Te doy unas pistas:
- Seguro que está sobradamente estudiada y analizada por los expertos e investigadores.
- No cabe duda de que es el pilar central de nuestra civilización.
- Sobre ella se asienta el resto de parámetros de todo el mundo occidental.
- Su práctica es ancestral y de una antigüedad milenaria.
- Tiene que ver con el sedentarismo y la cultura cerealera.
- Los intentos por cambiarla han sido siempre infructuosos.
- Está tan asentada en nuestra forma de pensar, que se antoja imposible su desaparición, e incluso su modificación.
No, no se trata del huevo o la gallina. Es la propiedad privada.
Desde el niño que en el parque le niega a los demás jugar con sus cochecitos, pasando por Caín que le atizó a su hermano un trompazo con la quijada de un burro, que lo dejó seco por meterle las ovejas en sus cultivos, hasta las grandes, medianas y pequeñas empresas nacionales o multinacionales, todo el entramado se asienta sobre el hecho, convertido en legalidad hace milenios, de que lo que es tuyo es tuyo y punto pelota.
Es un resorte profundo e instantáneo de la naturaleza que se ha instalado desde tiempos inmemoriales en la estructura psíquica y mental de los individuos. Cuando se habla desde múltiples instancias de “un cambio de era” siempre lo asocio a una transformación auténtica en el hombre del sentido que tiene de la propiedad, y con ello no sé si hago un pronóstico o expreso un deseo.
En nuestra cultura se pueden encontrar indicios de estos cambios. Desde el campo de la política, en los últimos dos siglos se han producido movimientos significativos en la manera de entender la propiedad, donde el ideal anarquista y la ideología comunista son dos claros ejemplos. En el de los movimientos sociales, con la derrota del absolutismo, la monarquía y la tendencia a la unificación de las clases sociales, también. Respecto a la religión, el paulatino abandono de los individuos de las instituciones eclesiásticas monoteístas y patriarcales, podría indicar un mismo camino. En las ciencias sociales, el concepto de inconsciente colectivo de C.G. Jung, y su emulador práctico B. Hellinger, frente a la visión autobiográfica del psicoanálisis, también apunta en el mismo sentido, a una nueva forma de concebir al ser humano. En cuanto a la conciencia colectiva, los movimientos ecologistas y la preocupación por la Naturaleza entendida como un todo, y representada por la preocupación del estado del planeta Tierra y el de los seres vivos que en él habitan, también podrían entrever estas posibilidades de cambio en la concepción de lo que es propio. Esta preocupación por el “todo”, más allá de a quien pertenezcan las cosas, insiste en la importancia de lo general por la intensa influencia que ejerce sobre lo individual.
Al tiempo, las resistencias, fricciones y batallas que libran sectores que se oponen a estos cambios, que suelen coincidir con la defensa de sus propios intereses, sintomatológicamente indican que se está librando un intenso combate en el campo de las ideas para la defensa a ultranza de los principios sobre los que se asienta el sentido de propiedad.
No da igual lo acertado o desbarrado de muchos movimientos y planteamientos que giran en torno a estas preocupaciones, porque de su adecuada formulación depende la velocidad de un proceso que ninguno veremos. Pero se está tomando aquí ahora solo como síntoma, es decir, como la evidencia de algo de mayor profundidad, y por eso no es del todo bienintencionado que se les juzgue por la bisoñez de muchas de sus propuestas o la ingenuidad de algunos postulados, aunque quepa decir que en los cambios suelen estar más claros los argumentos sobre lo que se combate y critica que aquellos que se puedan afirmar como objetivos y formas de dichos cambios, o dicho de otro modo, se tiene claro lo que se quiere evitar o cambiar pero es mucho más difícil saber bien la forma de llegar a los objetivos previsto, e incluso saber bien si esos objetivos son adecuados.
El capitalismo no es exactamente un modelo en sí mismo, aunque lo acabe formando, es más bien la acomodación social de una intención y una actitud, cuya base natural se asienta sobre el deseo humano individual, pero compartido por muchos, de acaparar bienes y servicios para su uso particular y el manejo y gestión que esas ventajas ofrece. Es, en sus orígenes y entre otras cosas, la manera más primaria de garantizar la supervivencia personal, y refleja en lo individual unos valores y prioridades en un marcado y único sentido de pervivencia.
