La criminología se desarrolló desde la aportación de los instrumentos, análisis y conclusiones que, desde diferentes campos de la ciencia, favorecían y esclarecían la determinación de cómo se había producido un crimen y desde la necesidad de averiguar quién lo había cometido. Bebe de las fuentes de la medicina, la física y la química. Todas ellas disciplinas científicas y experimentales.
La psicología y la antropología, con las limitaciones propias de doctrinas humanistas, también han aportado diferentes consideraciones a las realidades criminales, si bien lo hacen desde la especulación de las causas más que desde la aclaración de lo sucedido.
Un terreno no tan conocido, en la conjunción de factores que dan lugar al crimen, es el de la sociología. Sin que pueda llegar a determinar por qué lo ha hecho este y no aquel, no podrá esclarecer un crimen, ni determinar de forma definitiva las dudas que pueden pesar sobre ello, y mucho menos identificar al criminal si este se esconde, pero sí que nos puede ofrecer algo muy interesante para los analistas de lo social: el locus causal del criminal mortal, o sea la enferma composición en la mente de un loco criminal, que da lugar a que lleve a cabo ese plan mortífero y no cualquier otro. Para encontrar rasgos reveladores, lo mejor es hacer una breve síntesis de criminología diferencial, en pos de síntomas significativos.
Tres características definen a los crímenes actuales, respecto a los estilos criminales de otros tiempos, que aunque no se den siempre, marcan una tendencia definida. El primero más significativo es la determinación del criminal de morir en el desarrollo de su acción homicida, es decir que no solo es una venganza, sino también un suicidio, sin que se sepa bien si decir que es una venganza suicida o un suicidio vengativo y vengador. El segundo, como consecuencia del anterior en cierta medida, es la determinación del criminal de no ocultar su identidad y ampararse en el anonimato, sino por el contrario, que esta quede bien clara. Tanto es así, que en los prolegómenos del crimen o en su maquiavélica preparación ha de figurar en primer plano la identidad de quien lo cometerá. Y tercero, de alta relevancia también, la elección de las víctimas. Como conjunto de elementos que lo componen, la conjunción de persona/s sobre las que recaerá el deseo de matar de criminal, la razón que los agrupa y, como consecuencia, el escenario en el que se producirá el crimen.
El hecho de morir en la ejecución de estos desequilibrados patológicos, casi con total seguridad, obedece más a la evidencia de que no escapará a la acción policial y de la justicia, que a cualquier otra consideración. No nos hagamos ilusiones pensando que el criminal lo hace para evitar el necesario y habitual arrepentimiento posterior, y junto con él, tener que soportar la tortura psicológica del peso de la culpa. Si algo aborrece esta sociedad es la culpa, y si algo anhela compulsivamente es la obsesiva búsqueda de la propia inocencia.
Ese suicidio vengador, acabando con unos cuantos más a su paso, no deja de ser un avance en la historia de la mente criminal, pues ya no le ampara el viejo argumento de quien quiere tener “razón” para lo que hace, sino que pese a que en algún rincón de su mente sabe que no la tiene, se siente dominado por tal grado de odio que, a sabiendas de que no tiene escapatoria posible, quiere hacer todo el daño que pueda antes de ser abatido por él o por algún otro.
La elocuencia personal del criminal se manifiesta en el afán de protagonismo del crimen. Además de que un anonimato personal es casi imposible, como la historia de Unabomber y otros más atestiguan, hay un añadido a considerar que es sistemático: “Yo contra el mundo o aquello que me ha hecho tanto mal”. Si el mesianismo ha sido una constante en la historia de los crímenes, en el delirio mesiánico dominaba hasta ahora una relación entre la entidad cósmica y el yo súbdito, en el que este no tenía protagonismo alguno. Pues ahora ese mesianismo se está manifestando en una forma en la que tanto el yo como el individuo que comete las muertes son una misma persona. Una forma de egolatría en la que sería interesante debatir el papel que la a-religiosidad juega en ello, pues la gloria delirante que el criminal advierte en el acto que va a cometer, procede, acontece y se deposita sobre él mismo como tal dios.
