Mandamientos y reglamentos

El Éxodo cuenta con minucioso detalle como Jehová entregó a Moisés las tablas de la ley en el monte Sinaí. Pero el pacto al que Jehová llegó con el pueblo judío no sólo incluía los conocidos diez mandamientos sino un auténtico “convenio” de normas, recogidas como si fuera un verdadero texto reglamentario, y selladas, literalmente, con un pacto de sangre (“entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo y dijo: he aquí la sangre del convenio que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas”). El “convenio” contenía prolijas normas de protección de la propiedad, como, por ejemplo, “si el ladrón es hallado forzando una casa y es herido y muere, no habrá culpabilidad por su sangre”; sobre “integridad”, como “no admitirás falso rumor” o “no seguirás a la mayoría para hacer el mal” y un extenso conjunto de reglas de convivencia.

Sin duda, esta imposición de un código moral a una sociedad primitiva debió suponer un abismal salto evolutivo. Era, por cierto, un texto similar a otros más antiguos, como el famoso código Hammurabi. Todo poder necesita una fuente legitimadora y, en ese momento, fue su origen divino. Moisés recibiendo directamente la ley como palabra de Jehová.

Pues bien, basta una simple lectura del código para darse cuenta de que en él se basan todas las leyes y normas que han reglamentado lo que hemos llamado el modelo occidental de convivencia, que, por mor de la globalización, se ha ido imponiendo en casi todo el planeta.

Es decir, desde que Moisés entregó las tablas de la ley, sus mandamientos y el reglamento que los acompañaba, con distintos ropajes, han venido rigiendo los destinos de las sociedades de este modelo, convirtiéndose en el verdadero ADN de nuestra forma de convivencia.

Ciertamente, las normas han evolucionado (la esclavitud que entonces se regulaba extensamente hoy se considera inaceptable), ha cambiado su principio legitimador, su denominación y su fuerza coactiva; pero el código nuclear sigue ahí vivo, configurando el modelo.

Sin entrar en demasiados detalles, podíamos decir que, mientras las órdenes religiosas tuvieron el suficiente poder, el código se impuso a través de una moral aceptada o impuesta bajo sanción de condena eterna (y desde luego humana). La ley tenía un origen divino, como también el poder en la Tierra, vicario de la divinidad. Reyes y nobles ejercían el poder e imponían su ley en nombre de una deidad a su medida.

Ante el abuso de los representantes y la consiguiente decadencia de la autoridad de las Iglesias, las revoluciones ilustradas, hacen un juego de manos, y nos cambian la moral por la ética. Así, tras el deicidio que perpetró la Ilustración cuando entronó a la diosa Razón, el código que había ordenado el modelo occidental de convivencia, fue desprovisto de trascendencia y rebautizado como ética. Filósofos como Kant trataron de apartarse de esa ética material, inspirada en el código moral, para acercarse a lo que llamaron una ética formal, basada en el deber por el deber: la acción ética era, no lo que se realiza por utilidad o satisfacción, sino por puro deber (“la necesidad de una acción por respeto a la ley”). Pero lo cierto es que el antiguo código moral siguió siendo el sustrato que inspiró el nuevo orden social.

En el modelo que entonces surge, el “convenio” de Jehová con su pueblo se sustituye por un “contrato social” que suscribe el pueblo consigo mismo y con sus gobernantes y que se basa en el respeto a la ley como máxima expresión de la Razón. Paralelamente, la ley se concibe como una norma autoimpuesta, en cuanto creada por el propio pueblo a través de sus representantes. El pacto implicaba que la ley se inspirarse en la ética, de modo que estableciera la justicia. La fuente legitimadora del poder deja de ser algo externo –Dios- para ser interno: el propio pueblo.

Paralelamente, las estructuras estatales consolidan el suficiente poder coactivo como para imponer las leyes y el Estado se reserva el monopolio de la fuerza legítima. La fuerza que antes ostentaron los nobles cede ante el empuje de la organización burocrática de los Estados Nación.

Pues bien, este orden establecido en el periodo revolucionario, se encuentra hoy en franca decadencia. Del mismo modo que anteriormente la moral entró en crisis, también lo está actualmente la ética, el contrato social revolucionario e incluso la legitimidad del Estado para imponer la ley por la fuerza.

