
El otro día, Inés Arrimadas comentó en una entrevista que iba a “intentar que la maternidad no le afectara en el trabajo”. A mí me dio un poco la risa, pero supongo que solo alguien que no es madre aún, puede albergar una pretensión así (Dicho esto con toda la condescendencia y superioridad moral que poseo, que es bastante)
Creo que cometemos un terrible error al siquiera pretender ser las mismas mujeres que éramos antes de parir, pero la responsabilidad en esto no es solo nuestra porque, socialmente, se nos pide que no se note que hemos parido. Que nos subamos al carro laboral, personal, sentimental, estético y social rápidamente tras unos meses “descansando” con nuestros bebés. El discurso general parece estar diciendo: “Durante el embarazo os hemos respetado, os hemos cedido el sitio en el metro (No siempre), hemos comprendido que dejarais de trabajar a los ocho meses por vuestras movidas médicas, hemos entendido el cansancio, los vómitos y tal, pero ahora ya habéis parido, así que ¡venga!, a recuperar el tiempo perdido”. Subirse a un carro en marcha recién parida, implica echar a correr con varios puntos en la vagina debido al desgarro (Si os da grima leerlo, imaginad vivirlo), y en el caso de una cesárea muchos más, los órganos intentando volver a donde estaban, aún sin éxito, hemorroides del tamaño de tu bebé y unas bromistas hormonas que te llevan de la euforia a la angustia en una fracción de segundo.
Hay una frase maravillosa en la película “Joker” que el protagonista escribe en su diario: “La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”. Ser madre no es una enfermedad mental, pero sí que implica una impactante alteración biológica y psicológica transitoria (En el mejor de los casos) Es una transformación brutal que, como nos piden, debemos disimular. ¿Por qué?
Primero: Por no parecer unas perturbadas. Desde el principio de los tiempos, nos vemos obligadas a demostrarle al mundo que no somos débiles, y la vulnerabilidad, por lo visto, evidencia que somos unas blandengues. Si no te sientes igual un día u otro significa que estás loca. Pues no, amigos, significa que estoy viva.
Segundo: Porque te tienes que incorporar al mundo laboral inmediatamente y convencer a tu empresa de que les compensa seguir contando contigo y que no tienen razones para creer que ahora no eres capaz de hacer tu trabajo. Aun así, el peor guion de mi vida lo escribí dos meses después de tener a mi hija porque la cabeza no me funcionaba, mi mente estaba inmersa en criarla y protegerla, mi biología me impedía concentrarme como antes y no tenía espacio para nada más. No lo decidí yo, fue mi cuerpo. Luego me recuperé, por cierto, y empecé a escribir incluso mejor que antes (Ofertas laborales aquí, gracias).
Tercero: Porque tu pareja podría asustarse y NO QUEREMOS ESO; queremos que crean que seguimos siendo las de antes, solo que ahora además somos madres súper sanas que hacen tartas de arándanos y están siempre relajadas, equilibradas y contentas por haber conseguido nuestro objetivo vital. Porque, una vez más, estamos tan asustadas, que lo último que necesitamos es que se asuste nuestro entorno. Porque tu pareja siempre te ha entendido, excepto en esto en lo que tú misma no te entiendes, haciendo imposible que te entienda nadie más.
Cuarto: Porque como estamos todas disimulando para no ser desterradas de la vida laboral y social, da la sensación de que eres la única inmersa en esta intensidad; eres una floja, a nadie le ocurre eso, están todas trabajando y tan contentas, ¿qué te pasa? ¿Por qué las otras madres parecen estar hechas de cemento y tú de papel Pinocho?
Quinto: Porque tú eres la primera sorprendida con todo lo que te atraviesa, porque a ti esto no te iba a pasar, tú no ibas a tener miedo, tú no ibas a ponerle seis capas a tu niña por si se resfría, tú no ibas a sentir ganas de llorar a todas horas porque te sientes sobrepasada, no ibas a ponerte a la defensiva cuando tu madre te da un consejo, no ibas a dudar de si tu leche alimenta lo suficiente a tu hija, no ibas a obsesionarte con que no come, no ibas a pensar que tiene una meningitis letal cada vez que la fiebre le sube a 39. Porque tú tienes una buena relación de pareja y estabas segura de que eso no iba a cambiar (¡SORPRESA!) Tú ibas a ser una madre hippie; a moverte ligera por el mundo, y no una de esas que viajan a Chinchón como sherpas, cargadas con todo tipo de bártulos inútiles “por si acaso” (Vaya histéricas). Tú no ibas a mirarte al espejo preguntándote cómo vas a acostumbrarte a este nuevo cuerpo porque, obviamente, tú no ibas a preocuparte por la estética en el momento más trascendente de tu vida. No, esto no te iba a pasar a ti porque tú no eres así, pero es que ya no eres tú: Ahora eres otra.