Pero, ¿por qué el criminal de hoy elige con tanta frecuencia diferentes ámbitos colectivos para llevar a cabo sus locuras? ¿Por qué se ataca con asiduidad a las escuelas o los centros de enseñanza? ¿Por qué sus profesores, sus compañeros de clase o los que los sustituyen, son las víctimas propiciatorias de su odio y su deseo de matar? Parece un tema difícil y duro, que habría que tocar con extrema delicadeza, pero son preguntas difíciles de responder a vuela pluma. En su delirio lo público está en la diana de su acción combinada con su historia de marginación, de exclusión, de discreción e insignificancia. “Hay demasiados en fuera de juego”.
La mente de unos criminales de este tipo alberga en su interior algo bastante más fuerte que la insatisfacción, que da lugar a una rabia venenosa y maligna. Quizás, deberíamos preguntarnos qué está sucediendo en la interacción de un individuo con sus grupos de referencia, para que la mente entre en una dinámica enloquecida y bárbara, en la que el panorama del “yo contra el mundo” se asiente así.
Los constantes casos de acoso personal (bullying) en las escuelas no dejan de ser otro síntoma significativo de una secuencia que pocas veces acaba bien, en los que se hace distintiva tanto la importancia que el grupo ha adquirido en las dinámicas, como su visceral antagonismo con la individualidad no participante en su juego. Los rituales de “comunión colectiva” al estilo del ideal calvinista de occidente, producen homicidios y asesinos sucesivos tanto en el bando del grupo como en el de las individualidades.
¿Será que ese afán de igualación integrada genera una presión tal que deja fuera al “extraño”, como el alumno de la ballesta de Barcelona? ¿Será que los niveles de exigencia social o profesional son auto-percibidos como imposibles de lograr, y los que se sienten elegidos se niegan a condenarse al fracaso para el éxito de otros, como en la masacre de Columbine? ¿Será que la antigua idea de gracia se asocia a la de un éxito profesional inalcanzable, como el copiloto de Germanwings? ¿Será que el estilo autocomplaciente y buenista, esconde en su seno una prepotencia, que legitima que no nos hagamos cargo de la dura tarea de ayudar a los que más les cuesta encontrar su sitio en la sociedad?
El deterioro de las estructuras sociales en las que se basa esta sociedad es notorio y manifiesto. La ausencia de valores acordes con el momento evolutivo también, y la necesidad de un giro radical hacia los postulados más ciertos como los que ofrece la neurociencia se va haciendo cada vez más imprescindible. Y con tantos malos rollos ¿qué vamos a hacer?
Voy a tratar de concentrarme en uno de los asuntos del artículo: La emergencia de crímenes violentos en los que el criminal exhibe su propio suicidio.
Se les llama locos, maltratadores, terroristas o islamistas pero la esencia es la misma: La escala de valores del asesino no solo no coincide con la que el sistema trata de imponer por la fuerza sino que la desprecian con su propia vida.
El sistema esto no lo puede manejar, no concibe que haya gente que no valora su propia vida por encima de todo. Y sin embargo vemos que hay mucha que valora otras cosas más que su vida.
Quiero recordar que la definición académica de Terrorista no excluye que también lo sean los Estados.
En la Historia reciente hay demasiados casos de Estados ejerciendo el terror indiscriminado sobre la población civil como para poder escamotearnos del tema como hacían los maniqueos. Dresden, Bagdag, Hiroshima, Donetsk son ejemplos que todos recordamos tan nítidamente como las Torres Gemelas, el Hipercor de Barcelona o el 11M Madrileño.
Este es uno de los asuntos que dos de los principales sociólogos modernos discuten en la obra «Power in the 21st century». Poder en el Siglo 21.
Los sociólogos en cuestión son Michael Mann y su entrevistador John Hall y en el libro se detienen sobre este asunto. No está traducido al español pero el resumen que hago es fidedigno.