Hemos visto así como grupos de individuos (más o menos numerosos) tratan de imponer su voluntad por encima de las leyes, mediante el uso de la coacción, cuando no directamente de la fuerza, atribuyéndose su uso como si fuese una manifestación legítima de un principio democrático -entendido a su manera- y despreciando el poder del Estado como si se tratara de una expresión totalitaria.

De este fenómeno tenemos ejemplos muy concretos en los últimos tiempos como serían los “chalecos amarillos” en Francia o las manifestaciones de taxistas en Barcelona o Madrid. Pero también se aprecia, con mayor crudeza, en supuestas expresiones de democracia, como el separatismo catalán. Todos ellos colocan la voluntad de unos cuantos (muchos en el caso catalán) por encima de la ley en virtud de un amorfo principio democrático.

El virus que ha generado la crisis a la que asistimos se encontraba latente en el propio planteamiento ilustrado. En efecto, si el contrato lo asumía cada uno y la ley es una especie de expresión de la suma de voluntades individuales, ¿por qué no puede el individuo disponer a su antojo de la propia ley?

Las estructuras que sostuvieron intelectualmente al modelo están agrietadas: los representantes del pueblo son considerados poco capaces y menos fiables y, su principal producto, es decir, las leyes, más fruto del capricho que de una reflexión inteligente enraizada en una ética profunda. Si estos dos factores fallan, flaquean el respeto a la ley y al Estado como titular del monopolio de la fuerza legítima; socavándose así el contrato social.

Nos encontramos en un momento delicado en el que las bases que han sostenido a nuestro modelo social durante siglos se resquebrajan, sin que, sin embargo, se atisbe el siguiente paso de la humanidad. Asistimos al desvanecimiento de la moral y de la ética sin un sustituto y a la caída de las dos fuentes de legitimación del poder -la divina y la humana- sin que se nos alcance una renovación del pacto.

¿Bajará de nuevo Moisés del monte Sinaí para propiciar un nuevo salto evolutivo?

3 comentarios

3 Respuestas a “Mandamientos y reglamentos”

  1. O'farrill dice:

    No creo que eso vaya a ocurrir y, desde luego, todo lo que no intentemos hacer los comunes mortales, nos lo darán hecho e impuesto los más listos (que no inteligentes). Estamos ante una situación que más se parece a la de Sodoma y Gomorra en la que el hedonismo, la diversión y la comodidad, se han convertido en nuevo ídolos. Los valores que ese contrato social para la convivencia menciona Isaac, se han visto sustituidos por otros diferentes y la degradación progresiva de la sociedad hábilmente diseñada, nos pretende convertir en seres sin voluntad propia.
    Pero aún hay manera de reaccionar a todo ello o, por lo menos, de no facilitar tal proceso en el que parecen estar involucrados poderes que se nos escapan pero que intuimos en su globalización. Vemos como todo aquello que se supone información independiente y objetiva, ha dado paso a un sutil adoctrinamiento mediático que resulta difícil combatir desde los últimos reductos de rebeldía.
    No se trata de «la imaginación al poder», ese grito que retumbó desde las universidades francesas en el 68, sino más parece «la incompetencia al poder» que diariamente vamos constatando. Porque, si no es incompetencia sería aún peor, puesto que implicaría intereses malvados.
    El mundo se ha convertido en un laboratorio sujeto a experimentos de aprendices de brujo con sus habitantes. Unos aprendices que no han entendido nada de los maestros e incluso tienen la osadía de enfrentarlos, creando reglas de juego a su capricho o en función de intereses parciales supuestamente ideológicos. Se juega con la provocación y la reacción a la misma, de igual manera que un niño puede meter en un frasco diferentes insectos y ver qué pasa en su interior. Pero, lo más grave, es que lo hacen apoyados por otros que todavía no han percibido que ellos serán los siguientes. La mentira, la fabulación, los cuentos se han apoderado de la sociedad. Alguien dijo que «un sistema totalitario actual no necesitaba servirse de la coacción o la fuerza, sino convenciendo a los demás de que, con ellos, serán más felices.» En eso están. Un saludo.

  2. Manu Oquendo dice:

    Felicitar a D. Isaac. Al igual que Mr. O’Farrill no creo que, de momento, suba ningún Moisés a la montaña para recibir un nuevo «convenio» o «covenant» porque ya se encargan otros de legislarlo en plan apisonadora multinivel.

