
El problema de la vivienda en España es un tema que ha sido tratado en este blog en más de una ocasión, y lo más destacado es la psicosis colectiva instalada en la mente de los ciudadanos hace mucho tiempo en relación con poseer una vivienda en propiedad en algún lugar de nuestro suelo.
“Los inversionistas, ávidos de rentabilidad, no han parado de tener en cuenta esta “compulsión” colectiva”.
Esta inusitada mentalidad de las familias de a pie, que domina el modus vivendi como principio inalienable, se ha ido forjando a lo largo de décadas y ya forma parte intrínseca de cualquier planteamiento vital en cualquier parte de nuestro país, sin el cual este no puede ser tenido en consideración, ni tomado muy en serio.
Como es la lógica de los mercados “libres”, los inversionistas, ávidos de rentabilidad, no han parado de tener en cuenta esta “compulsión” colectiva, para poner los ojos en los negocios inmobiliarios que se hacen al hilo de esta necesidad, que, por lo menos en parte, no deja de parecer un tanto ficticia e interesada. Siendo en nuestro país una inversión casi segura el poner los cuartos en aquello del “ladrillo”.
Sin duda esto ha atraído a empresas y negocios de todo tipo, en las que ha destacado durante décadas el afán de personas que, actuando como particulares, han dedicado sus esfuerzos inversionistas al incremento de su patrimonio por vía de la compra de vivienda, con fines de alquiler a largo plazo, o de reventa en cuanto la ocasión lo ponga goloso. Seguro que a cualquier lector le vienen a la memoria unos cuantos nombres de su entorno más o menos próximo.
“Y, como ya estamos acostumbrados a ello, los políticos de turno, realmente incapaces de coger este toro por los cuernos, por la complejidad de factores que se aúnan en este problema, supera su habitual incompetencia.”
No se puede dudar de la legalidad de las personas al dedicar sus dineros a este fin, pero sí se puede sospechar del carácter de especulación de muchas de las personas que lo hacen. Es una clara evidencia de que es una de las inversiones más seguras, beneficiosas y rentables que se pueden hacer, dada esa naturaleza alienada de la mente española con la vivienda. Pero lo que pueda hacer un particular, en relación con un mercado global, no tiene parangón si lo comparamos con el papel que han jugado las grandes empresas del sector en las sucesivas burbujas inmobiliarias, y los bancos que han acompañado semejante desastre. Y, como ya estamos acostumbrados a ello, los políticos de turno, henchidos hasta lo antiestético, lanzando grandes y solemnes soflamas, pero realmente incapaces de coger este toro por los cuernos, por la complejidad de factores que se aúnan en este problema.
La confrontación de dos derechos considerados fundamentales, y recogidos en la carta universal de derechos humanos, como son el de la propiedad y el de tener una vivienda, en momentos de crisis económica, han colisionado con estrépito provocando crisis sociales de enorme envergadura que han pagado muy caro las clases más vulnerables y desfavorecidas de nuestro entorno, generando importantes dosis de sufrimiento colectivo, del que seguramente muchos aún no se han recuperado cuando ha llegado un nuevo tsunami, esta vez en forma de crisis sanitaria.
“…Su germen sigue muy presente en las concepciones políticas de una ciudadanía que sigue opinando en clave abiertamente sectaria.”
Igualmente esta problemática junto al de la escasez de trabajo, dada la irresponsabilidad de los gobernantes a la hora de tomar cartas en el asunto, condujo no hace mucho a uno de los “levantamientos” más secundados y comprensibles que hayamos conocido, como fueron las distintas manifestaciones del 15-M. El descontento era mayúsculo, y derivó en que la fuerza política que la capitalizó se quedó muy cerca de lograr una mayoría que le permitiera gobernar todo el país, ante el estupor de los partidos “establecidos”, izquierda incluida, que no podían dar crédito a semejante reacción. Realmente lo sucedido entonces, parece que no ha sido suficientemente calibrado por los expertos en la materia, y su germen sigue muy presente en las concepciones políticas de una ciudadanía que sigue opinando en clave abiertamente sectaria.