Su planteamiento es el que he descrito en el primer párrafo: Escalas de valores discrepantes y una discrepancia ante la cual el Sistema del Estado Laicista no tiene otra respuesta que inicialmente la Represión sobre toda la población de modo indiscriminado y, si la cosa resulta inmanejable, tratar de acercarse al asesino para, si es necesario, comprarle para que abandone su desafío.
Lo hizo el Gobierno de Blair con el IRA y el gobierno de R. Zapatero con ETA. Los ejemplos abundan y son recetas de libro.
Hasta tal punto abundan que en su diálogo estos dos sociólogos lo dan por archisabido cuando pronuncian la receta: «Buy them off and make friends with them» o…. «dales lo que te pidan y haz que sean tus amigos».
Es un tema grave pero lógico porque un sistema que fomenta el relativismo abre un inmenso flanco, un flanco muy débil que termina por colapsar.
Mann y Hall piensan que estamos asistiendo a las primeras escaramuzas y que vamos perdiendo por goleada.
Buenas noches
¿Porqué se produce ese desprecio por la propia vida que el sistema creía no se podía dar, como apunta Manu en su anterior comentario?.
Todos los días parece que anteponermos nuestra realidad más íntima, y por tanto también nuestro funcionamiento orgánico, a metas establecidas desde fuera…y desde dentro.
Exito, competitividad….o simplemente pura supervivencia tal y como nos lo han impuesto las estructuras sociales en las que nos movemos, parecen estar continuamente presentes en ese ordenamiento estructural.
Pero todo ello, sin tener en cuenta para nada el funcionamiento y el ritmo de nuestra biologia, ni las diferencias que la misma presenta a diferentes edades, ni la singularidad que adopta en cada persona.
Esta sistematización y homogeneización artificial de la vida social se hace sentir en el funcionamiento orgánico…y en otras mucha cosas, claro, pero me refiero al orgánico, porque aunque es conocido, actuamos de forma totalmente ignorante e inconsciente,respecto al hecho de que ese funcionamiento depende de muchas vidas…microscópicas, que nos ayudan y viven en nosotros, y cuya armonía pactada se ve continuamiente rota por nuestro denominado «estilo de vida».
Imperan sobre esa armonía la razón de los deseos, necesidades y el miedo, instalada en la sociedad por normas de desarrollo regladas desde el miedo a la desaparición de una especie de «estabulización», con empalizadas bien asentadas, en la que parece hemos convertido nuestra forma de relacionarnos y de vivir….
Ese desconocimiento ciego de toda incidencia que sobre «otras vidas» desde dentro y desde fuera de nosotros, se da continuamente, si además se fuerza desde mensajes hacia objetivos de éxito personal, como creo que se desprende del artículo de Carlos, tenemos las condiciones óptimas para que se larven y crezcan ideas enfermas como «el mundo está contra mí….porque, en última instancia, no se pone a mí servicio».
Por cierto, ¿qué tipo de idea es la que cala en una sociedad, cuando se da por sentado que cada ser humano es dueño de su cuerpo….del que desconoce prácticamente todo, y hasta de la vida que se pueda gestar en él?.
¿No es este tipo de ignorancia la más proclive a la psicopatía que supone el desprecio de la vida de los demás si no está en función de la nuestra?
De la reflexión que haces, junto con el comentario de Manu, se llega a una conclusión fatídica, que suena a bastante cierta, de que la «vida humana» como valor ha perdido terreno frente a otros aspectos como los relacionados con el éxito propio, el deseo personal, la conquista de mis objetivos, etc. Estos fines, pese a que se desenvuelven arraigados en el sujeto, son ampliamente compartidos, lo que lleva a pensar que son inducidos por el entorno más que nacidos desde la propia individualidad. Y es que somos víctimas de un conductismo social del que estamos muy lejos de poder liberarnos, y casi ni siquiera de ser mínimamente conscientes.
