El 10 de febrero de 1996 la máquina llamada Deep Blue derrotó a Gary Kasparov, probablemente el más brillante campeón de ajedrez que se recuerde. En ese torneo, el campeón humano fue capaz de recuperarse y terminar ganando a la máquina 4 a 2, tras una última partida que duró una semana. Sin embargo, al año siguiente IBM construyó Deeper Blue, que se convirtió en la primera máquina que derrotó en un torneo a un campeón humano de la categoría del genial Kasparov.
Todos los que vivimos ese combate desigual nos encontramos apoyando apasionadamente al hombre, en una especie de reivindicación del género humano frente a la fría maquinaria.
Parece que después de 20 años de aquel combate, la revolución de las máquinas está a la vuelta de la esquina.
En teoría, en ese nuevo mundo, cualquier profesión rutinaria y repetitiva será susceptible de ser realizada por una máquina de forma más eficiente que por un humano.
Y nos dicen algunos expertos que la de abogado será una de las profesiones a las que primero afectará la revolución de la robótica y la inteligencia artificial.
La mayor parte del trabajo de un abogado consiste en analizar los hechos de un caso y estudiar la normativa que es aplicable y la jurisprudencia que se ha dictado en casos análogos. A partir de ahí se diseña una estrategia de defensa de los intereses del cliente en cuestión.
Es evidente que el análisis de hechos y de legislación y jurisprudencia puede hacerlo mucho más rápida y eficazmente una máquina. Pura rutina repetitiva. Pero incluso en la parte de la estrategia podría ser mejor la inteligencia artificial. ¿O es que acaso un juicio no se asemeja a una partida de ajedrez en la que, con sujeción a determinadas reglas, hay que diseñar una estrategia ganadora? Si Kasparov fue derrotado hace 20 años por un ordenador ¿qué nos hace pensar que el mejor abogado no pudiera ser vencido ahora en juicio por una máquina?
Pero más interés que reflexionar sobre la profesión de abogado, tiene hacerlo sobre la de los jueces.
Desde que la revolución francesa puso su dedo acusador sobre los jueces, condenándolos por haber sido una de las principales herramientas represivas del antiguo régimen absolutista, las democracias de la Europa continental (y todas las que han bebido de esta ideología) miran al poder judicial con una sospecha irracional, pero profundamente arraigada.
Elevado el principio democrático a los altares, a la justicia se la ve como un cuerpo extraño, como algo no democrático. Un alíen predemocrático que encaja con dificultades en esa exaltación del poder del pueblo. De hecho en nuestra Constitución, late esa visión contradictoria: aunque la justicia emana del pueblo, se sigue administrando “en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial”.
Esta mirada de sospecha hacia los jueces ha influido en la forma que entendemos la justicia y la propia función de aquellos. Los jueces no deben hacer justicia, en el concepto clásico, sino aplicar la ley -democrática y emanada del pueblo- al caso concreto, sin cuestionamiento o matización alguna.
Obviamente, esta actitud de sospecha hacia los jueces, ha convertido su función en algo bastante robótico, para que engañarnos.
El juez pasa la mayor parte de su tiempo examinando extensos expedientes de documentación y repasando videos de declaraciones, para así extraer los hechos del caso que considera probados. A partir de ahí debe seleccionar y aplicar, sin pestañear, la ley del pueblo aplicable al caso.
¿No es esta una función rutinaria y repetitiva?
¿No podríamos pensar en una máquina que analizara a gran velocidad numerosísimos expedientes, les aplicara la norma, sin errores, y resolviera los casos con menores costes y más “justicia”?
El planteamiento del juez máquina tiene ventajas incontestables.
Para tal juez sería irrelevante que una de las partes se llamara Amancio Ortega o Bill Gates. Tampoco le afectaría la presión mediática o política sobre un asunto. Trabajaría fría e incansablemente para resolver, con celeridad, las montañas de casos, que en forma de papeles amarillentos, se amontonan en los actuales juzgados, absolutamente sobrepasados.
Obviamente, también hay graves contraindicaciones.
El juez máquina será tan independiente como lo sean las personas que puedan influir en su programación y en sus procesos internos.