La fortaleza del sentido de lo propio tiene unas raíces tan poderosas que, en la observación y análisis del comportamiento humano y sus sociedades, se refleja, por ejemplo, en la manera que uno tiene de percibir su familia, su trabajo y sus bienes, en la que prima por encima de cualquier otro principio el sentido de posesión, traducción psicológica del sentido de propiedad. Es tan ancestral que desde los cromañones es la causa directa de cualquier conflicto, y tan esencial que ninguna doctrina religiosa ha dejado de afirmar a sus fieles que su dios está de su lado en los litigios y confrontaciones en pos del dominio territorial, es decir, que divinamente se acepta y bendice la conquista y la apropiación.
Pero también es y ha sido el impulsor del progreso y el desarrollo, de cuyos efectos vivimos bien unos cuantos, y cuyas crisis sucesivas vienen avisando de un motor agotado o de un destino desatinado. Y todos estos milenios en pos de la producción, el rendimiento y el desarrollo, ya han dado lugar a una situación de abundancia tal, que la subsistencia no se sostiene por más tiempo como pretexto para lo que para unos es un derecho y para otros un crimen. Y se abren camino nuevas formas de entender la relación con la propia tierra, con los demás y con uno mismo, donde parece sentirse cada vez con más fuerza el agotamiento y los deseos de un cambio. Y el pretexto, si es que alguna vez ha sido otra cosa, se ha acabado, si no nos lían con la colonización de Marte y no tengamos que empezar otra vez.
La necesidad de entenderse a uno mismo de otra forma, la sensación de deuda manifestada a través de los sentimientos de solidaridad y, sobre todo, la transformación del sentido de la belleza y la estética en la que se aprecia con nitidez como la propia satisfacción está en íntima y directa relación con la del otro, van haciendo a los hombres cuestionarse sus deseos primarios y acercarse a las diferentes realidades sin tanta necesidad de apropiación ni posesión, e ir primando algo más el acercamiento a la riqueza del conocimiento de otras complejidades. Hay algo menos de obsesión sobre los nutrientes terrenales y algo más de apertura a los nutrientes intangibles procedentes del mundo de las relaciones.
El aumento del “usufructo”, la temporalidad y transitoriedad de las propiedades, el sentido de utilización de las cosas y el cuidado de todo ello, las formas alternativas de cubrir las necesidades por uno mismo frente al consumo, los trueques e intercambio de bienes y los mercados de segunda mano son algunos ejemplos en el mundo económico, aún incipientes y débiles, de toda esta otra forma de entender la vida y el mundo en el que vivimos. Y la crisis actual, pese a los deseos de reconstrucción con parches de los gobiernos y los Estados, será un potente e irremediable impulso hacia estas direcciones. Así, pese a los riesgos de moda pasajera o de que los poderes lo perviertan, se abre camino con fuerza lo que se conoce como “consumo colaborativo” o “economía compartida”, basada en la idea de compartir gastos y usos, que incluye desde bienes tan básicos como el coche o la casa y actividades como prestar dinero, hasta cuestiones accesorias como la ropa o los libros. También aspectos que no se nos ocurrirían como que tu comida casera se oferte abiertamente a los desconocidos, como si de un restaurante se tratase, o que en los huertos puedan plantar diferentes propietarios de común acuerdo. Y no digamos los Bancos de tiempo, en los que, al estilo tradicional, cada persona tiene créditos y débitos, según realice un trabajo para los socios o disfrute de alguno que estos le hagan.
La ruptura progresiva de las fronteras, la internacionalización de los fenómenos sociales, el cuestionamiento de la identidad nacional, los medios de comunicación transnacionales, el sincronismo mundial de la observación de los episodios, las migraciones y el turismo como flujo de personas y de masas, son otros signos de la dirección de los cambios hacia una realidad global, que, fracasada como operación comercial, se va abriendo camino desde un “yo” enrocado en su patrimonio hacia un “yo” afirmado desde su capacidad vital.
