Orgullo gay: «A quién le importa…»

Una vez más las fiestas del “Orgullo Gay” han mostrado la enorme potencia de un colectivo social, de carácter muy transversal y diverso, que cada vez más se viene afianzando en reivindicaciones genéricas que van más allá del simple tratamiento igualitario con el resto de las personas.

El mundo de la homosexualidad que “sale del armario” pese a las dificultades que supone su integración social, no deja de ser una especie de “mantra” que sirve para que -como siempre ocurre- unos cuantos avispados lo exploten para sí y para sus propios intereses, al margen de la connotación moral o ideológica que el movimiento tendría ante sí.

La diversidad de la especie humana y sus antecedentes evolutivos, son el caldo de cultivo en que se ha venido manteniendo la existencia de personas con distintas características sociales, que han convivido entre sí y se han adaptado a su naturaleza. Si nos remontamos sólo a la Prehistoria, podemos suponer la existencia de una genética diferenciada en individuos del mismo grupo o de la misma tribu. Los cromosomas y sus juegos han producido y producen caracteres que van a diferenciar siempre a unos de otros. No hay pues un “patrón” fijo, ni dos individuos que sean exactamente iguales, por lo que su papel social tampoco lo es.

En algunos casos, tales diferencias suponían situaciones de privilegio con el reconocimiento implícito de su “singularidad”: sacerdotes, cortesanos, adivinos, santones, sanadores, etc. En otros, por el contrario, se los trataba con rigor y eran rechazados, al considerarlos elementos antisociales. Vemos en todo ello que existe un trasfondo de “utilidad social”, según las circunstancias. Todas las culturas y civilizaciones los han tenido y cada una de ellas ha sopesado esa “utilidad” como premisa para designarles un “papel” en sus sociedades respectivas.

Conviene tener en cuenta todo ello para no caer en la ingenuidad -tan corriente en estos días- de que los movimientos sociales de estas características son la “punta de lanza” de nada. Ni son innovadores, ni son progresistas, ni han descubierto nada nuevo. Son simplemente “útiles” a los modelos de sociedad diseñados por los poderes que rigen el mundo. Por eso los alientan y apoyan. En caso contrario, serían perseguidos y ridiculizados. La misma maquinaria de propaganda “goebbelsiana” del poder sirve para una cosa y la contraria. La cuestión es quién o quienes manejan los hilos, con qué intenciones y hasta qué punto estamos dispuestos a ser sus marionetas.

Volviendo a la fiesta madrileña, que se ha consolidado ya como un atractivo o recurso de interés turístico para la capital de España (de nuevo la “utilidad” en la sombra), debemos partir de una cierta disección de lo que es y representan en unos y otros casos (siempre las diferencias personales) las “confluencias” tan transversales ideológicamente, alrededor de una fiesta más parecida a los carnavales en su esencia (cierta permisividad y descontrol) que a una verdadera reivindicación de derechos personales, profesionales o sociales. Su justificación ahora es la “visibilidad”, como si tal visibilidad debiera comportar un privilegio sobre todos los demás.

Las fiestas del “Orgullo Gay” tienen -como ya hemos dicho- una utilidad básica: la explotación del tema para unos y otros. Una fiesta de origen pagano y popular “organizada” desde las instituciones públicas, con pretendido carácter político (compra de votos desde los presupuestos), en base al beneficio económico que supone para Madrid y el turismo. Esa es la visión institucional.

Para los organizadores de la misma, es una forma más de mantener su propio proyecto de vida: asociaciones, sueldos y mamandurrias varias, al rebufo de supuestas inquietudes sociales. Las subvenciones son ríos en donde beber y pescar votos. Todo ello visto con cierta laxitud por las haciendas públicas (como en tantos otros casos), que sólo se preocuparán de seguir cebando el caudal con los impuestos a los ciudadanos.

En el caso de los participantes (que son la fiesta en sí) hay unos elementos comunes: los que confunden “libertad” con “permisividad” (siempre con la venia del poder) tal como se venía haciendo desde el comienzo de la Historia con las fiestas saturnales, dionisíacas, etc., etc. Una forma más de “otorgar” pasatiempo a cambio de olvidar los problemas reales, en forma similar a lo que ocurre con otras actividades de masas como el fútbol. En todos los casos se trata de ser o hacerse “visibles” por medio de atuendos más o menos atrevidos, estrambóticos o sugerentes y de adoptar actitudes que pretenden tener un cierto carácter de provocación sexual.

Están también los que simplemente se acercan a todo aquello que signifique “fiesta” sin que les importe el motivo de la misma. Unos por curiosidad, otros para presumir de haber estado allí, otros porque pasaban y les resulta entretenido, los más porque es una oportunidad de asistir a actuaciones y conciertos musicales, cuya aparente “gratuidad” (ya lo han pagado con sus impuestos), es una pequeña compensación institucional.

Las cifras, siempre polémicas, son las que al final justifican las subvenciones o el apoyo de estas manifestaciones. La cuenta de resultados es lo que importa: en dinero circulante gastado en turismo, restauración, copas, atuendos, viajes y “souvenires”; las relaciones personales conseguidas en encuentros efímeros y mantenidas por “whatsapps” para otros futuros; la exhibición personal arropada por la masa que nos hace creer “visibles” y la creencia de ser especiales por unas horas… pero, una vez más, el espectáculo, toca a su fin.