En cualquier caso, el problema de la vivienda en España permanece en el centro de las opiniones políticas, y la actual iniciativa en relación con los desahucios y las tensiones internas en el gobierno y con el resto de grupos parlamentarios están a la orden del día, pues fue una de la banderas principales de los movimientos ciudadanos que salieron a la luz entonces.
“Las cifras reales de la ocupación “ilegal” de entonces no creo que nunca las conozcamos.”
Ante un “sistema” injusto” que mandó a la calle a miles de ciudadanos, una insensibilidad manifiesta de entidades bancarias que trataban la cuestión como un epígrafe más de sus balances contables, y unos políticos sin las agallas necesarias para enfrentarse a estos, el movimiento anti-desahucios encontró en la indignación suscitada, una vía para llamar a la sublevación contra las leyes e iniciar acciones ilegales permanentes en la ocupación de los pisos que habían entrado en los activos bancarios. Ilegal pero muchas veces legítimo, ante la desvergüenza social que supone que miles de familias estuvieran en situación de franca precariedad, mientras los pisos vacíos dormían en el “limbo” de las hojas de Excel de los grandes tenedores.
Las cifras reales de la ocupación “ilegal” de entonces no creo que nunca las conozcamos, pues a nadie le conviene ofrecerlas, y quienes tienen el deber de ofrecerlas son los menos interesados en ello.
Los movimientos “antisistema” no acababan de creerse la torpeza con la que estaban actuando aquellos a los que se oponen por “sistema”, pues les estaban sirviendo en bandeja una importancia y protagonismo que nunca pudieron sospechar alcanzar, pasando los colectivos okupas a dominar y controlar la situación de la calle, ante la misma policía, los jueces y los juzgados, y la propia Administración pública.
Y como el siguiente capítulo de una historia interminable, se le ofrece al país una ley diseñada, redactada y compuesta desde esa misma mentalidad okupa, que sigue entendiendo que cualquier propietario por el mero hecho de serlo merece ser considerado y tratado como un abusador, maltratador y explotador de las clases humildes, de la misma manera que un empresario es un abominable capitalista, un torero un asesino, y un terrorista un héroe.
No sé cómo se puede regular el galimatías en el que se ha convertido el tema de vivienda en España, que excede con creces al tema de un simple artículo, pero es un auténtico despropósito que el ideario de quienes okupan viviendas sea el de los que redacten la ley que lo aborde y regule. Salvando las distancias, ¿nos podemos imaginar que los delincuentes fueran quienes dictaran el Código Penal?
Tema interesante. Muy interesante.
El deseo de ser dueños del lugar donde vivimos es, –mucho más que un derecho «concedido» con más o menos demagogia populista–, un instinto primario muy arraigado de nuestra especie y, si me apuran, de buena parte de los mamíferos no domesticados. Un punto este nada banal porque en cuanto un mamífero es domesticado pierde parte de su naturaleza y nosotros no somos excepción.
La vigencia universal de este impulso se observa en todos los países excepto en aquellos que, como Alemania, han vivido en muy pocos años la destrucción total de su patrimonio inmobiliario y, tras la guerra, se han sentido en primera línea de fuego durante la larga guerra fría que seguimos cultivando con gran docilidad. Por no entrar en la URSS que fue una versión agravada de lo anterior.
En este momento, en España, hay blogs de la izquierda antisistema con «hilos» dedicados específicamente a convencernos de que deberíamos vivir alquilados en edificios propiedad del Estado o de Corporaciones delegadas. Con poco éxito a pesar del precio escandaloso que la vivienda ha alcanzado como resultado –deliberado– de políticas económicas concretas que salen a la luz una vez que se desmantela nuestra industria al entrar en la CEE.
De hecho tras nuestro desmantelamiento industrial, todos los momentos de «reactivación económica» se basan en el arrastre de empleo e industrial que la construcción de vivienda genera.
Lo anterior es comprensible porque un propietario no solo acumula un cierto ahorro en su vivienda sino que, horror, tiende a proteger sus bienes y esto no es lo deseado por algunas ideologías que aspiran a tener súbditos «estabulables».