La relativización de los valores tradicionales, y ese relativismo moral al que se hace mención, además de abrir una importante interrogante entorno a los derroteros sobre los que transita la humanidad, desde un punto de vista clínico solo son síntomas que hablan del agotamiento de un sistema y de la necesidad, cada vez más imperiosa, de la creación de otro que sustituya, incluya y transcienda el anterior.
Aunque la ciencia avanza en el análisis y el descubrimiento de los mecanismos biológicos necesarios para que se de la vida y la propia existencia humana, al individuo lo que se le presenta a su conocimiento no es la realidad de sus células o el funcionamiento de sus neuronas, sino, y casi en exclusiva, su propio pensamiento. Este, y en todo caso sus sueños, son las únicas herramientas con las que cuenta para elaborar lo que diríamos su consciencia como individuos, y tanto lo uno como lo otro están permanentemente bombardeados por el exterior, para forjar en cada uno la idea más conveniente para un sistema estructurado por y hacia el poder.
En la actualidad una persona dominada excitadamente por sus deseos, es un sujeto ampliamente manjeable por esas influencias externas, pero que simultáneamente se siente muy viva, muy libre y muy suya. Al tiempo se va condenando lentamente hacia el pozo agónico de las insatisfacciones angustiosas.
Gracias por tu comentario.
Por distintos caminos se va produciendo una cierta convergencia en el fondo de los artículos editoriales. El de Carlos, como el de Isaac de hoy, nos lleva a la cuestión de los valores. Más o menos íntimos, más o menos públicos, pero valores y creencias a fin de cuentas.
Es lo que se pregunta Loli en un fantástico comentario cuya formulación concreta es notable. ¿Por qué –dice– se produce ese desprecio por la propia vida que el sistema creía que no se podía dar?
Menuda pregunta. Tan osada como intentar responderla a brochazos.
La vida. ¿Qué es la vida? ¿Qué valor tiene en sí misma? Vayan, vayan a los diccionarios y verán. En el que tengo al lado, el concepto «vida» ocupa a doble columna desde la página 3689 a la 3694 sin llegar a abordar las respuestas que daría un físico de partículas.
Una posible respuesta es recordar que vivimos en el entorno cultural de la Ilustración europea de los siglos XVII y XVIII.
Este sistema necesitó destruir los absolutos anteriores para edificar los propios y los propios no llegaron a nacer con transcendencia porque el nuevo concepto de Poder era absoluto.
El poder absoluto no puede tolerar competencias exógenas.
Y hoy el Poder es Absoluto: Tan absoluto como la Sumisión Religiosísima que predica Rousseau a la Voluntad Colectiva que se erige en «libertad perfecta» de un ciudadano que se inmola en lo colectivo.
Lo que hoy los socio-biólogos explicarían como la Mística del Hormiguero. De hecho es lo que Edward Wilson estudia inicialmente en su libro de 1971 «The Insect Societies».
Sucede que –intelectual, vital y científicamente– la hipótesis rousseauniana no se sostiene. De hecho no pasa de una «solución» forzada y el ser humano persiste en exigir el absoluto como sentido y razón. Como horizonte necesario y evidente. Palpable.
La concreción humana es individual. Aunque coexista con otras e, inevitablemente, haya de realizarse en un contexto social. Pero es individual y en su base de partículas es eterna.
A mi me parece que la respuesta a la pregunta de Loli es que hoy ya es bastante evidente –desde la ciencia– que la vida biológica es solo una parte de la vida de las personas.
Nuestras partículas son eternas como lo es nuestra obra, la que sea, y la vida biológica, en este contexto se hace muy relativa y fugaz. Una etapa en vez de un instante sin sentido.
En este contexto la vida es solo una parte menor de un todo inasequible pero perfectamente perceptible.
Por primera vez en la historia… la ciencia, los relatos religiosos y los filosóficos se aproximan de tal modo que dejan de existir incoherencias de fondo entre ellos.