La acumulación de experiencias y su vivencia ya no son los únicos objetivos vitales de los individuos, y se van incorporando como valores la experimentación, la aventura y el adentrarse en terrenos diferentes y desconocidos. Las intenciones de transformación y cambio de la imagen, el vestido y la modificación corporal son leves y casi siempre superficiales indicaciones, al tiempo que las identidades son cada vez más percibidas como corsés y limitadores de su ansía de expansión, proyección y vaciado.
No crean que soy tan ingenuo como para pensar que esto es coser y cantar, y que se logra en dos días, ni mucho menos. Simplemente estoy indicando la dirección que parece tener la flecha, a conciencia de lo que esto significa, y, desgraciadamente reconociendo el mucho camino y sufrimiento que queda para llegar al destino. Pero nosotros ahí, con que si la abuela fuma…
tengo prisa, seré breve…lo de la propiedad privada: un invento maquiavélico de?;
escuché hace años que en eeuu- nación del cine y las fantasmadas en general, venden terrenitos en Marte para cuando se pueda ir, y compran y todo!!
el universo y la estupidez son infinitas, y según einstein , de lo primero no estaba tan seguro como de lo segundo.
No es crítica al artículo ni micho menos, aunque lo parezca…son mis opiniones-anotaciones, nada más. el artículo está chapó, pero que eso de la propiedad privada..yo no lo tengo claro..igual es algo autobiográfico..
Ser es tener.
No tengo coche, ni piso en propiedad, ni móvil de última generación, ni televisor de pantalla plana, ni mucho dinero en el banco,.., No soy o soy solo un Don Nadie.
Si «ser» no es «tener», ¿qué es?
El «yo» actual está muy asustado, se siente enfermo, desubicado, sin metas claras que alcanzar fuera de sí mismo. Se está viendo obligado a mirarse y el reflejo es tan descarnado y solitario que da miedo. Y los otros «yoes», mientras tanto, igual de perdidos o más.
¿Qué puedo hacer?
Sin más demora, pararte y reflexionar, atreverte a sentir la angustia de tu desorientación.
¡Felices aquellos inconscientes que acumulan para encontrar sentido a la vida!
Felices inconscientes pero peligrosos, egoistas y bárbaros corruptos que minan la belleza del futuro al sacrificarla por un presente inmediato, gordo y fatuo.
Si tengo frío, no puedo pensar.
Si tengo hambre, tampoco.
Si estoy enfermo, solo puedo sentir dolor.
Para poder contemplar mi yo en paz tienen que darse tres condiciones básicas: estar sano, calentito y con el estómago lleno (no necesariamente de caviar siempre).
Cubierto esto, ¿por qué se nos va la vida sudando tinta para acumular más?
Lo que trato de decir es que con muy poquita cosa se puede alcanzar el universo paralelo, al que todos podríamos acceder sin destrozarnos la vida.
El universo paralelo es el mundo posible sin «tanta» propiedad privada. Una entelequia convertida en carne. Y, no es una utopía, también el Verbo se hizo carne y nadie lo cuestiona, o solo unos pocos.
Venga, ¿quién tira la primera piedra? «Aquél que esté libre de pecado» Como no hay nadie en tales condiciones, queda mucho trabajo por hacer.
La propiedad privada está muy cerca de la base que salvaguarda el caos espiritual de occidente.
Si no tienes nada más que lo imprescindible, y hablo de bien poco, tienes tiempo para otros quehaceres: mirar, ayudar a otro, sonreir, charlar, reflexionar, escuchar, trabajar juntos en proyectos, cuestionar de forma inteligente «hechos, afirmaciones inmutables» …
El problema tiene también un eufemismo comparativo que lastra las alas: no puedo conformarme con tan poco porque no tendría el mismo poder que mi vecino y éste atesoraría lo que yo no cogiese, además, están los hijos que justifican mi ansia de acumulación. Mis hijos tienen que tener las mismas oportunidades que Fulanito de Tal: la oportunidad de llegar a acumular más, de forma más cómoda, que para eso tienen estudios.
Es tan obvio el cilco que se convierte en incuestionable, inamovible, generacionalmente eterno.
Y, aquí entra la sabiduría popular y anónima, y «todo para que al final vayamos al mismo hoyo a criar margaritas»: ¿será que nos da miedo que el hoyo nos lo tengamos que cavar nosotros mismos porque no nos podemos permitir sepulturero. o que el hoyo ni siquiera exista porque no tienes el terrenito correspondiente?