En una sociedad en la que se valora tanto permanecer igual, esta transformación resulta aterradora. “No cambies nunca”, rezan las tarjetas de cumpleaños. “Yo he sido siempre el mismo”, se jactan muchos sin pudor alguno. “A mí no me va a cambiar nadie”, amenazan con orgullo los que están encantados de conocerse. “¡No has cambiado nada!”, nos decimos tras unos años sin vernos, como si éste fuera el epítome de los piropos.
La maternidad te va a afectar, Inés, lamento decírtelo. Y podemos optar por intentar disimularlo y asegurar que estamos exactamente igual que antes, o podemos hacerles un gran favor a todas esas mujeres que ahora están pasando por esto y confesar que tener hijos te cambia, y que no pasa nada. Porque, en el fondo, sería un fracaso experimentar algo así para quedarnos exactamente como estábamos. Así como sería un fracaso llegar a morirnos sin haber sufrido ninguna transformación a lo largo de nuestro ciclo vital.
Y al final, parece que nos están pidiendo que pasemos por la vida de puntillas y que, si metemos el pie en un charco, no nos manchemos, no nos mojemos, que lleguemos impolutas a nuestras nuevas vidas, como si ahí fuera no lloviera, como si fuéramos impermeables.
En definitiva, creo que hay dos formas de vivir (Igual hay más, pero este cierre me va mejor): Meterse en los charcos con todas las consecuencias, o esquivarlos y seguir caminando como si nada. Y mi hija me ha enseñado que la primera es mucho más divertida.
Bárbara, comento su post con la esperanza de que usted tenga el coraje de publicar una crítica a sus ideas, algo que sus colegas varones parece que nunca han tenido.
Por supuesto que la maternidad afecta a las mujeres. Y también a los hombres, por lo menos cuando se han hecho cargo de los recién nacidos (no puedo hablar por los que no se hicieron cargo porque me lo han ocultado si es que los tuvieron). Ya mis nietos son grandes y he visto en mi familia más amplia muchos nacimientos en contextos sociales diversos. Jamás diré que todas las madres reaccionaron igual a su nueva condición, pero sí puedo decir que los peores momentos durante el embarazo. Mi impresión es que es en esos nueve meses cuando algunas mujeres reaccionan negativamente pero es lo mismo que nos pasa a todos cuando estamos pagando el costo de algo y todavía el beneficio nos parece lejano. A mi juicio lo único que ha cambiado en las últimas tres generaciones que he observado en mi larga vida es que hoy todos hablan más –diría mucho más de lo necesario, en particular las mujeres. «Todos» sienten la necesidad de contar a otros lo bien y lo mal que la están pasando, más como desahogo que como forma de compartir alegría o buscar consuelo. No se puede hablar tanto con personas a quienes no interesa entrometerse en la vida de los demás, y mucho menos con las muchas personas que sí muestran interés en entrometerse a pesar de su ignorancia sobre las circunstancias de la madre o el padre que está «luchando» con su nueva «guagua». La pregunta es por qué hablamos y escribimos tanto si tenemos tan poco que decir.
Estoy seguro que a usted o a otra madre nadie le está pidiendo que pase por la vida de puntillas. Muchos sí pedimos que no hagan ruido porque no nos gusta molestar a los demás, ni que los demás nos molesten.
Querido EB:
Solo le pido a usted que predique con el ejemplo; si, efectivamente «tiene usted poco que decir», no lo haga. Y si le molesta que hagamos ruido, evite hacerlo usted en este blog. Gracias por comentar. Un saludo.
Nunca he sido madre; es más, ni siquiera he tenido jamás una pareja por más raro o insólito que pueda sonar. Nunca una pareja, ni una criatura que me haya quitado el sueño más de lo que me lo quitan los hijos de las madres que ―desde mi opinión tan en absoluto fundamentada― doy en pensar, sin saber por qué, que no los consideran más que una especie de daño colateral que no queda otra que soportar aunque sea a regañadientes.