El sistema político de la Ilustración, que formuló la visión limitada del ser humano y la negación de lo absoluto va a tener que ajustarse a la realidad.
Es decir, la vida es importante por su función, pero no es ni lo único ni lo más importante. Por ejemplo: es mucho más importante el ¿Para qué?
Y hay respuestas a esta pregunta que ponen lo biológico a un nivel mucho más modesto de lo que pensábamos.
Buenos días.
Manu: gracias por los conocimientos, información y fuentes que aportas en tus comentarios. A muchos nos ayuda a ser conscientes de todo lo que ignoramos…y nos anima a seguir buscando.
Es cierto que se ha intentado y se intenta desde muchos aspectos definir la vida.
Cada nuevo descubrimiento desde la ciencia se abren nuevas interrogantes y se proponen nuevas claves a añadir a ese intento….descubrimientos…descubiertos…que a lo mejor han sido inspirados antes por seres que han trabajado en abrir sus mentes a nuevos pensamientos, a nuevos planteamientos filosóficos…y a artistas que han hecho lo mismo desde la profundización en su trabajo ¿quién inspira a quién?…
A lo mejor, la mayor dificultad a la que nos vemos abocados buscando un modelo tan regulador para desenvolvernos, es que se requiere que todo esté definido, sin género de dudas.. y eso no es posible.
Hace poco oí comentar a un Doctor en Biología algo así como que no somos conscientes de la plasticidad que alberga nuestro comportamiento bioquímico (que me perdone si lee estos renglones y no he hecho una interpretación correcta de sus palabras).
El caso es que lo que dijo me impactó porque significa mucho…y una de las consecuencia que yo veo es que ningún ser humano (habrá excepciones, alentadorísmas al respecto), por lo general se desarrolla en todo su capacidad a lo largo de su vida…y aunque podemos morir de viejos….lo hacemos pasando por un proceso de desarrollo mínino del que podríamos…a trancas y barranca, mucho más oxidados de lo que podríamos, con nuestro organismo y aliados dedicados a luchas y desenvolverse entre toxinas y ambientes hostiles propiciados a lo largo de nuestra vida….sí pero resulta que una capacidad de cambio y transformación latentes en nuestra biología….prácticamente sin apenas estrenar.
Esa realidad se esconde desde la razón, nos damos por concluídos, y eso limita nuestra capacidad de reaccionar buscando nuevas posibilidades antes los fracasos. La desesperanza y la depresión…con ella la agresividad, pues el miedo se hace fuerte, crece también de forma exponencial. Eso sí, alimentado todo ello por ese sistema sorprendido de los efectos perversos de su afán controlador y regulador.
No sé si algún día se podrá definir lo que es la vida…igual llega un momento en que no será necesario…pero creo que sí que lo es…y mucho.. empezar a ser conscientes de todo lo que ignoramos, o al menos no mentirnos a nosotros mismos al respecto., y reconocer que la palabra «misterio», late con fuerza en nuestro origen, desarrollo y destino.
Desde esa posible plataforma ¿quién osaría decidir que la vida de los demás vale menos que la propia…o que la propia y desconocida vida no tiene sentido….entre otras muchas cosas?
No soy especialista en la materia, y me siento muy lejos de la capacidad de los autores y blogeros para comentar cosas relacionadas con la temática. Pero leyendo el artículo y los comentarios me asalta una duda que me corroe, sobre si la pérdida del valor que le damos a la vida en la actualidad tendrá que ver con una sociedad abortadora y abortiva como es la nuestra.
Se desprende que el criminal valora su estampa por los efectos de la masacre por encima de su vida, y que la de los demás le importan un bledo, y solo son instrumentos para la consecución de sus objetivos personales. ¿Eso no es abortar?
Disculpen las molestias que pueden ocasionar mis dudas.
Gracias por este blog.
