Añoro esos tiempos maravillosos en los que los relativamente pocos iniciados nos reconocíamos los unos a los otros mientras cargábamos los enormes volúmenes de Canción de hielo y fuego, la saga del gran George R.R. Martin. ¡Son unos libros muy gordos!, pero aquel era un tiempo anterior a que el Kindle llegase para hacernos felices a todos, y había que cargarlos si querías entrar a formar parte de un club exclusivo -de millones de personas, pero exclusivo- que intercambiaban miradas cómplices en el metro, y que sentían cierta envidia cuando encontraban a alguien leyendo el primer volumen, sabiendo que a ese afortunado aún le quedaban miles de páginas por leer, capítulos que ellos ya no podrían volver a disfrutar por primera vez, ¡qué lástima!…
Luego llegó la serie de televisión y su popularización, y con ella la auténtica sensación de poder: durante unos cuantos años los que habíamos leído el libro teníamos a los que solo veían la serie literalmente atrapados bajo la amenaza de desvelarles lo que le pasaría a tal o cual personaje, hasta que las tramas de la serie empezaron a separarse de las de las novelas y ese poder se evaporó, y pasó a ser un poco como saber esgrima en un tiempo de metralletas…
A estas alturas no te voy a hacer ningún spoiler, y tampoco voy a dar demasiados detalles, por si las moscas, por si tienes la suerte de no saber de qué te hablo, lo que te daría la oportunidad de engancharte a los libros (la mejor opción, para mi gusto, aunque la saga esté incompleta y a este paso no sabemos si el autor vivirá para acabarla), o a la serie (cuya última temporada es inminente). De un modo u otro, el caso es que a estas alturas pocos seres humanos desconocen el argumento de la historia (alguno habrá, supongo que los mismos que dicen no saber quién es Messi o no tener televisión).
La saga es, como su propio nombre indica, la descripción del “juego de tronos”, de las luchas por el poder, entre las diversas casas nobles que luchan sin pudor, sin piedad y cruelmente por imponerse las unas a las otras en un mundo que podría ser la Europa del medievo, si no fuera por ciertos elementos sobrenaturales que le dan a todo un toque muy interesante.
Y ese parece ser el argumento: la lucha a muerte por el poder entre distintas fracciones en un mundo en que, poco a poco, al principio, imperceptiblemente, la magia está volviendo, para cambiarlo todo, hasta que a partir de cierto punto nos damos cuenta de que las peleas casposas entre los pretendientes al Trono de Hierro no cuentan, que lo que de verdad importa es la lucha por la supervivencia frente a los caminantes blancos, que no son humanos, y que quieren atravesar el Muro para acabar con todo.
Pues algo así es lo que está pasando ahora en España entre los taxistas y los VTC: son como los Lannister peleando contra los Stark, aplastando campesinos inocentes bajo los cascos de sus caballos mientras luchan, incapaces de ver que se acerca el invierno que va a barrerlos a ambos.
Ahora mismo en Madrid los taxistas pueden encontrarse entre los colectivos con menos simpatías entre la gente, y se lo han ganado a pulso. Yo entiendo que tengan que pelear por su futuro, pero lo que no se puede hacer es secuestrar a los ciudadanos para conseguirlo, que es lo que venían haciendo en cada una de sus reivindicaciones, con medidas como dejar sus coches aparcados en mitad de calzada de la principal arteria de la ciudad sin que nadie desde las administraciones públicas hiciera nada por llevarse esos coches, dando lugar a una curiosa paradoja: que un ayuntamiento que mata y muere por poner multas, mande quien mande en la casa consistorial, permitía diez mil coches aparcados ilegalmente sin dar salida a sus grúas… ¡lo que es el miedo!
En esto de chantajear a las Administraciones amenazando con traer el caos los taxistas no son los primeros, ni los que lo han hecho con mayor eficacia (los controladores aéreos lo hicieron durante años, y estos sí que tenían poco de lo que quejarse), pero lo cierto es que los ciudadanos de a pie empezamos a estar cansados de que ciertos colectivos nos utilicen para conseguir sus reivindicaciones, que, por cierto, acabamos pagando entre todos.