Y, encima, para alcanzar la máxima desesperación, está prohibido lanzar las cenizas en cualquier parte.
Vamos, que parece que todos nuestros esfuerzos por conseguir cosas y mantenerlas nuestras es por no querer terminar en cualquier cubo de la basura en una urna de tres al cuarto, pegada de mala manera una etiqueta con tu primer apellido, que para el segundo no daba.
Triste, ¿no? Pues, venga, a seguir con lo nuestro «pa que» no pase.
La propiedad es importante pero debe serlo menos que el sexo a juzgar por el número de comentarios. El sexo gana por goleada.
Además, cuando comentamos la propiedad, suele surgir algún purista que, asumiendo la ética del hormiguero o la tribu, tiende a condenarla. Este fenómeno es mucho menos frecuente entre quienes comentan el sexo.
El número de comentarios, seguramente, es una buena guía para los editores en la elección de temas.
Algo debe tener el sexo que genera más comentarios que la propiedad y habiendo psicólogos y psicoanalistas entre los editores y comentaristas quizás podrían ilustrarnos sobre las funciones profundas conscientes e inconscientes que ambas esferas institucionales cumplen.
Uno está en una edad en las que ambas cosas se ven desde una perspectiva distante y esto inevitablemente te lleva a replanteártelas desde diversos ángulos.
Por ejemplo el ángulo de sus costes.
Porque la propiedad, al igual que el sexo, tiene costes o, mejor, externalidades. Materiales, psicológicos y anímicos. Es decir, consecuencias no intencionales más allá de su aparente función primaria.
Y hoy los costes de la propiedad, de la vivienda por ejemplo, son ya monumentales.
Hasta tal punto que en determinadas circunstancias la adquisición de una segunda o tercera vivienda es un acto económicamente insensato porque el «bien» ha dejado de serlo y tiene ya 6 o 7 impuestos que sumados a sus costes de mantenimiento hacen que a lo largo de su vida el «bien» no genere otra cosa que una sustanciosa minusvalía. Una minusvalía que el Fisco convierte en una Falsa Plusvalía y te obliga a tributar sobre la falsedad.
Lo cual podría explicar por qué los comentarios derivan más hacia el sexo. Ayuda a olvidar.
Muy buenos días
Buenos días, tengo una pregunta para el señor Manu Oquendo, ¿qué entiende usted bajo «ética del hormiguero o la tribu?
Gracias de antemano.
Buenos días, Doña Micaela.
Sin el menor ánimo polémico me refiero a las reglas sociales que operan en los hormigueros, las tribus o, si me apura, en las organizaciones religiosas de tipo conventual y monástico. Por cierto, estas últimas son las organizaciones democráticas más longevas en la historia humana. Alcanzando los mil seiscientos años de los Benedictinos o los ochocientos de los Dominicos.
En la segunda mitad del siglo pasado quien mejor lo resumió fue John Rawls en su obra «A Theory of Justice» en la cual explica las reglas –normas positivas y valores– necesarias para que la subordinación del individuo al grupo y al poder que domina el grupo simbólico tuviese un soporte filosófico plausible en sociedades modernas.
Un saludo cordial
Muchas gracias.
Perdone mi miopía e ignorancia si lo que voy a decir a continuación no tiene nada que ver con lo que usted insinúa en su comentario pero me gustaría entenderle.
Usted afirma que hay comunidades e individuos que rechazan la propiedad privada guiados por un poder que utiliza falsos argumentos democráticos, es decir, el individuo deja de querer poseer porque el grupo abastece, y aunque esto sea falso, se lo cree porque el poder coercitivo de la comunidad monacal (arropado por la creencia «aquí no somos nada, el verdadero paraíso está en el cielo») no le deja espacio para desarrollar un pensamiento crítico.
Si esto es lo que quiere decir, concluiríamos que «el individuo rechaza la propiedad privada sobre falsas premisas» ¿Voy bien o no?
Un saludo
Estimada Micaela, supongo que la culpa es mía, que no me he expresado bien y paso a intentarlo nuevamente.
Todo arranca con la idea que del ser humano tenga el colectivo social en el cual se integra.