A las pocas horas, las luces coloristas se apagan, las músicas, los gritos y los cánticos van dejando paso a la oscuridad institucional. Los tocados y atuendos de colores dan calor, apenas se ven en la penumbra y, por todas partes huele a sudor, orines, defecaciones apresuradas y vomitonas, que han regado el pavimento. En un portal un grupo de adolescentes se siente mal y no sabe cómo llegar a sus casas. En los bancos y rincones se acurrucan a pasar la noche quienes lloran desdichas sentimentales ahogadas en alcohol o drogas, mientras las lágrimas se llevan por delante la cosmética barata del momento. Ya en sus casas, otros se preguntan por el sentido real de todo ello (son los menos) y hasta qué punto merece la pena.

Llegan los camiones de limpieza y barren, riegan y friegan las calles, eliminando los restos de ese “orgullo gay” de efímera vida, pero … ¿a quien le importa? Ha servido de nuevo a los de siempre: a quienes viven de explotarlo.

4 comentarios

4 Respuestas a “Orgullo gay: «A quién le importa…»”

  1. Leo dice:

    Felicito a su autor por este artículo. Efectivamente, el negocio que hay detrás de la supuesta reivindicación del estadado de libertad de un colectivo, es muy cuestionable. De hecho , hay grupos también formados por personas de inclinación homosexual que se han manifestado en contra de esta superfializacion del hecho en si y del origen de defensa en cuanto a derechos humanos se refiere, al grito de “ el orgullo no se vende”
    Y es que hoy día tristemente, parece que todo hasta lo intangible e intransferible puede tiener un precio…

    1. Juan Laguna dice:

      Muchas gracias Leo. Estaba esperando algún comentario más sobre el tema para contestar a todos. Un saludo.

  2. loli dice:

    «Ciego, porque no
    eres hombre. Yo sí soy un hombre. Un hombre,
    tan hombre, que me desmayo cuando se despiertan
    los cazadores. Un hombre, tan hombre,
    que siento un dolor agudo en los dientes cuando
    alguien quiebra un tallo, por diminuto que
    sea. Un gigante. Un gigante, tan gigante, que
    puedo bordar una rosa en la uña de un niño
    recién nacido.»
    El Público de Federico García Lorca.

    Los recovecos, enigmas y riquezas que encierran el misterioso camino de la evolución humana, aquello aparentemente visible y lo que aparentemente no lo es pero forma parte de la naturaleza de la vida que nos sirve de soporte y oportunidad, es sistemáticamente obviado, cuando no requebrado, ignorado o vilipendiado, bajo la engañosa superficialidad.

    O quizás, también, bajo el insidioso maquiavelismo que intenta adueñarse, encerrar, etiquetar y judicializar….lo aún inaprensible al estado actual de nuestras consciencias, demasiado dependientes de que el trabajo se nos dé hecho, los diagnósticos perfectamente identificados, y la realidad “pluriversa”, totalmente etiquetada….por ignorantes.

    Y después de hacer aparecer nuevos “vocablos”, que no son más que el resultado de torcer y troncar fonemas y palabras con un desarrollo e historia desde la lingüística y el lenguaje que directamente se hace desaparecer, y forzar los caminos del pensamiento en las nuevas “doctrinas inclusivas”, que de nuevas no tienen nada, pero sí demuestran un desconocimiento aparatoso y terrible de que cómo se construye y se desarrolla el lenguaje humano, de cómo se originan y caminan los idiomas a través de los seres humanos que los trasladan con ellos regando geografías, caminos y culturas, pues resulta que , después de todo eso, debemos, encima, estar «orgullosos» por ello.

    ¿Es posible que alguno de los nuevos adalides de esa falsa punta de lanza a la que alude el artículo de Juan, haya, en serio, leído poetas como Lorca…?

    Es posible….pero igual no ha entendido nada.

    Particularmente, cuando escuché el párrafo arriba escrito, en un teatro, me impactó sobremanera.

    Por primera vez y desde la voz de un poeta a través de su personaje en un escenario, creo que empecé a intuir todo lo que se nos escapa al tratar de acaparar y definir al hombre….

    Me pareció que aquellas palabras ponían en evidencia el maravilloso desconocimiento que de naturaleza humana, tenemos, y que tratar de etiquetar, catalogar o designar a cualquier ser humano bajo alegatos de «normalización social», servirá a la mentira, o todo lo más, a regular por el aparato de los estados cómo debe ser lo que desconocemos, a golpe de normativa… y seguramente también a dejar, detrás, desolados rostros pintados, cuyas lágrimas desdibujan el disfraz al que se han sometido, al comprobar que no hay etiquetas….y que la posibilidad de ser un “gigante tan gigante que pueda bordar una rosa en la uña de un niño”, se les ha vuelto a ser arrebatada por voceros que hacen leyes de sus sensibilidades, y que les mienten al hablarles de un “orgullo”, que en realidad, les roban, nos roban a todos, al tiempo que hacen de su ignorancia, el próximo pilar del «progresismo», ese que niega, que no puede aceptar, la dimensión de los misterios que rodean el camino evolutivo del hombre….y al hombre mismo.

  3. Juan Laguna dice:

    Loli: la mayor parte de los «orgullosos», probablemente no hayan tocado en su vida un libro. Tampoco saben quien era Lorca o Aleixandre, quienes siempre fueron respetados y admirados en lugar de perseguidos o rechazados. Quieren confundirnos porque, muchos de tales «orgullosos» pretenden tener privilegios sobre los demás por el mero hecho de pertenecer a su «género». No por su aportación a la sociedad. Espero que la impostura se vaya conociendo. Gracias por tu comentario.

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