Siento mucho que alguien pague un dineral por una licencia de taxi y que pierda la oportunidad de revenderla más cara porque el mundo cambia y un nuevo modelo de negocio, en este caso los Uber y Cabify de turno, hagan que su inversión pierda gran parte de su valor, pero no tengo que ser yo el que tenga que sufrir por las peleas entre dos colectivos a los que, no me cabe duda, acabaremos indemnizando entre todos.
Como he dicho, no siento ninguna simpatía especial por un colectivo que intenta secuestrar una ciudad (han tenido éxito en Barcelona, donde la Generalitat se ha rendido ante el caos provocado, una de las pocas cosas que ha hecho la Generalitat en años, por otro lado), pero tampoco la siento por una multinacional como Uber o por una empresa como Cabify, y desde luego, siento bastante vergüenza por un Gobierno que se lava las manos, como el que ahora ocupa la Moncloa, deshaciéndose de un conflicto para dar lugar a diecisiete, en vez de centrarse en el verdadero problema: ¿Cómo lidia la administración con el cambio tecnológico?.
Porque el meollo de la lucha del taxi es cómo enfrentarse con nuevos modelos de negocio que son posibles gracias a la tecnología. VTCs ha habido siempre, pero solo han presentado un obstáculo para el oligopolio del taxi desde que la tecnología de geolocalización ha hecho posible una nueva manera de enfocar el problema de la movilidad, un cambio de enfoque que no ha hecho más que empezar: cuando llegue el coche autónomo cual caminante blanco, y salvo que la cada vez más patente incompetencia de nuestros políticos para adaptarse a la tecnología ponga trabas artificiales a su desarrollo, tanto el taxi como los VTC lo van a tener complicado para sobrevivir.
El coche autónomo va a ser una de las grandes revoluciones que se avecinan, no solo porque va a introducir nuevos competidores en la liza con ideas revolucionarias, sino porque puede dar lugar a un cambio brutal en el propio modelo de ciudad.
Todo el que esté viviendo la huelga del taxi en Madrid se ha dado cuenta de un efecto colateral de esta no esperado por nadie: sin taxis por las calles el tráfico ha mejorado de forma dramática. Se circula mejor que en agosto.
¿Cómo puede la falta de 15.000 coches notarse tanto en una ciudad por la que, en teoría, circulan millones de vehículos? Por una sencilla razón: porque el modelo de movilidad es absolutamente ineficiente, y en realidad, los coches apenas circulan por las calles, ya que están casi todo el tiempo parados.
Se estima que en una gran ciudad casi el 80% del viario público se dedica a coches que están casi todo el rato detenidos, y que en los momentos de mayor tráfico solo un porcentaje mínimo de ellos están en movimiento, por eso se nota tanto la falta de 15.000 coches, porque aunque parecen pocos frente a un parque automovilístico de millones estos si se están moviendo todo el rato (con clientes o sin ellos).
En relación con la futura llegada del coche autónomo hay dos grandes corrientes respecto a su uso en la ciudad:
Una, la que según Elon Munsk se acabará imponiendo, es aquella por la que un alto porcentaje de gente seguirá siendo propietaria de sus coches. Comprarás tu coche y este te estará esperando por la mañana en la puerta de tu casa, te llevará al trabajo (si es que no lo hace ya una máquina) y luego se irá a dar vueltas por la ciudad para autofinanciarse llevando a otras personas de un lado para otro mediante alguna aplicación informática.
Otra visión, aún más radical y en la que trabajan empresas como Uber o Google, es la que contempla ciudades casi liberadas de vehículos privados y en la que las soluciones de movilidad vengan de la mano de flotas de coches autónomos, con trayectos optimizados por algoritmos para poder optimizar su eficiencia.
¿Se imaginan la cantidad de espacio en las calles sin millones de vehículos aparcados? ¿Se imaginan lo que puede mejorar el tráfico si en vez de moverse los coches con un solo ocupante, como es el caso ahora, en cada vehículo entrasen cuatro o seis personas con destinos similares?
Pues siga imaginando, porque al paso que reaccionan las administraciones ante los cambios tecnológicos faltan muchos años para que alguien se atreva a dar un paso en ese sentido en este país, incluso cuando la tecnología lo haga viable.