Muy frecuentemente los seres humanos nacen en un lugar (físico o relacional) y no paran de moverse en toda su vida por lo cual ya me gustaría a mi saber qué sociedad puede aspirar legítimamente a tener derecho sobre los activos físicos o el talento de nadie.
Hay diferentes concepciones públicas del ser humano.
Para unas es un ente limitado que nace si tiene suerte y su ser termina en la muerte física. Mientras esa vida dura, el poder le puede hacer de todo en lo referente a quitarle o cobrarle por su propiedad.
Hay otras concepciones que, sin necesidad de pertenencia religiosa, lo tienen por trascendente y eterno y con derecho al fruto de su esfuerzo sin que a nadie le sea dado arrebatárselo en contra de su voluntad porque esto causa un daño objetivo a su capacidad de realización humana. A su autonomía moral.
Esta última idea es nuestra tradición cultural clásica desde la Grecia antigua que durante setecientos años nos dejó una concepción de nosotros mismos como seres capaces de buscar y alcanzar el Areté, la plausible perfección humana, a través de un proceso de construcción consciente.
En el siglo XX Abraham Maslow viene a refrescarnos la idea ofreciéndonos una concepción del ser humano individual que se parece mucho a la clásica que Sócrates dejó tan estupendamente reflejada en su actitud vital, en su vida y, quizás, en su muerte.
Esta idea del ser no es compartida ni potenciada por las ideologías que de una u otra forma consideran al hombre un medio para otros fines y que, en líneas generales, serían aquellas ideologías que interesadamente se han apoyado en Hegel por oposición a la revolucionaria visión de Kant o de Schleiermacher.
Si tomamos como definición de ser humano la del físico y filósofo Michio Kaku (Osaka y Universidad de N. York) nosotros seríamos una «función de onda compleja».
Es decir, tenemos temporalmente un comportamiento ondulatorio individual y específico estando formados por exactamente las mismas partículas de las cuales se formó todo el universo.
Somos parte integral del cosmos, de todos los cosmos posibles, y por lo tanto somos eternos trascendiendo en el tiempo las funciones ondulatorias concretas que por un breve lapso nos dan corporeidad, conciencia del yo, capacidad de discerniento y voluntad acerca de si estamos actuando en síntonía con el universo o si hemos dejado de hacerlo.
Es decir, somos seres individuales autorresponsables y no propiedad de agrupación virtual alguna. Si queremos serlo es otra cosa.
La cuestión central de la propiedad es pues, su función en el desarrollo coherente de la persona individual.
Y para ser persona es necesario tener responsabilidad, libertad y autonomía. Todos y cada uno de los seres humanos.
Si vivimos involuntariamente de forma dependiente (de quien sea) somos menos personas, menos libres y menos capaces de hacer nuestro papel.
A los monjes les va bien porque han renunciado voluntariamente a la propiedad individual. La clave es la voluntariedad del acto.
Uno de los intintos más básicos del ser humano es la solidaridad con el necesitado. Si les privamos de esa libertad arrebatándoles aquello por lo que se han esforzado estamos, realmente, degradando y empobreciendo la sociedad y asumiendo un poder sobre el individuo que a nadie pertenece.
La alternativa fueron Robespierre y los Jacobinos. Los «montagnards». El ser humano como instrumento del poder político.
A esto me refiero.
Saludos
Bueno, voy a meter baza a mi aire en esto de la propiedad privada, y las teorías que expone Manu, acerca de las que profundiza Micaela. Pero no baza para intentar clarificar, que Dios me librase, sino para tan sólo expresar un sentimiento (mío) quizás bastante visceral pero seguro que no demasiado chirriante, o no para muchas personas.
Siento rechazo por el poseer, me agobia ser dueña de más de lo que necesito. Pienso — o no me da tiempo ni de pensarlo, que se me pone un nudo directamente en el estómago al tan sólo imaginarlo — que el poseer me obligaría a saber administrar, y cuidar de que no se deteriorase o sufriera daño o merma aquello que estuviera poseyendo; y que ello me estaría quitando libertad de elegir en qué quiero utilizar mi inteligencia (poca o mucha) y mi tiempo.