En otro momento entraremos en las consecuencias de este fenómeno que, desde la Ley Boyer, conocemos tan bien en España y que consiste en políticas económicas basadas en Burbujas Constructivas que demandan: Mercado del Suelo Controlado, Financiación Barata o de coste privilegiado e Inmigración a raudales que sirva de sostén del mercado de alquiles inmobiliario por abajo y, eventualmente, acceda a la propiedad vía hipotecas a interés cero.
El Uso Antisistema de esta situación terminará por hacerla explosiva porque expone, como pocas, las grandes falacias de un sistema en declive y sin industria en las sociedades que abiertamente son el objetivo a destruir y a capturar. «Como sea».
Me refiero a la función simbólica del Okupa Incentivado dado que, tal como están las cosas, los propios Ayuntamientos de Izquierdas que los fomentan deberían hospedarlos en Hoteles si menester fuera pero que, cínicamente, trasladan esa responsabilidad social al ciudadano privado.
Saludos cordiales
Quizás esta cuestión proceda de algo más importante y natural: el suelo y sus usos. La capacidad política y administrativa de usar el suelo como elemento de valor financiero (impuestos) para las administraciones locales y los gobiernos según su calificación, ya provocó en su momento la aparición de las «Filesas» de turno y el comienzo de la especulación con un bien natural.
Por otra parte, la incertidumbre o inseguridad jurídica de cualquier operación de ahorro o de inversión, ha sido un excelente caldo de cultivo para la promoción del «ladrillo» como bien tangible (real) que permitía invertir ahorros y obtener rentabilidades asociadas a su vez a la planificación urbana. Un bucle perfecto donde lo importante era el aumento de valor y de rentabilidad de las viviendas, producido artificialmente por operaciones financieras con intereses particulares.
Tener una vivienda, un lugar donde cobijarse aunque fuera pequeño, es una pulsión atávica de protección personal tan fuerte como pueda ser el alimento o la reproducción de la especie. Más aún, siempre ha sido algo que dejar a las generaciones siguientes como la parte más importante de cualquier herencia, no sólo por el valor o precio del inmueble o vivienda, sino por lo que representa en acumulación de recuerdos y objetos de quienes han pasado por allí (un valor sentimental que pocas veces se tiene en cuenta por parte de los herederos).
Poseer además una segunda o tercera vivienda tanto para uso propio como para su explotación en caso necesario, se convirtió en el mejor seguro de vida, en el mejor plan de pensiones de mucha gente, lo que aportaba esa seguridad y certidumbre que el resto de productos de ahorro no tenían. Eso en los tiempos anteriores, con una cultura anterior y una sociedad anterior. Ahora, desde que se concentraron los intereses económicos y financieros en la globalización, con clara influencia sobre las políticas de muchos países, lo que antes era un seguro, ahora se puede convertir en una pesadilla. Basta con crear las condiciones oportunas para ello como la degradación de la convivencia social (ya es un hecho) o la misma degradación de los centros urbanos para obligar a su abandono como vivienda a bajo precio (una cosa que conozco de cerca).
Finalmente, el «ladrillo» se prestaba a unos activos inflados en la cuenta de resultados de muchos bancos. La crisis de hace unos años ha bajado un cierto porcentaje los precios que siguen demasiado elevados a pesar de la pandemia y de la actividad política que se aprovecha de ella.
Lo dicho, un tema con muchas caras y raíces muy profundas que daría para análisis más amplios. Un saludo.
Desear tener una casa en propiedad como símbolo de compromiso hacia una nueva etapa de la vida, podría ser también una motivación, y no menor, que alentaría la búsqueda de su adquisición.
Como un rito casi de iniciación el joven abordaría la aventura sobre sí mismo con la independencia vital de la casa paterna, quizás en ese aspecto no importaría mucho que la relación con el nuevo techo acogedor fuera de propiedad o de alquiler.
Otro momento sería el del compromiso más allá de uno mismo que el fundar y establecer una familia conlleva, también un paso más en responsabilidad al afrontarlo.
Es decir, como todo tipo de posesión tiene una vertiente simbólica, que muchas veces queda ensombrecida por la conceptualización puramente mercantil, y que por supuesto da para muchísimo debate y profundización como se ha expuesto en los comentarios precedentes.