Las administraciones son conservadoras, en algunos casos porque han de serlo (un coche sin conductor o un dron son potencialmente muy peligrosos), pero sobre todo son cobardes, y tienen más miedo a un colectivo cortando el tráfico que el que tienen en Invernalia a los caminantes blancos.
Gracias Raúl por reconocer en los primeros párrafos de su post su profunda disposición para «formar rancho aparte» (o si prefiere sus «ganitas» como dijo Benito Pérez Galdós). Por supuesto, la cara opuesta de esa disposición es la exclusión. Sí, no nos extrañamos de esa disposición y de su cara opuesta porque no somos iguales pero buscamos similitudes para sentirnos parte de algo un poco más grande que nosotros mismos. Sí, los clubes son un buen ejemplo de esa disposición, algo que motivó a quien fuera mentor y amigo, Jim Buchanan (Premio Nobel Economía 1986), a desarrollar una teoría de los clubes como parte de la acción colectiva voluntaria en el análisis económico.
Yo no he leido la saga de Martin y le reconozco que hoy lo poco que leo o veo sobre ficción está determinado por entender y ayudar a mis nietos menores. Para entender el poder yo no necesité la ficción: desde los 10 hasta los 22 años acompañé a un tío figura importante pero «secreta» de la política argentina en su lucha por el poder (terminamos mal porque maduré y le hice ver las deficiencias graves de su candidato para la elección presidencial de julio 1963 –ganó pero duró poco).
Parece que siempre se relaciona, de forma cuasi automática, el concepto de “derechos adquiridos” con avance y modernidad.
El avance también relacionado con lo que la humanidad ha ido descubriendo en todos los ámbitos, y que va aplicando a sus estructuras sociales.
A lo que nos resistimos, sin embargo, es a contemplar que el propio concepto de “derecho” y “adquirido”, puede ser contradictorio, y de hecho lo es con el principio de avance que parece avalarlo, porque ese movimiento no es compatible la “estabilidad” que se pretende adjudicar a aquello que consideramos como un “avance”, pero de intereses bastante particulares y localizados, en general.
Y sin embargo ese término está ligado a la dinámica imparable del desarrollo, en todos los campos, que puede abarcar la capacidad de hombre.
Los coches de caballos, aquéllos que pintaron y dieron forma a tantos escenarios literarios, sociales, los que se visualizan sin remedio cuando hacemos referencia al siglo XIX, y a los principios, o no tanto, del XX, aquéllos que dan sentido, aún, a la frase con las que los actores se desean suerte en los escenarios de los teatros, se rebelaron y no podían entender que el motor en un carro sin caballos, los relegaran de las calles, de aquéllos años.
Pero así fue, y su protesta no paró la llegada de los “taxis”….y el coche de caballos se cobijó en los relatos de Dickens, en la “Pequeña Edad de Hielo” que permitió patinar sobre lagos europeos, y aparcados delante de teatros que estrenaban obras y cuyos porteros se apresuraban a colocar tablas de madera al lado de las portezuelas, evitando así un enlodamiento seguro en los botines de nobles damas, pues en aquellos tiempos, carretera y calzada eran una misma cosa, y ninguna conocía el asfalto.
Sociedades que cuyos componentes también se creían con “derechos adquiridos” avalados y hasta “sacralizados” prácticamente por las mismas causas por las que actualmente en las sociedades de este nuestro “primer mundo”….(los que vayan después que arreen, y ya lo están haciendo), damos carta de ley a lo que consideramos también “derechos” inamovibles, y prácticamente “sagrados”….
El avance no solo tecnológico, sino seguramente el que viene dado, a pesar de las resistencias al cambio, cualidad constante de la naturaleza de la que formamos parte, se encarga de mostrarnos una y otra vez, cada vez en plazos de tiempo más cortos, que nada está atado a la “estabilidad” que hemos presupuesto, y la llamada que esta conclusión pareciera querer indicar, quizás la de abrir nuestra mente hacia la incertidumbre…, da la impresión que solo la escuchamos cuando ese avance se impone, por esa misma inercia, y entonces nuestra consciencia se tiene que adaptar, deprisa y muchas veces mal, a una nueva realidad.