Pero sin duda el principal problema que se plantea tiene que ver con la cesión a las máquinas del ejercicio, aunque sea parcial, de uno de los tres Poderes clásicos. La Justicia no solo es un servicio público, sino también un verdadero poder: el juez tiene la facultad de resolver coactivamente conflictos humanos. Elon Musk ha apuntado recientemente que el desarrollo sin control de la inteligencia artificial “es un riesgo para la existencia de nuestra civilización”. Si esto es así ¿podemos entonces confiarles el ejercicio directo de un poder?
Habitualmente cuando pensamos en el juez, nos viene a la cabeza el juez penal, con la facultad de decidir sobre la libertad de las personas e incluso en algunos Estados sobre la vida y la muerte. Y no pensemos sólo en la pena de muerte, sino también en la decisión judicial de autorizar lo que se ha denominado eutanasia activa. Parece claro que en estas decisiones el factor humano sigue siendo insustituible y la máquina debe tener un papel de apoyo, que contribuya a que el juez se centre en la parte humana de la profesión y la máquina haga lo propio.
Pero lo cierto es que el colapso de la justicia se está produciendo en los pleitos administrativos contra el Estado, en sus distintas formas, y en las reclamaciones civiles entre particulares. Y aquí, por mucho que la justicia sea un Poder ¿por qué nuestro incansable y eficiente juez máquina no puede resolver sobre una multa de tráfico o incluso una reclamación tributaria?
La revolución de las máquinas va a provocar problemas y tensiones, que tienen que ver con que al menos un 50% de los profesionales que hoy se dedican a la justicia, posiblemente se quedarán sin trabajo en el futuro. Pero, dependiendo de cómo se afronte, paradójicamente, también puede encaminarnos hacia un mundo que nos obligue a reflexionar sobre eso que como humanos aportamos y en lo que no podemos ser sustituidos por la máquina.
Podemos imaginarnos jueces máquina resolviendo rápida y eficazmente aquellos conflictos burocráticos y repetitivos que colapsan los juzgados. Y jueces humanos con tiempo para plantearse, reflexionar y resolver en justicia las cuestiones que más profundamente afectan a la sociedad y a las personas. Jueces que tratan como tales a las personas, con sus problemas, que pasan por el juzgado y no como ganado vacuno, como ocurre ahora.
Creo que todos los jueces deben actuar en función de cómo sus decisiones van a afectar a las personas (los llamados «justiciables») y nunca como meros aplicadores de baremos de tipificación de infracciones. Eso lo conocemos en el ámbito administrativo con sus jueces instructores y sus procedimientos (que, por cierto dejaron de ser garantistas hace tiempo y ahora se puede llegar a la confiscación preventiva de bienes, vulnerando uno de los derechos básicos constitucionales: el de propiedad). Así vamos.
Dicho esto, parece que hay un sentimiento general sobre la necesidad de reformar todo el sistema judicial, al igual que lo hay sobre la necesidad de revisar todo el cuerpo jurídico en que se basan los procedimientos y al igual que hay que reformar la propia C.E. en su texto y su contexto social actual.
La sociedad ha sido capturada por las tecnologías. O, mejor dicho, por quienes cobran los «royalties» de las mismas. Nos han creado necesidades ficticias e infantiloides junto a herramientas útiles en su inmediatez, pero perjudiciales para el desarrollo intelectual del ser humano. La política y las AA.PP. no iban a ser menos. Así, junto a lo que se pretenden sofisticados sistemas, seguimos vemos la «cutrez» más obvia en el operativo de cada día. Nada es inocente y todo parece estar diseñado para la total sumisión del «soberano» a las imposiciones del poder (o de los poderes) en esta mitología democrática en que vivimos los «civilizados».
Cualquier cosa puede pasar cuando el dinero manda, el pragmatismo se impone y el corto horizonte de cada día nos impide ver más allá de lo que nos «informan» los medios.
Sólo hay una forma de evitarlo: la resistencia a las máquinas y a quienes las imponen, pero mucho me temo que es una batalla que precisa cultura y criterio propio y eso no abunda por desgracia.
Un saludo.
Buenos días Don Isaac
Primero hemos complicado la justicia hasta el paroxismo. Leyes, leyes y mas leyes, que no responden a ninguna necesidad real si no a defender intereses particulares. Lo mismo con reglamentos. Y con las 17 Taifas ni le cuento.
Hoy es prácticamente saberse la Ley Tributaria la general y las 17, visto el dédalo de leyes e interpretaciones. Asíq ue uno está continuamente expuesto a que Hacienda te saquee cuando le venga en gana o en interpretar todo en fuención del máximo beneficio para el saqueador. Y ni aún así.