No me dan pena ninguna los hijos de las madres que, como de forma tan encantadora relatas ―y perdona porque, te confesaré, me has arrancado alguna que otra carcajada―, encajan, sin pudor y con todos los miedos e histerias que haga falta, que sí, que esa cosita llorona y meona que come o no come y duerme o no duerme sin explicar el porqué, a la que abrigan (abrigáis) en exceso por temor a que pueda coger frío, la que os hace perder la noción del tiempo y del espacio que advierten de que Chinchón está ahí, a un paso, y que es del todo innecesario echar el bofe acarreando ‟por si acasos“; que esas cositas son, y que salga el sol por donde quiera, el centro de vuestras vidas.
Ah, y un placer que hayas vuelto; quiero pensar que para publicar con regularidad.
Hay momentos en la maternidad –la observada por un servidor, claro– en el cual la madre dice sentirse como «una cosa» que vive exclusivamente para eser ser que acaba de salir a la luz tras meses de íntima convivencia con ella. A veces hay daños físicos que hay que superar y momentos de depresión y de lágrimas entre otros de inmensa felicidad y posiblemente hasta una gran euforia física o espiritual.
En esas semanas, días, minutos u horas, lo que procede es «compartir» todo lo posible, estar al quite, ayudar en las muchas tareas y dar cariño a esa persona que es nuestra compañera, la encargada de traer vida y de ser la parte más crítica y crucial de un viaje que nunca va a terminar.
Personal y colectivamente estamos ante un papel «sacramental» y uno no está seguro de que nuestras sociedades actuales sepan o quieran verlo de esta forma. Es más estoy seguro de que se intenta degradar intencionalmente. Un grave daño que está en la base de nuestro decaimiento moral que parece buscado.
Afortunadamente la vida sigue, gracias a ellas, nuestras madres y todos aquellos seres que –con o sin hijos físicos– practican esa versión del amor que se conoce como «agapé» desde la antigüedad. El amor que lo da todo por el bien del ser amado sin pedir nada a cambio. No es fácil. Pero quien lo ha recibido lo reconoce y lleva una marca indeleble de agradecimiento y de respeto. Ha recibido un «don» divino que nos da luz y sentido para el largo camino que tenemos por delante. Luz y sentido que debemos transmitir más allá de egos efímeros.
En fin, que muy buenos días a todos y muy especialmente a las dos señoras que han regresado al blog. Bárbara y Alicia.
Probablemente la Sra. Arrimadas se refiriera a cuestiones como la dedicación de tiempo al futuro bebé. En su entorno hay varios casos que acreditan cómo se puede traspasar tal dedicación a otras personas previo pago del servicio. Otra cuestión muy distinta (y por supuesto más importante) es el sentimiento de maternidad o paternidad ante algo supuestamente deseado o, en su defecto, ante algo que llega sin encontrarnos preparados para recibirlo como se debe y atenderlo hasta el final de los días desde la responsabilidad obligada.
Como en la feria hay de todo, es muy difícil establecer un patrón -madre agobiada por la maternidad, versus padre no agobiado por la misma circunstancia.- que ha sido como un dogma de fe en el que creer: madre víctima de la maternidad frente a padre que disfruta de la paternidad. Todo ello reconociendo que la reproducción de un ser, no puede hacerse sin la concurrencia y la voluntad de ambos, pero donde la mujer tiene que pasar peores tragos, tal como Bárbara describe ampliamente pero, una vez pasados, las fases siguientes ya son (o deben ser) compartidas, para lo bueno y lo malo.
Personalmente puedo aportar que he vivido día a día, minuto a minuto con mi hija desde el propio paritorio. Que he pasado y sufrido tantos sustos o alegrías como pueda haberlos tenido la madre. Es más, añadiría que mi hija ha sido (y sigue siendo) la mayor alegría de mi vida con sus rabietas y rebeldías, con sus capacidades o incapacidades, con sus noches en vela y con sus bromas diarias. Por eso lamento que se intente establecer tales patrones de «madres buenas y sufridoras» y «padres irresponsables y malos». Insisto, en la vida hay de todo y todos tenemos que pasar por buenos y malos momentos. Lo más importante de todo es la recompensa final: los hijos, verlos crecer, coger sus mochilas al hombro y buscar su propio camino sabiendo que al lado, cuando lo necesiten, van a estar sus progenitores para apoyarlos.
Un saludo.