Entiendo que evidentemente hay unos mínimos que es conveniente que me pertenezcan, unas veces conveniente para mí y otras veces conveniente para “los mínimos”; y es que todos sabemos que lo que no es de nadie corre riesgo de que todo el que tenga acceso a ello lo aproveche pero se despreocupe de que una vez utilizado siga siendo útil o bueno, o bello… Así que si todos “los mínimos” que puedan pensarse son en la justa medida y ni una pizca más propiedad privada tendrán — considerando cuantísimos somos los habitantes del planeta y las sensibilidades tan variopintas que nos adornan —más o menos garantizada su integridad y subsistencia.
Pero, claro, esto mío no es un argumento. Es sólo una forma de sentirse ante algo, lo que sea, que escapa a la razón y a la lógica. Igual que escapa a mi razón y a mi lógica el que haya que vivir en mansiones inmensas o tener cuentas de millones de euros en Suiza; pero alguna tendrán cuando hay tantas mansiones y tantos paraísos… fiscales, quiero decir.
No estoy de acuerdo con Manu (cambiando de tema) en que el número de comentarios que genera un artículo sea el barómetro (bueno, no sé si barómetro u otro aparato de medir) para calcular el interés que el artículo despierta.
He leído artículos que me han parecido buenísimos y no he dejado en ellos ningún comentario, como por ejemplo los de Isaac Salama, que siempre suele cosechar poquitos comentarios ¿Podría alguien decir que no son artículos interesantes? Lo que ocurre es que son exposiciones incuestionables a las que hay poquito que añadir, a menos que el que añadiere fuese un entendido que estuviese a la altura, que no es mi caso.
O los de Raúl Pérez Ponce. U otros que siendo más accesibles porque su contenido es menos denso o su lenguaje menos técnico todo cuanto se le ocurre a uno es decir, “muy bien”, o “estoy de acuerdo”.
El último de Barbará, por poner por caso. Me parece muy bueno, pero me da corte “utilizar” un comentario para nada más decir que bien.
Ah. Y lo de la propiedad privada y el sexo, que menciona también Manu. Llama la atención, a mí por lo menos me la llama, que entre personas en cuya relación toma parte la sexualidad se suele dar una tendencia a que cada una sienta que la otra es su propiedad; en tanto que cuando la sexualidad no se inmiscuye las relaciones pueden ser perfectamente estrechas y duraderas, y menos tendentes (o nada) a anular al otro.
Nuevamente, muchas gracias, señor Oquendo.
Clarificador e interesante, me entran ganas de discutirle mucho sobre algunas de sus afirmaciones … 🙂
Pero, hoy es domingo, y mi tiempo es mío, y hace un día precioso, y decido ir a pasear porque poseo ese privilegio, aunque no olvido que alguien o algo clasificó la semana de tal manera, que los lunes no me pertenecen, hasta que me jubile. Y, eso no me gusta nada, que mis lunes sean propiedad de alguien, o que yo, porque sí, les haya dado mi tiempo en propiedad.
Sí es llamativo el reclamo que tiene en nuestros círculos el tema de la sexualidad, en relación con otros temas posibles.
Cuando Freud estableció la relación psíquica entre la sexualidad, constituida como líbido, y ciertos fenómenos mentales en el estudio de la histeria, y por el artículo treinta y tres lo generalizó a todo el conjunto de realidades mentales, no sabía el impacto que tal afirmación habría de tener en la sociedades posteriores. Y así, en la actualidad, ello se ha convertido en un tema central de nuestra época, con sus dosis de obsesión, compulsión y terror, entre unos individuos que están muy lejos de estar preparados para dotarle a la sexualidad el carácter único y global que debería tener. Esta hipersexuación que nos domina, a la que deberíamos catalogar, siendo precisos, de genitalización mayúscula, pocas veces conduce a un entendimiento íntimo de más amplia perspectiva, siendo, por contra la mayoría de la veces, una fijación reiterada que nos impide ver más allá de nuestra narices.
Por eso, por una cuestión de opinión pública, hay esas distancias entre la sexualidad y otros aspectos afines como es, en este caso la propiedad. En realidad, por mi parte, entiendo que hay más vínculos de proximidad y similitud entre ello y el sentido de propiedad, que diferencias.
