están tomando el pelo o si de verdad debemos rebajar nuestras expectativas, favoreciendo así a nuestra empresa y al futuro del país. Empezamos a no poder discernir entre una queja y una reivindicación. Muchos enmudecen temerosos, algunos alzan la voz y otros apelan a la solidaridad con el parado en cuanto se te ocurre mencionar cualquier conflicto laboral: «No te quejes, que tú por lo menos tienes trabajo». ¿Qué significa eso? ¿Qué debo callar, por qué y hasta cuándo? Y, sobre todo, ¿sabe alguien qué es «la cosa»?
El virus del catastrofismo se propaga con facilidad, y una vez que nos ha contagiado, asumimos nuestra enfermedad con cierta melancolía. Las cosas podrían haber sido de otra manera, pero nos conformamos con no ir a peor de cómo vamos, y rezamos para que al menos «los nuestros» puedan refugiarse a tiempo de la inminente desgracia, que hoy parece estar mucho más cerca que ayer. El mensaje es que no hay nada que puedas hacer, así que, sé coherente: no hagas nada. Espera. Espera en silencio. Espera a que todo cambie. Espera a que te rescaten. Espera a que alguien haga algo. Tú no. Tú permanece quieto. No des un paso más, la tarima sobre la que pisas podría derrumbarse bajo tus pies.
¿Tienes miedo? Bien. De eso se trata.
La información viene tamizada por la inducción a la catástrofe. Las cifras y los acontecimientos pueden ser interpretados desde la serenidad, desde el histerismo, desde la posición perversa del que sale ganando con el temor general o desde la capacidad de vislumbrar, tras el aterrador tsunami, un rayo de luz. Porque tiene que haber uno… Porque lo hay.
Algo importante debe de estar desmoronándose por ahí arriba para que el miedo se alimente de una forma tan evidente.
El miedo lo fomenta quien más asustado está.
Decía Gila que el jersey es aquello que las madres le ponen a sus hijos cuando ellas tienen frío. Habrá que preguntarse quién tiene tanto frío en este caluroso otoño… Y qué coño hacemos todos con el jersey puesto.
Dice Zygmunt Bauman que la única certeza que tenemos es la incertidumbre. Coincido con esa apreciación; pero la incertidumbre ha de ser manejada, de otra manera se convierte en puro miedo ante aquello que no podemos controlar -y hay tantas cosas-. La inacción, evidentemente, no es solución; tampoco el mirar exclusivamente por uno mismo, aunque aquí se incluya a «los nuestros». En estos tiempos de pensamiento débil, la palabra compromiso sueña añeja, demasiado lejana. La indignación, si se queda en desahogo, tampoco es una fuerza motriz, más allá del momento puntual. Recuperar lo social, lo que nos une, es una tarea urgente; pero nos separa el consumismo, la necesidad de diferenciación, un individualismo mal entendido que puede desembocar en antisocial. Recordando a Arendt, es momento de significarse, tomar la palabra en el ámbito público -no sólo en los medios, en nuestro lugar de trabajo, en el espacio compartido- y plantear alternativas a cada problema que nos afecte. Eso también es hacer política, desde una visión amplia del término, la que tenía Hannah Arendt.
Educación para reconocer la información. Formación para poder utilizarla. Transparencia para poder disponer de ella.
Sólo con eso la «multitud» multiplicará exponencialmente su potencia de actuar. Sin la liberación de esa energía no podremos salir con bien de esta.
Pero los políticos, Sr.Wert, no lo ven. No lo quieren ver. Ni educación, ni formación, ni una buena «ley de transparencia». ¿De qué tiene usted miedo?
hacia lo escrito, sólo decir….está guayssss del paraguaysss…la que viene es Buena…y no sólo por la catastroika…sino por ese 99% de personas que estan hasta allí de tanto robo, mentira, resignación, pobreza etc…en el fondo la cuestió sería, cómo conjunto humano que somos…hacia donde estamos caminando?, y desde que intereses y motivaciones?, acaso somos felices con nuestro dia a dia?.
Y qué coño hacemos todos con el jersey puesto.
Eso digo yo. No sé qué hacemos que no nos ponemos el bañador y empezamos a mojarnos.
No me gusta sentirme apática, ni pensar que no hay nada que hacer. Una vez mi hermano me dijo que siempre hay algo que hacer, sólo hay que proponérselo.
Pero falta un guía, un elemento común, alguien honesto, con carisma y las ideas claras que nos aglutine a todos y consiga que con todas y cada una de nuestras aportaciones podamos sacar el barco del tsunami.
Porque es posible. Para todo hay solución.
A mi ya me engañaron, ya me dijeron que me comprara una casa, me dieron un 120% de crédito diciendome que no pasaba nada, me metieron en su burbuja y quiero salirme.. me quiero quitar el jersey.. Yo también creo que los asustados son ellos, aunque por supuesto les pasen muchas menos cosas que a nosotros, asi que he decidido que se pueden hacer cosas, que existe otra vida distinta a la que nos cuentan.. voy a asomar la cabeza a ver que veo. Ya os iré contando
No creo que algo importante se esté desmoronando «por ahí arriba». Los inversionistas de billones de dólares siguen tan tranquilos, disfrutando de las colosales ventajas que les brinda la globalización. Es evidente que acrecentar sus fortunas no es lo único que buscan. Hay algo más trascendente… mundialmente trascendente.
Charles Manson dijo una vez que puedes matar el ego, puedes matar el orgullo, puedes matar la necesidad y también el deseo de un ser humano. Puedes encerrarlo en una celda y puedes sacarle los dientes, pero no puedes matar el alma. Sin embargo, todo este «frío», miedo, tsunami o como se llame que se nos viene encima podría tener como objetivo destruirla. Después de todo, evidencias a través de miles de años de historia demuestran que «algo de lo llamado espíritu» sí existe.