¿Cree usted que ha sido por casualidad?
Yo creo que con unas leyes sencillas, interpretables por una amplia mayoría (que no haya que hacer un Master en a saber que), y que durasen una cantidad de años suficientes (que no las cambien cada dos por tres) no harían falta tantos robots o IA.
Es mas, dudo que haya ningú robot o IA capacitado para funcionar con nuestro sistema juríadico cuando para lo que se ha diseñado es para que sea ininterpretable, y que sólo unos cuantos «elegidos» desde arriba tengan un presunto plano que les permitirá no perderse en el laberito. «A la infanta le irá bien».
Tenemos dos ejemplos palmarios de lo que se puede hacer con la tecnología y lo que realmente se hace.
1/ El «tráfico».
La DGT usa leyes para recaudar, no para que circulemos mas seguros. Si como segunda o tercera derivada hay menos accidentes pues mejor, pero el propósito no es ese.
Y mire que hay tecnología de sobra para que podamos circular mas seguros y sobre todo de forma mas responsable. Pero nada. Puede que porque si uno empieza a circualr de manera responsable acabe exigiendo responsabilidades en otros ámbitos y la liemos.
2/El deporte.
El arbitraje y sus maneras son un absoluto cachondeo. Parece que estamos en el XIX y no en el XXI. Pero no hay manera.
Antes de meter robots e IA en un laberinto costosísimo porque no empezamos a hacer las cosas mejor por nostros mismos. Y si no es posible reflexionemos por qué.
Un cordial saludo
Totalmente de acuerdo con del comentario de «Pasmao». Se ha denunciado hasta la saciedad la abundancia de normativa que no sólo es absurda, sino creadora de conflictos y lo peor: es «interpretable» a conveniencia.
¿Porqué no empezamos a pensar en un diseño más actual, simple y claro de las leyes? ¿Porqué el Parlamento no dice nada sobre esta cuestión? Al final es y será la sociedad civil a través de espacios como este la que empezará a poner negro sobre blanco lo que quiere y lo que no quiere, lo que es interés real común y lo que son intereses creados artificialmente para dividir (ideológicamente, dicen) a la sociedad.
Un saludo.
Hola Isaac, veo que se ha unido a la preferencia de sus colegas editores de este blog para especular sobre lo que podría ocurrir ignorando lo poco que sabemos. Sí, nada más atractivo que evadir nuestras limitaciones dibujando líneas y curvas en un espejo humedecido que pronto secará y borrará las tonteras que pensamos.
Isaac, mientras algunos encuentran atractivo especular sobre lo que podría ocurrir, otros prefieren mentir sobre lo que está ocurriendo. Por su formación jurídica usted debiera interesarse en algunas de las mentiras publicadas estos días, por ejemplo
https://www.vox.com/policy-and-politics/2017/7/21/16007934/donald-trump-mueller-russia-investigation-pardon-impeachment
artículo escrito a partir de una información falsa del Washington Post (los siervos de Vox son correligionarios de los siervos del WP). Quizás haya leído sobre el tema en El País, esa porquería que refleja toda la podredumbre del socialismo español, u otros medios similares como la BBC y The Guardian.
Sí, la mentira presentada vendida como posverdad (https://elpais.com/cultura/2017/06/29/actualidad/1498755138_986075.html ) es la nueva herramienta del socialismo podrido y otros para denunciar y rechazar las opiniones de sus opositores. Difícil saber cuánto durará este cuento pero seguramente dentro de 10 años tendrá el mismo valor que el cuento del populismo, la herramienta vieja de los partidos tradicionales para denunciar y rechazar movimientos políticos nuevos en las democracias constitucionales y que ahora ha dejado de ser útil.
Isaac, para complementar la lectura del primer artículo referido en el comentario le recomiendo leer
https://pjmedia.com/andrewmccarthy/2017/07/24/yes-a-president-may-be-indicted-and-may-pardon-himself/?print=true&singlepage=true
Isaac, me permito insistir en que ni la evasión ni la mentira nos ayudan a entender qué pasa. Hay varias formas de evadirse de la realidad o de mentir sobre la realidad pero tomaría largo explicarlas. No es algo nuevo porque siempre los evasores y los mentirosos siempre han existido. La diferencia hoy es que, como ocurre con tantas otras cosas, evasores y mentirosos aprovechan los nuevos medios de comunicación para sus propósitos. Les cuesta y mucho, sin embargo, mantenerse en competencia primero entre ellos porque su número es alto, muy alto, y segundo contra otros que insisten en entender lo que pasa pero buscando argumentos serios que otros puedan aceptar por la razón, no por la emoción y mucho menos por la fuerza.