Nadie puede saber lo que es parir si no lo ha hecho. Lo que es que otro ser salga de tí. Pero daos cuenta de una vez que un parto es algo tremendo a nivel físico para una mujer:
1) Mi cuerpo ayer pesaba 15 kg más que hoy (si, amigos, en mi primer parto perdí un montón de kg en un día, como muchísmas madres). Estoy alteradísima por las hormonas, y aún mis órganos no están donde estaban, con todo lo que ello supone. Con mi primera hija, me fui a pasear justo después de dar a luz (lo que me valió una bonita infección de puntos). Con la segunda, aprendí la lección.
2) ¿qué pasa con la lactancia? La OMS la recomienda hasta los seis meses de vida del bebé. Así que, hay que buscar soluciones. No es cuestión de repartirse tareas. Es cuestión de que si la familia se plantea esta opción para alimentar a su hijo, pueda hacerlo.
Soy mujer, así que sólo puedo opinar desde mi punto de vista. Y es que estoy un poco hasta el higo de que me juzguen. Soy una mujer adulta que, junto a su pareja, ha tomado la decisión que ha estimado oportuna como solución de familia. Esto no significa piense que las demás no sirven.
Respeto profundamente a las madres que trabajan a jornada completa, llegan a casa justo antes de la cena. Es su opción, y está bien. Pero no creo que sean modelo de nada (queridos medios de comunicación, dejen de sacar reportajes de directivas con tropecientos hijos y un ejército de niñeras como el «modelo de maternidad» cada día de la madre).
Respeto profundamente a las madres que, como yo, tienen jornadas reducidas, o trabajos «especiales» que les permiten cuidar de sus retoños. Yo siento que lo necesito físicamente estar con mis hijas, pero conozco a gente que no lo siente así, y tampoco pasa nada. De nuevo, es una opción, no un modelo.
Respeto profundamente a las madres que han decidido quedarse en casa. Ahí puedo opinar menos. Son cada vez menos las familias que económicamente se lo pueden permitir.
Y en cuanto a los padres…. pues mira. Como las madres. Los hay de todos tipos y colores. Sólo que a ellos, se les juzga menos.
Cada familia, es un mundo. Es única y maravillosa. Respetemos un poquito a los otros.
Como bien dice Bárbara, tener un hijo te cambia, lo quieras o no. Y lógicamente la transformación en la mujer (desde el mismo momento de la concepción y el embarazo) es mucho mayor ya que los cambios hormonales y del cuerpo en general son enormes en ellas. En el fondo sabemos poco del funcionamiento de nuestro cuerpo y estoy seguro de que están todavía por descubrir todas las implicaciones que tienen esos cambios en nuestro cerebro por ejemplo y, por tanto, cómo afecta a la manera en que sentimos y que pensamos.
Los padres también cambiamos, seguramente más desde el punto de vista psicológico y del día a día. No quiero, ni pretendo, competir con las madres en esto, no tiene sentido.
Lo que sí quiero decir es que la experiencia de ser padre es una bendición, ésa es mi experiencia personal. Te transforma como persona, te das cuenta que la vida es algo más que trabajar, tener ocio, progresar profesionalmente o económicamente, pasárselo en grande con los amigos, viajar, etc.
De repente te encuentras con una personita que te limita muchas de las cosas que hacías antes. No puedes quedar tanto con los colegas, no puedes viajar tanto y, cuando lo haces, estas condicionado por los horarios, bibes, etc.
Pero te das cuentas de que estás haciendo lo que tienes que hacer, que estás en algo importante, mucho más trascendental que todas esas actividades a las que antes dabas tanta importancia. Te percatas de que la vida es algo más que todo eso a lo que antes valorabas tanto. ¡Qué gran descubrimiento! Es esa sonrisa infantil que te roba el corazón, esa alegría compartida al comprobar los pequeños descubrimientos de ese pequeño ser. Frente a todo eso las incomodidades que tiene la nueva situación se superan con facilidad.
Por eso, cuando muchas parejas jóvenes se resisten a tener niños por los inconvenientes que suponen, me entristece pensar que no saben lo que se están perdiendo, ya que es algo que nos hace crecer como personas.
Bueno, tampoco me quiero poner dramático, que, aunque se sea padre, también se puede disfrutar de los viajes, de cine, de la pareja, etc ¿eh?
P.D. Como siempre, me encanta tu manera de escribir Bárbara, con esa mezcla de sentido del humor y mensaje. ¡No cambies nunca! (en eso)