Así, el artículo podría haberse titulado la «Propiedad de mi íntimidad», y ya tendríamos servida la conexión entre ambas. O, al de la sexualidad, «Mi sexualidad privada», y volveríamos a unir ambos conceptos.
Se les suele escuchar a los psicoanalistas decir «todo es sexo», y seguramente no les falta razón, pero también a los políticos se les oye «todo es política e ideología», y tampoco les faltará la suya. Pero es perceptible que cuando alguien se cuestiona sus aspectos sexuales, también lo está haciendo respecto a su sentido de propiedad y sus objetivos ideológicos, y que cuando hace suya una idea, también incorpora implícitamente una forma sexual, de mayor o menor calado dependiendo de lo que se trate. La desunión es un puro juego conceptual para diferenciar, nunca una realidad en si misma. Y yo quisiera afirmar al respecto que todo es sexo, como todo es propiedad, como todo es ideología, porque todo, siempre, es intrínsecamente humano. Y lo humano se presenta en cada persona unido, cristalizado y sintético, y por ello la búsqueda evolutiva de las identidades más puras es capaz de englobarlo todo. Y de cambiarlo todo.
Hola, Carlos.
Hay un libro de Alfred Adler, «El carácter neurótico», de principios del siglo XX, –1910, creo– que vale la pena leer despacio a lo largo de la vida. Es el libro que más veces ha desaparecido de la blblioteca doméstica sin que nadie se hiciese responsable de su falta.
Adler es padre de una escuela psicoanalítica vienesa en abierto enfrentamiento con las tesis de Freud. Los adlerianos mantienen que la autoestima –y su refuerzo a través del ejercicio del poder sobre otros– es un motor de nuestra conducta mucho más fuerte que la atracción sexual.
No anda muy equivocado ya que en muchísimas relaciones sexuales es sencillísimo ver variantes del ejercicio narcisista del poder sobre otros.
El mismo autor describe la conducta neurótica como aquel conjunto de dolencias anímicas que sobrevienen al ser humano cuando su comportamiento contradice sus creencias profundas. Una especie de mala conciencia laicista.
Me ha parecido siempre que Adler atinó bastante.
Saludos
¿Qué tal Manu?
Efectivamente, el díscolo de Adler tuvo la desfachatez de contradecir al maestro Segismundo respecto a la raíz del problema de la neurosis, pero le hicieron poco caso dentro de una escuela bastante cerrada y dogmática.
Si la práctica sexual es un ejercicio de poder, autoafirmación y dominación sobre el/los otro/s, coincido en que me parece un ejercicio comprobable fácilmente. Lo que trataba de explicar en mi anterior intervención, es una variante respecto a ello, y es que la sexualidad, entendida en su sentido amplio y presente en todas las relaciones, es la vía más común en que el ser humano establece el sentido de territorialidad sobre su entorno, y de ahí la conexión directa respecto al sentido de propiedad. Es observable como constatación que las personas que entienden la sexualidad como un escenario de encuentro suelen adoptar actitudes más abiertas, generosas y entregadas respecto a sus posesiones, y a la inversa.
Algunos políticos han proclamado aquello de «la erótica del poder» queriendo establecer las conexiones de las que estamos hablando, y se me queda algo corto porque siempre subyace a todo ello esa territorialidad de la que hablo. Territorialidad en la sexualidad, en las relaciones, en la concepción del mundo, en las leyes, y sobretodo en la propiedades. No, Narciso esto no lo aprobaría, si acaso Eco una vez que se le pasara la estampida sufrida vehementemente.
Supongo que lo conocerás, pero los estudios de Adler concluyen en la obra «Conocimiento del hombre» de 1.928, posterior a la obra que mencionas, en la que se adentra en el dilema humano entre naturaleza como destino, en la línea de Schopnehauer, y el racionalismo práctico, kantiano para más señas. El problema, dice el autor, no está en las creencias en algo más básico como la naturaleza anímica de cada hombre, en la que los valores juegan solo un papel adaptativo esencial.
No acabo de tener claro que Maslow, en su intento de síntesis, lograra ponerlos en sintonía.
En cualquier caso, me encanta poder seguir deliberando con todos de estos temas.
Un cordial saludo.
