
El 14 de marzo de 2004, el PSOE liderado por José Luis Rodríguez Zapatero, ganó las elecciones generales en España, tres días después de los atentados terroristas en la red de cercanías de Madrid.
Además de retirar las tropas españolas desplegadas en Irak, una de las primeras decisiones de este gobierno fue la paralización del calendario de aplicación de la LOCE (Ley Orgánica de Calidad Educativa), promulgada el 23 de diciembre de 2002 por el segundo gobierno de José María Aznar. De esta manera, aunque la ley de educación que pretendía sustituir a la LOGSE ya se había aprobado, nunca entró en vigor.
Posteriormente, en 2006, tanto la LOCE como la LOGSE serían derogadas, para ser reemplazadas por la LOE (Ley Orgánica de Educación), una ley que mantenía muchos de los planteamientos de la LOGSE y que consiguió sostenerse hasta que, después de las dos legislaturas de Zapatero, el PP accedió de nuevo al poder, ganando las elecciones de noviembre de 2011 con una considerable mayoría absoluta.
Dos años después, en diciembre de 2013, se aprobó la LOMCE, la controvertida Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa conocida como ley Wert. Una ley que, sin ninguna duda, ha sido la más rechazada por el mayor número de colectivos vinculados con la educación, incluyendo los de ideologías afines. Tanto es así que, en cuanto se aprobó, solo con los votos del PP, el resto de los grupos políticos acordaron derogarla en cuanto fuera posible. Hay que añadir, además, que la actitud y las declaraciones del ministro de educación encresparon todavía más la situación.
Finalmente, con Wert ya fuera de juego, después de dos elecciones generales, la pérdida de la mayoría absoluta, el acceso de Ciudadanos y de Podemos al Parlamento y la investidura in extremis de Rajoy, gracias a la dimisión forzada de Pedro Sánchez y la abstención de gran parte de los diputados del PSOE, el PP aceptó que, efectivamente, la LOMCE debía sustituirse por una nueva ley de educación, una que surgiera como resultado de una negociación y de un acuerdo de mínimos, capaz de resistir los vaivenes políticos.
Y, para llegar a este acuerdo, el pleno del Congreso ratificó, el 21 de diciembre de 2016, la creación de una Subcomisión encargada de buscar un Pacto de Estado Social y Político sobre el que construir una Ley Básica de Educación. Las conclusiones deberían estar listas en el plazo de seis meses. Un plazo excesivamente optimista, como se demostró.
Después de un año de trabajo de una treintena de parlamentarios y de la comparecencia de 80 expertos, el 14 de diciembre de 2017, se acordó un guion de 15 puntos (financiación, equidad, profesión docente, religión…) sobre los que comenzar a negociar en enero, a lo largo del primer semestre de 2018. Si todo iba bien, el Pacto debería cerrarse antes del verano, junto con el actual curso escolar.
Pero no ha ido bien. Pasadas las navidades empezaron las fricciones, ya en la primera reunión. Para sacar adelante los acuerdos, se había aceptado una mayoría de dos tercios del Congreso, 234 diputados sobre un total de 350; sin embargo, a la vuelta de vacaciones, los representantes de Podemos se opusieron por completo a esta decisión, porque entendían que esta mayoría le otorgaba al PP el derecho de veto, puesto que, necesariamente, tendría que estar a favor de todo lo que se votara. En su lugar, Podemos proponía aprobar los acuerdos por mayoría absoluta (176 diputados). Al final, PP y PSOE impusieron que la mayoría necesaria para sacar adelante las medidas fuera de tres quintos (210 diputados). Esta sería la metodología. Pero pactar consiste en acordar algo después de una negociación, en la que se da y se recibe; los acuerdos se toman por consenso, no se imponen por votación. Y este tira y afloja por las mayorías anticipaba un ambiente poco conciliador.
Y se pasó a discutir el primero de los puntos, “Principios, objetivos y desafíos en el sistema educativo español”, un tema lo suficientemente impreciso y general como para pasar por él sin sobresaltos. No como el siguiente punto, el de la Financiación, que ha bastado para que se rompa la negociación. El 6 de marzo, en solitario y por sorpresa, el PSOE decide abandonar los trabajos de la Subcomisión, mientras que el Gobierno no se comprometa a incrementar el gasto en educación hasta, al menos, el 5% del PIB; todo esto, sin que todavía se hayan debatido los restantes puntos, que proporcionarían una visión más ajustada de lo que sería necesario gastar.
Al día siguiente, Podemos también se sale de la Subcomisión y llama a la “movilización en las calles” para protestar contra el Gobierno y su política educativa, como en los mejores tiempos de la marea verde.
Parecía claro que, igual que sucedió con el Pacto que propuso Ángel Gabilondo, entonces ministro de Educación, en el año 2010, todo se torcía en el último momento. Ahora por el abandono del PSOE, y en aquellos tiempos por la negativa del PP; y ambos en vísperas de unas futuras elecciones con el partido de la oposición debilitado.