Para que una sociedad soporte psicológicamente la idea de que «otras vidas» están en función de lo que ella considera su bienestar, tiene que forzar y reforzar argumentos racionalistas (que no creo racionales), y a la vez, estrujar hasta casi hacer desaparecer, la sensibilidad y la sensorialidad….ahogarlas, hasta prácticamente su atrofiamiento, para que no entorpezcan el discurso intelectual que perseguimos.
Una sociedad que se acostumbre a esa forma de organizarse, es una sociedad que valorará «la vida», solo en función de lo que ella decida, desde la tiranía de la razón, lo que merece la pena ser «vivido» o no…
De esa manera, no solo no se valorarán aquéllas que se teme pongan en riesgo una situación de supuesto bienestar, sino inclusive, la vida propia…si se considera que no cumple los objetivos deseados.
En un momento en que descubrimientos desde todos los aspectos, y sobretodo el científico, que es el que parece pesar más, ponen de manifiesto todo lo que no sabemos respecto a lo que es «vida», nos empeñamos en regular y legislar sobre ella, sin saber qué leyes, de verdad, estamos atropellando…ni sus consecuencias
Dentro de tu comentario hay ideas que son cruciales en la historia humana y que tratamos de modo muy superficial o las descartamos inmediatamente por incómodas, difíciles o inconvenientes.
Una de ellas es el proceso decisorio sobre valores, sobre criterios de bien o mal.
Lo que se conocía como Derecho Natural que tras la postguerra se declaró inexistente por la intelectualidad de los dos Imperios cerrando a efectos prácticos un debate abierto desde Kant (que lo sostiene) y Hegel (que ha sido usado para ponerlo en duda y para apoyar los intereses del Poder descaradamente).
Esta confrontación –el esfuerzo por eliminar la huella de Kant fagocitándola y pervirtiéndola– es un momento crucial de la Ilustración. Crucial y Oculta.
No voy a entrar en el tema porque se sale de este medio pero resumiendo mi postura de hoy es que sí existen Derechos Naturales Universales y que estos tienen mucho más que ver con la armonía del universo y con la razonabilidad de las cuestiones que con cualquier proceso formal de decisión individual o colectiva.
Tanto es así que gran parte de las preguntas que esta sociedad procura no hacerse -porque no tienen buena respuesta y el que debe responderlas se irrita por la frustración que le producen– son de esa naturaleza.
Incoherencias tales como el rechazo de las corridas de toros (por no volver a hablar del buitre del Penedés tan respetable como Azabache, ese torito hermoso que mira la luna helada de Salamanca) en paralelo a la indiferencia sobre el aborto de conveniencia. Hay muchos ejemplos.
¿Puede una sociedad no romperse con este tipo de brecha moral en su seno? ¿Qué cohesión y sobre qué base moral puede exigirse dicho «contrato social» en una sociedad tan rota por dentro?
¿Cuál es el coste de la no cohesión, de la fragmentación y de la –inevitable por instintiva, lógica y natural– falta de respeto mutuo entre ambas posturas?
Recordemos además que por la regla de las mayorías genéricas el discrepante se ve obligado a aceptar, callar y pagar las consecuencias de posturas morales que le son ofensivas.
¿Cuánto tiempo resiste este tipo de sociedad que ha excluido cualquier valor moral que no venga propugnado por y desde los procesos bendecidos por el Poder?
Por los Intereses del Poder.
Me temo que menos de lo que algunos se pensaban porque ya viene un cambio de ciclo acelerado.
Incluso porque ya está en marcha un proceso clásico de acción/represión ante la simple manifestación de ideas. Ya hay casos y propuestas activas de Coercitividad Penal para prohibir la expresión de la discrepancia. Una sociedad así no resiste sin romperse gravemente.
Este tipo de incoherencias son muy destructivas pero para captarlo hay que bucear en los detalles porque sus ramificaciones y consecuencias son extensísimas y no salen a la luz de modo inmediato.
Pensemos, por ejemplo, en el ejemplo que damos con nuestros actos a quienes nos siguen. Educamos con el ejemplo, no con los Colegios.
Buenos días