    El último párrafo que precede a la pregunta final dice así:

    Cita
    «Nos encontramos en un momento delicado en el que las bases que han sostenido a nuestro modelo social durante siglos se resquebrajan, sin que, sin embargo, se atisbe el siguiente paso de la humanidad. Asistimos al desvanecimiento de la moral y de la ética sin un sustituto y a la caída de las dos fuentes de legitimación del poder -la divina y la humana- sin que se nos alcance una renovación del pacto».
    Fin de cita.

    Hombre, puestos a buscarle vueltas, la palabra «desvanecimiento» quizás podría ser sustituida por «demolición» o «deconstrucción» deliberada.

    Desvanecimiento sugiere un proceso accidental que puede ser fruto del azar o de la mala suerte.
    No es el caso porque al menos desde los años 60 se viene destruyendo cualquier fundamento moral o ético que no convenga a la vigente estructura de poder.
    Además se siembran de forma obligatoria nomas que aceleran el proceso de demolición. Como si tuvieran prisa.

    En paralelo, esta estructura de poder social se ha convertido en prisionera de sus propios intereses. Los rendimientos del sistema ya no son ni siquiera decrecientes sino negativos y el puente de mando se viene activamente preparando para el uso de la Coacción y la Fuerza –física y psicológica– degradando la fortaleza social del anterior «Convenio». Rompiendo la propia sociedad hasta hacerla inviable.

    Curiosamente uno de los científicos que llevó herramientas educativas para este fin al sistema escolar público USA –luego por ósmosis se extendió a la UE– experimentó sus teorías en dos estructuras educativas: La escuela pública de los EEUU y el Kibutz como forma de democracia socialista. Se trata de Lawrence Kohlberg.
    https://es.wikipedia.org/wiki/Lawrence_Kohlberg

    Es decir….lo llevamos claro porque las «fuerzas del mal» nos llevan, al menos, más de 40 años de ventaja, se lo curran muy duro y…………….se financian de nuestros impuestos. Y están en todas las Instituciones.

    Por cierto, pediría a Isaac que, si no es excesivo esfuerzo, nos complemente su gran artículo con un enlace o la referencia bibliográfica que pueda de forma sintética ilustrarnos sobre más detalles del «reglamento». Ayudará en la difusión «osmótica» de estas cosas.

    Un saludo y buenos días.

  3. EB dice:

    Isaac, justamente cuando publicó su post me encontraba en Sicilia tratando de entender su larga historia. Una primera visita para entender la contención de nuestro lado oscuro, y ojalá pronto una segunda para entender la promoción de nuestro lado brillante. Las dos intenciones —la contención y la promoción— son complementarias en el sentido de que la primera es condición necesaria pero no suficiente para la segunda. Como muestra de la historia de la humanidad, Sicilia es un caso interesante porque por su pequeño territorio han pasado muchos, muchísimos, para bien y para mal de quienes temprano se quedaron a vivir allí. La Sicilia de hoy está marcada por un legado biológico y cultural rico para entender los desafíos de esas dos intenciones, en particular cómo los quiebres en la contención de nuestro lado oscuro socavan la promoción de nuestro lado brillante.

    Plantear una teoría de nuestra historia basada en esas dos intenciones requiere un esfuerzo grande, partiendo por precisar conceptos de uso frecuente en el análisis de la conducta humana (comenzando por moral, ética, religión, derecho) pero ambiguos. Y luego se necesita explicar cómo los humanos a nivel individual —el nivel en que la idea de intención es relevante— hemos evolucionado, cómo los humanos hemos interactuado generando patrones de conducta y resultados que no se corresponden con ninguna intención individual, y cómo esos patrones y resultados han motivado ajustes y adaptaciones a nivel individual. Gracias a lo mucho avanzado por otros, mi apuesta personal es que hoy una teoría sintética de nuestra historia es posible.

    En su post usted intenta “resumir” nuestra historia post-Moisés planteando dos etapas (primero la moral, luego la ética, o mejor dicho la fe y la razón) para argumentar que hoy nos hemos quedado sin alternativa y solo cabe rezar por la vuelta de Moisés. Imaginamos el caos y por consiguiente el fin del mundo, pero la historia muestra que hemos podido superar los quiebres en la contención de nuestro lado oscuro. El problema es el costo que habrá que pagar para superarlos.

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