Pero el PP no lo ha dado por perdido y, un mes después de la espantada del PSOE, el ministro de educación, Méndez de Vigo, anuncia que acepta el 5% que pedían los socialistas y está a la espera que de vuelvan a la mesa de negociación. Y así estamos. Como en una partida de mus: el PSOE lanza un órdago y el PP lo quiere. Entre tanto, la LOMCE sigue en vigor; y se necesitan, como mínimo, tres años para elaborar e implantar una ley nueva que la sustituya, tanto si la impone una mayoría como si se acuerda en un consenso.
Pero da igual. Parece que la educación sigue siendo, ante todo, un arma política e ideológica y que lo que prima es la rentabilidad electoral. La causa de la ruptura han sido los dineros, pero bien podría haber sido los conciertos educativos, el estatus de la religión en los currículos o la lengua vehicular en la que se imparten las enseñanzas. Todos ellos aspectos secundarios cuando se trata de mejorar un sistema educativo claramente deficiente.
Entre tanto, las escuelas siguen funcionando, obedientes a la normativa vigente en cada momento, resignadas a que la ley cambie con cada mayoría electoral, aceptando que lo que se hace en ellas tenga poco o nada que ver con las necesidades personales y sociales. Con pacto o sin él, la institución es lo suficientemente grande y tiene la suficiente inercia como para sostenerse indefinidamente.
El miércoles 9 de mayo de 2018 se dieron por finalizadas las reuniones de la Subcomisión. Tanto el PP como Ciudadanos confirman el fracaso de las negociaciones. No ha podido ser. Ni se pretendía.
Efectivamente, la Educación es (y ha sido siempre) un arma política e ideológica. De ahí el peligro de dejarla en manos del gobierno de turno. Para el «poder» es una forma de mantener la sumisión ignorante a la que «orientar» en determinados aspectos. No hay más que ver los contenidos de los programas educativos escolares, que deberían ser la base sobre la que construir conocimientos cada vez más sólidos.
Esperar que unos u otros vayan a renunciar a ello es «esperar a Godot». Un absurdo. Por eso los ciudadanos empiezan a dar sus propias respuestas y, los que quieren o pueden, se implican cada día más en la educación de sus hijos, a pesar de que ello representa un enfrentamiento con el sistema educativo, que ha tenido que imponer por ley la escolaridad obligatoria. Nada debe escapar al control del «poder» y todo debe ser regulado.
Llevo toda mi vida con una pizarra en la habitación de mi hija donde intento suplir las muchas carencias educativas del sistema. Todo empezó con algo tan simple como la Caligrafía o la Ortografía. Cuando su profesor me dijo que ya no era necesaria porque existía el ordenador. me di cuenta de que el «pragmatismo educativo» se orientaba a hacer nuevos esclavos productivos (lo que interesa a las empresas) en lugar de abrir las puertas y ventanas de la libertad de saber y aprender. El sistema necesita analfabetos crónicos tecnológicos a los que imponer su forma de vida.
Un saludo.
Nos enfrentamos a una crisis económica y por tanto de modelo social, de envergadura, aún no reconocida.
Y de algún modo, todas las alternativas propuestas para su superación, no hacen sino intentar mantener el mismo modelo que ha colapsado.
Seguimos funcionando bajo una utilización mínima de nuestras capacidades biológicas, con un porcentaje muy pequeño aún de sinapsis neuronales que son posibles.
Aún así, la mayor preocupación de los Sistemas Educativos es seguir manteniendo la misma estructura social en situación “critica”.
Eso explicaría, de alguna manera, que el mayor énfasis a la hora de abordar los Planes de Educación, se centre en los poderes políticos y en la oportunidad e interés de éstos en cada momento.
De esta manera se podría entender cómo la esencia que debe presidir el trabajo educacional: ayudar y ayudarse a bucear, profundizar y desplegar capacidades en los que los receptores de esa acción, y los mismos educadores, encuentren las herramientas singulares que les ayuden a desarrollarse…., desaparezca.
Pero entonces…¿cómo, desde ese bucle limitante, se podrán aumentar los caminos que conduzcan a descubrir nuevas formas de modelo social?.
Es decir, ¿no sería posible, que una de las razones por las que el actual sistema se esté perpetuando a sí mismo, a pesar de que todo apunte a su insostenibilidad, sea también que se está evitando y bloqueando en las generaciones más jóvenes, en las edades más tempranas, un desarrollo cognitivo, sensorial, una capacidad intelectiva que ya parece estar más preparada para un salto cualitativo?.
¿Cuántos modelos de civilización distintos, nuevos, cuántos arquetipos sociales aún no explorados serían posibles, cuántas alternativas de pasos no traumáticos hacia un nuevas experiencias de organización social se les están, directamente, colocando gruesos grilletes “Públicos de Educación Idem”, y lanzando a los calabozos de un blindado “Ministerio”?.
A lo mejor hay que ir pensando si lo que estamos pidiendo para nuestros niños hasta desgañitarnos, el “derecho a una Educación Pública y Tutelada”…no está suponiendo una “Prisión Preventiva y sin Fianza” de las nuevas posibilidades de civilización, de que modelos sociales asentados en valores que están a punto de dejarse «descubrir»….terminen por hacer su aparición.