Los últimos posts colgados en este blog me llevan a insistir también en que no se puede hablar de política –a cualquier nivel: local, nacional, supranacional, mundial– sin hacer explícito qué se entiende por política. Sí, muchos opinan sobre política y políticos, sobre sus confusiones y desorientaciones y sus aberraciones, pero siempre dando a entender de que sólo es cuestión de encontrar a los «buenos», esos que están en los bancos de suplentes esperando entrar al campo de juego para dar vuelta la situación. Sí, sencillamente grotesco porque esas opiniones están basadas en especulaciones o fantasías sobre la realidad o en mentiras.
Sí, Isaac, ni evadir ni mentir, o como diría FJL, nada de acostarse:
http://www.libertaddigital.com/opinion/federico-jimenez-losantos/rajoy-se-entrega-al-separatismo-vasco-y-sanchez-se-arrastra-ante-el-catalan-82794/
Parece que ya de la Antigüedad, el trabajo de legislar, la formulación y desarrollo de normas en las regulaciones de la vida de los pueblos y la resolución de los conflictos, venía avalado por connotaciones que se apoyaban en el “entes superiores” o “divinos”, que mediante su “advocación” y/o “mediación”, daban “carta de legitimidad” a la “ley propuesta”.
Quizás aquello no fuera más que el intento de dotar de un impulso a aquellas normativas, que acercaran a las gentes a posibilidades más amplias de consciencia, y también a asumir, aludiendo a la trascendencia ,lo que el cultivo y el florecimiento de las civilizaciones, a través de la interrelación de los seres humanos, supone.
De acuerdo que esas actitudes “legislativas”, fueran secuestradas y utilizadas, a lo largo de la Historia del Hombre, por todo aquél, o por todo aquello, que buscara el Poder para su propio beneficio.
Pero eso no quita, creo, que si se estudian en profundidad, como me consta se hace en campos especializados y más expertos, legados muy arcaicos en este aspecto, nos encontremos con verdaderas sorpresas en cuanto a pensamientos adelantados, y estrategias didácticas de altos niveles.
Conformaciones normativas que parecerían encaminadas a algo más que “asegurar” un correcto y delimitado funcionamiento social o económico.
Lo que parecemos demandar actualmente, no es la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades y habilidades cognitivas y sociales.
Queremos que nos eviten todas las dificultades, todos los “posibles escollos” en la forma de interrelacionarnos.
Que todo se regule en su dinámica, para que finalmente, el movimiento que se pueda producir, sea el previsto de antemano, que no exista ninguna sorpresa, que nosotros podamos estar en una situación de continuo “atranque”, “tranquilidad”.
Desde esa perspectiva parece que cada vez necesitamos más normativas reguladoras, pero sin nada trascendente que las anime, pues eso supondría ponernos frente a frente con sorpresas, con el desconocimiento de cómo funcionamos en realidad…., nos mostraría nuestra inmovilidad psicológica….y nos intranquilizaríamos.
Necesitamos de “plantillas” para “funcionar”, y luego comprobamos como esas mismas plantillas de acción sujeta y limitada, hacen tediosos nuestros trabajos y mediatizan nuestra capacidad deductiva y creativa.
De todo ello nos resentimos.
Pero da la sensación de que mientras no seamos capaces de romper con la inercia de asirnos a lo “pensado o establecido” por otros, para “sentirnos seguros”, la “robotización” puede ganarnos la batalla, pero porque está instaurada, a la manera de un “alien” en nuestra actitud.
Y me parece que puedo denominarlo así, porque desde luego es una conformación psicológica que es contraria a nuestra naturaleza.
Es importante detectar, pienso, esta tendencia mecanicista en la manera de conformar y proyectar el pensamiento y las ideas, porque puede que sea un importante Talón de Aquiles, favorecido por un determinado modelo social, que nos esté trabando, continuamente, la posibilidad de cambiar.