Pues sí, Carlos.
Es interesante leer lo que otras personas piensan sobre las cosas que creemos conocer.
El libro de Adler que citas no lo he leído pero está por algún sitio. Los libros de casa están catalogados pero nunca hemos conseguido tener un registro fiable de la ubicación física.
Estoy esperando a ver a mi hermana pequeña, veterana adleriana, para decirle lo de «sois unos dogmáticos». No sé cómo se lo va a tomar porque es de reacciones lentas pero demoledoras. Le diré lo de «Malen, dicen por ahí que sois dogmáticos»
El caso es que en mi tiempo como complemento académico nos daban cinco años de Psicología y el profe, recién llegado de Columbia U., me convenció de que Adler estaba algo más acertado que Freud.
Esto he podido comprobarlo consistentemente a lo largo de mi vida y cuando más de cerca lo he visto es en el mundo del Capital-Riesgo donde las compensaciones psicológicas derivadas de la reafirmación del ego son mucho más importantes que las rentabilidades.
No sé si he entendido bien tu comentario sobre Maslow. Yo creo que no entra a decidir sobre las raíces de los estándares (innatos o aprendidos, un debate un tanto reduccionista) sino que esboza los comportamientos que progresivamente van evidenciando etapas de crecimiento y humanidad.
Se parece al proceso que Werner Jaegger documenta en Paideia y que de forma muy nítida refleja lo que nos ha quedado de la vida de Sócrates. O Viktor Frankl por ir a otro vienés.
A veces me pregunto si nuestra época está produciendo académicos comparables a aquellos.
Saludos
¡Vaya, Manu! No quisiera yo herir a nadie con mi comentario. En realidad lo de «dogmática» iba dirigido más a la Escuela Vienesa que a nadie en particular. Y ahora que no nos oye nadie, te puedo confesar mi debilidad por C.G. Jung.
Un saludo.
Lanzo ideas al aire y solo eso..y desde Lo que yo veo..la sexualidad?, como todo en esta vida…para pasarlo bien- sino pa’qué….al margen de psicólogos- filósofos estudios etc….sexualidad-territorio-posesión..no me queda claro, cosas mías quizás..;
Digo yo que las abejas..mientras extraen el nectar de las flores en sus patitas llevan de una flor a otra polinizacion..de ahí la diversidad floral etc..o sea Trabajo en equipo o no hay variedad – vida, y que la sangre que nos transporta internamente..mira tú: roja!!–transporta todo el oxígeno a todo el organismo, si esto no pasara.. el cuerpo se pudre..asi que, el TODO influye decisivamente en la PARTE..Lo queramos ver o no, y aunque nuestro yo sea inviolable en un momento dado o estamos «conectados»..o quizás cerca de esas malvas que ya mencionaron.
¡Hola, a todos!
El paseo maravilloso. Hacía un frío que pelaba (menos 4 grados) pero la nieve recién caída hacía guiños cómplices, no había viento y el sol calentaba la cara, la espalda … y, el silencio era escandaloso.
Tengo una pregunta: ¿qué os llevaríais a una isla desierta?
Me refiero «de todas vuestras propiedades» y no hablo «de un paraiso fiscal». Incluyo en las posibilidades, personas, pues ha quedado claro que el sexo y la propiedad tienen vínculos importantes a tener en cuenta.
No se trata de una broma, llevo horas dándole vueltas, y todavía no he encontrado una respuesta que me satisfaga. Normalmente en este tipo de juegos, se pone un límite, por ejemplo, máximo tres cosas. En este caso, podéis llevar lo que queráis.
Gracias por vuestra colaboración.
¡Saludos!
A las Islas desiertas – si se tiene la suerte de encontrarlas- (ojalá se escondieran ) uno no puede llevarse nada, ni siquiera tocarlas, dejarían de ser desiertas y por tanto de ser.
Pero sí que puede «impresionarse» con ellas y entonces, de algún modo traerse.
yo me llevaría…….., pues….mi flauta de madera, que suena de miedo!, mis – sí! mis dos hijos…y, una balsa patera- para visitar otras islas de alrededor. y qué ganas por dios…olvidarse de este mundo de la capitalidad y las paranollas mundanas por un tiempo, claro!!