En los años sesenta parece que prevalecía la tendencia a adquirir la vivienda en propiedad, fue la década del “baby boom”.
Puedo que este hecho hable de una sociedad joven con perspectiva y afán de futuro, donde familia e hijos suponen proyectos trascendentes al “bien-estar” individual.
Sin embargo, convertir, a lo mejor, la propiedad de una casa en un medio meramente especulativo “per se”, quizás pervierta sus otras muchas acepciones que rodean ese acto, aún reconociendo que el de medio inversor es uno de los que, legítimamente, abarca.
Lo que ocurre es que no se puede obviar el resto, también a mi modesto entender, porque parece que entonces algo con un significado intrínseco muy amplio, se queda reducido a la mera y llana supervivencia.
Desde que el concepto especulativo caló y se impuso en la motivación de adquisición de una vivienda a nivel social, seguramente esta misma sociedad compró y se colocó sus propios grilletes.
Desde esa actitud se facilitó que familias enteras se tuvieran que endeudar por generaciones si querían un techo donde cobijarse, algo que, por otro lado, fue vendido y propiciado por la estructura financiera que de verdad ejerce el poder como tal.
Claro, luego llegaron los crueles desahucios, y pronto los movimientos anti lo mismo.
Y como todo movimiento social, por muy espontáneo que empiece, pronto se ve absorbido por una estructura organizativa ya diseñada previamente por las ya existentes ideológica y doctrinariamente, al ser incapaz, parece ser, el movimiento civil de encontrar cauces nuevos de análisis, debate y organización.
Entonces todo parece retornar, de nuevo, otra vez, a viejas fórmulas ideológicas del pasado, pero casi con una tremenda desventaja, la de la simplificación y falta de contenido, pues prima, y además hay material de sobra para ello, la emoción visceral y su manipulación, que parece ser el nuevo paradigma sobre el que asentar nuevos órdenes sociales.
La cultura y el propiciar que momentos en los que el sistema ya da signos, más que evidentes de que se queda obsoleto, sirvan de impulso a nuevos escenarios, prácticamente se penaliza.
Se aplaude el miedo y la agresividad para seguir manteniendo el espectro de una lucha de “clases” que hay que reinventar, y vaya que se hace.
Quizás el tema de las viviendas nos pudiera propiciar un momento muy interesante para profundizar también en su aspecto, no por menos tangible quizás, menos importante, simbólico, si se quiere, respecto a lo que representa como necesidad, y también como impulso tal y como está estructurada la sociedad, para el crecimiento individual proyectado en una forma distinta de valores sociales.
Al contrario, lo que se ha propiciado es que se convierta en una nueva fuente de injusticia, y hasta de barbarie, personificada en el propio concepto “okupa”, cuyo agresividad en el ataque a la ortografía de la palabra ya denota, me parece, la nula intencionalidad de quienes manejan ese “concepto”, de buscar avance alguno, y mucho menos, beneficio social real, nuevo, al dejar claro que “la cultura”….no existe, no importa…solo unas emociones enraizadas en la ceguera de la simplificación más absoluta.
Así no es de extrañar que, desde esa perspectiva, todo valga, incluyendo el totalitarismo de los “adalides” primitivos que se apropiaron de los movimientos antidesahucio, y que conceptualmente todo valga, por eso se llega a la barbarie…los “okupas” se convierten en nuevos dueños que requisan viviendas para luego hacer negocios con ellas, perjudicando y extorsionando a las clases más vulnerables de una sociedad cada vez más empobrecida, y encima todo ello….debidamente legislado, mayor perversión parece no tener cabida.
Es posible, también, que esta sociedad, su incapacidad de reaccionar de una manera más consciente ante la realidad que se impone, esté dejando una deuda, no solo económica a las generaciones futuras, si no, sobre todo, de valores, y quizás estemos propiciando que la violencia de la ceguera, que propicia el alarde de la ignorancia, marque una generación de jóvenes….en forma brutal.
Para dar más luz al problema que se aborda, recomiendo ver «El Pisito», película Española 1.959
El drama de la vivienda en España
Saludos