El 30 de mayo de 2002, alrededor de las diez de la mañana, cuatro amigos (uno de los cuales nunca había subido una montaña antes y otros dos con escasa experiencia) acababan de completar la ascensión al Monte Hood, en Oregón, Estados Unidos, una cima considerada como “de principiantes”, aunque cualquiera que haya escalado alguna vez sabe que ese término no existe: todas las montañas son más fuertes que tú.
Había sido una gratificante ascensión, precedida por unos días muy divertidos en el entorno. Además, como solo uno de los miembros de la expedición podía considerarse un montañero experto, antes de la ascensión propiamente dicha habían pasado algunas horas durante los días previos practicando técnicas de auto detención en nieve y hielo.
Cuando estás ascendiendo por una pared de nieve has de ir equipado con crampones (unos pinchos de hierro que se acoplan a las botas y te dan adherencia en el hielo) y piolets (también conocidos por ser el arma que utilizó Ramón Mercader para matar a Trotsky). Usados apropiadamente, los crampones te ayudan a no resbalar y el piolet puede servirte de apoyo en la marcha, para traccionar en pendientes muy elevadas, o para frenarte en caso de caída. Las prácticas de auto detención consisten básicamente en interiorizar un par de conceptos básicos: hay que tratar de encarar la pared rápidamente y clavar el pico del piolet echando todo tu peso sobre él, al tiempo que, si no llevas crampones clavas los pies para aumentar el rozamiento, mientras que si los llevas has de intentar no hacerlo, porque los crampones, al clavarse en el suelo, pueden hacerte girar y descontrolar totalmente tu caída convirtiéndote en un amasijo de hierros punzantes que desciende muy rápido. Aunque hay que decir que, cuando se practican estas maniobras se suele hacer en un terreno controlado, de escasa pendiente y sin rocas al final del descenso (por si fallas); así que, a nada que seas un poco avispado, hay una cosa que enseguida te queda clara: caerse no es una opción, y si te caes, tienes muy poco tiempo para conseguir pararte, ya que en cuanto coges un poco de velocidad la inercia hace que sea muy difícil detenerse.
Una vez hubieron practicado y creyeron haber interiorizado la técnica el siguiente paso era encordarse, algo que en la montaña da sensación de seguridad, pero que muchas veces es una seguridad vana: cuando no hay seguros en la roca que puedan absorber la hipotética caída es muy discutible que una cordada pueda detenerse sola, y la mera existencia de una cuerda, la gravedad, los pesos de los componentes de la cordada, y las distintas alturas a las que se encuentren en el momento de la caída hace que el sistema físico resultante sea de enorme complejidad, con unas energías en juego que la mayor parte de la gente no pondera adecuadamente.
La teoría cuando una cuerda une a los miembros del equipo es que, en caso de que uno de los miembros de la cordada pierda el equilibrio, inmediatamente el resto se lanza al suelo, clava el piolet, y entre todos detienen al caído, pero el sistema para funcionar se basa en dos condiciones básicas: que la cuerda va siempre tensa (si no va tensa el sistema acumula energía potencial, que se puede desatar en el momento del accidente) y que el que se cae es el más inexperto, que es el que debería ir el último al subir y el primero al bajar (cuanto más abajo estés menor energía potencial acumulas, si se cae alguien unos metros sobre ti cuando pase a tu lado clavar el piolet y detenerle será como intentar hacerlo con un coche a 50 km por hora).
El día de la tragedia del Monte Hood todo salió mal: en la bajada el que tropezó era el montañero más “experto”, que en el momento de la caída estaba varios metros por encima del siguiente de sus compañeros. Cuando llegó hasta el siguiente alpinista ya era un misil lanzado imposible de parar, que arrastró a sus compañeros pendiente abajo, con tan mala suerte que la cordada, que ahora era un sistema dinámico de cuatro cuerpos humanos llenos de pinchos unidos por una cuerda, encontró en su trayectoria otros dos grupos de alpinistas, también encordados: dos escaladores que bajaban un poco antes que ellos después de haber compartido cima y a los que arrastraron al momento cuando sus respectivas cuerdas se enredaron, y un grupo de siete personas organizado en dos cordadas, una de cuatro y otra de tres que en el momento del accidente se encontraban unos ciento cincuenta metros debajo de los accidentados, que pudieron ver lo que se les venía encima (seis proyectiles humanos llenos de hierros punzantes ligados por dos cuerdas enrolladas) pero no pudieron hacer nada para evitarlo…
Como resultado del accidente tres personas murieron y cuatro fueron heridas de gravedad, en una montaña “fácil”, bien equipados y aplicando una técnica que creían correcta…
Que haya accidentes es algo inevitable, pero que nos ocurran a nosotros los “accidentes” que ya han ocurrido antes y de los que conocemos las causas es algo que es culpa nuestra. Por eso es nuestra obligación prepararnos, para que no nos engañen, para no depender de cordadas dirigidas por gente que en realidad no sabe lo que hace, o que cuando lo hace no pondera los riesgos.
Lo que hace que el ser humano sea el dueño del planeta tierra es nuestra capacidad para “encordarnos”, para buscar el apoyo del grupo, de la sociedad o de la familia y aumentar nuestras opciones de supervivencia. Lo malo es que, como en el ejemplo que pongo, en muchas ocasiones no conocemos la técnica, o nos encordamos a quien no debemos, dando lugar a situaciones de peligro en la que a todos nos iría mejor caminando solos.
Somos gregarios por naturaleza, y resulta muy difícil tener la suficiente personalidad como para saber decir que no al grupo, incluso cuando intuimos que seguir al grupo no es bueno, o que el que lo guía nos lleva por un camino lleno de peligros: incluso en estas circunstancias es difícil decir “no”.
Y es que la presión de grupo es muy fuerte: seres humanos que por separado son magníficas personas se convierten en monstruos cuando se esconden en una multitud, y la persona más racional del mundo se descubre a si misma coreando consignas que le harían sonrojar en otro contexto.
Por eso no deja de sorprenderme la tendencia que tenemos a seguir confiando en los que nos ofrecen una cuerda y nos dicen que atados a ella llegaremos muy alto, sin poner seguros intermedios. Por eso me alucina que los independistas vayan a conseguir millones de votos en unos meses en Cataluña después de la que han liado o que partidos llenos de corruptos apenas vean penalizados sus resultados electorales…
Siempre habrá un Madoff por el que nos dejemos engañar, o un Mas o Puigdemont que nos manipule, pero es nuestra obligación informarnos antes de comprar preferentes o de invertir en el Fórum Filatélico. Es nuestra obligación saber a quién votamos y que podemos esperar de ellos… lo demás, ir de la mano sin tratar de entender los problemas que nos afectan y las posibles consecuencias de los “accidentes” que puedan darse es una actitud infantil que no deberíamos poder permitirnos.
Uff Raúl, muy buena analogía
Se nota que sabe de montaña y de ….. política. Yo añadiría una causa mas, lo que algunos llaman el efecto Decathlon, por la famosa cadena de material deportivo, que consiste en que material deportivo que antes estaba sólo al alcance de unos pocos, por su complejidad y precio, ahora es muy popular.
Y el personal piensa que sólo con ir equipado basta.
Probablemente Rabadá y Navarro tenían un material muchísimo peor que el que se puede encontrar ahora en cualquier tienda de esas, y a pesar de su trágico final, lograron proezas increíbles.
Proezas que les costaron años de preparación, amor por la montaña, coraje.. pero que ahora con unos pocos € muchos quieren igualar sólo a costa de un material que entonces ni se soñaba..
Con la política pasa algo parecido. Creemos que todo es gratis y que lo que atrás costó sacrificios y muertes ahora lo banalizamos pensando que cómo somos modernos y tenemos tweeter nos sobra entender como llegó USA a su Independencia y Constitución, al fin y a la postre son fachas, o que el imperativo categórico es algo que tiene que ver con los reglamentos militares.
Muchos indepes piensan que lo de la Independencia no es muy diferente de una votación de GH, sólo que ahora son ellos los que están en la «casa..» y se votan a si mismos, en el fondo les da igual porque están seguros de que no hay consecuencias.
Por algo he hablado mas de una vez de la necesidad de un Nüremberg, aunque sin colgar a los «malos», no por falta de ganas, si no porque estamos en otros tiempos.
Y los que votan partidos corruptos andan abducidos como esas mujeres (también hombres) maltratadas que siempre caen en las mismas.
¿maduraremos alguna vez?.
¿queremos madurar?
Un cordial saludo
El maestro Raúl nos ha dado un buen cursillo antes de meternos en berenjenales. La montaña y el mar son dos grandes escenarios de vida.
Aquí, el maestro Ueli Steck, fallecido este año, nos muestra la teoría en práctica. Descanse en paz.
https://www.youtube.com/watch?v=9sQlP439ILI
Saludos cordiales