
La actual pandemia de la COVID-19 está teniendo consecuencias que van más allá de los aspectos médicos y económicos. Las limitaciones que han impuesto las autoridades para evitar el riesgo de contagio hacen que haya disminuido enormemente, si no desaparecido, el contacto físico con otras personas; particularmente en países como el nuestro en donde la costumbre social hacía que los besos, los abrazos, las palmadas y el roce de piel con piel fuera más habitual que en muchos otros lugares.
En sus formas de enfermedad clínica se conoce como hafefobia (miedo acusado, persistente e irracional a ser tocado por otras personas), síndrome de la cabaña (no querer salir a la calle) o agorafobia (miedo a espacios exteriores o multitudes).
Lo peor es que se ha instalado socialmente en nuestro subconsciente el miedo y la desconfianza hacia los otros. Nos ponemos la mascarilla porque consideramos que los demás suponen un peligro para nosotros, que nos pueden contagiar (sí, ya sé que también para proteger a los demás, pero apostaría a que, en nuestro interior, pesa más lo anterior). Apenas vemos a los familiares y amigos, lo cual ya está teniendo consecuencias psicológicas sobre muchas personas, y habrá que ver qué repercusiones tiene sobre el global de la población a largo plazo. Los actos culturales (teatros, cines,…) se suspenden o tienen pocos asistentes por miedo al contagio, a pesar de las medidas de seguridad tomadas.
Este temor se une al provocado adicionalmente por la situación de precariedad económica y laboral a que nos está abocando esta crisis. Las épocas en que el miedo y los recelos se hacen fuertes en una sociedad son peligrosas ya que es fácil que prosperen las ideas extremistas y los salvadores que pretenden arreglar todo de una manera simplista. Aviso a navegantes.
Quiero profundizar hoy en lo que las medidas de distanciamiento social y las recomendaciones de no mantener contacto físico están suponiendo.
La piel es nuestro órgano más extenso. En sus dos metros cuadros de superficie se encuentran cinco millones de terminaciones nerviosas que nos ayudan a interactuar con el entorno, siendo las áreas del cerebro que procesan esta información unas de las más grandes.
Tiffany Field del Touch Research Institute de la Universidad de Miami explica que cuando la piel es tocada aumenta la serotonina y que la falta de contacto deteriora al ser humano física y emocionalmente, pudiendo llevar a cuadros depresivos o de ansiedad. El tacto envía mensajes al nervio vago del cerebro y, al incrementarse de esta manera su actividad, “el sistema nervioso se ralentiza, disminuye el ritmo cardíaco y la tensión sanguínea, mostrando las ondas cerebrales una relajación. Se disminuyen también los niveles de hormonas del estrés como el cortisol”. El tacto libera oxitocina, la denominada hormona del amor.
Es interesante señalar que cuando disminuimos el nivel de cortisol gracias al contacto, aumenta nuestra función inmunitaria, lo cual significa que, paradójicamente, en estos momentos de distanciamiento social, no estamos ayudando a nuestras propias capacidades de inmunización.
Las limitaciones que nos está imponiendo la pandemia están provocando lo que se ha denominado como “hambre de piel”, que es el deseo profundo de contacto físico con otra persona que se produce cuando su ausencia se prolonga. Su déficit curiosamente nos hace potencialmente más susceptibles al coronavirus. Un abrazo o una caricia pueden ayudarnos mucho tanto emocionalmente como físicamente. Especialmente en la época del confinamiento estricto, muchas personas que vivían solas experimentaron lo que podríamos denominar como un síndrome de abstinencia con síntomas de malestar, estrés y ansiedad.
Las edades en las que el contacto con la piel se ha observado más importante son en los bebés y en los ancianos. En el caso de los recién nacidos se les coloca recostados sobre el pecho y el abdomen de su madres, siendo el tacto el sentido más primitivo, el primero que comunica. La liberación de oxitocina durante el parto y la lactancia ayuda a fortalecer los vínculos entre madre e hijo. Se ha demostrado que si a un bebé se le cuida físicamente (se le limpia y alimenta) pero no hay contacto de piel con piel durante una parte importante de su desarrollo, crece con falta de cariño, lo cual va a tener un impacto directo con su desarrollo cerebral, psicológico y emocional futuro.
Y qué decir de los ancianos, especialmente los que están en las residencias y a los que, en general, hemos tenido miedo de tocar o acariciar por ser la población más sensible al coronavirus.
El tacto es importante para todos los mamíferos, pero especialmente para los primates. El psicólogo estadounidense Harry Harlow hizo una serie de experimentos muy significativos con monos de corta edad a los que se les separaba de sus madres y se les proporcionaban dos madres “adoptivas” (en ambos casos muñecos). Una de ellas estaba hecha de cables y madera mientras la otra de un paño suave. Los monitos preferían esta última aunque la primera era la que tenía la botella de leche. Por tanto priorizaban el contacto físico sobre el alimento.
Lo que está claro es que, como primates, somos animales sociales y el tacto juega un papel fundamental en nuestra naturaleza.
No existen en todos los países las mismas costumbres ni la misma cultura en cuanto a la distancia social y el contacto físico. Aunque esto lo sabemos por experiencia, es interesante el estudio que en los años 60 realizó el psicólogo Sidney Jourard sobre cómo se desarrollaban las conversaciones entre amigos en distintos países. Así observó que en Puerto Rico, en el espacio de una hora, la gente se tocaba una media de 180 veces, mientras que en París fueron 110, En Florida 2 y en Londres no hubo ningún contacto. Me atrevo a asegurar que, en países como España e Italia, estaríamos más cerca de las cifras de Puerto Rico.
El tacto, incluso cuando se da de una manera breve, es capaz de expresar sentimientos y emociones mucho más fielmente, y de manera silenciosa y sutil, de lo que cabría pensar en una sociedad en la que a veces creemos que las únicas maneras de expresarse son mediante la palabra o la vista.
Así lo demostró Matthew J. Hertenstein en un estudio que hizo con 248 estudiantes en el que comprobó que, con los ojos vendados y mediante breves toques en el antebrazo, personas extrañas podían comunicar emociones esenciales para la cooperación en grupos como gratitud, simpatía, miedo, ira y amor. El grado de éxito en estas comunicaciones fue siete veces superior al que se produciría por el simple azar y comparable con el obtenido en estudios de transmisión verbal y facial de emociones.
Los fisioterapeutas saben mucho de esto y del efecto balsámico y curativo que sus manos pueden proporcionar.
Las palmadas, choques amistosos, etc. también son importantes entre los jugadores de un mismo equipo deportivo cumpliendo la función de mejorar la sensación de confianza y unidad del grupo.
Todo esto demuestra la gran importancia del contacto físico para el ser humano, contacto que ha decaído enormemente en estos tiempos convulsos.
La terapeuta Virginia Satir decía que “necesitamos cuatro abrazos diarios para sobrevivir, ocho abrazos para mantenernos y doce para nuestro crecimiento personal”
En estos meses se han dado algunas recomendaciones para reducir los efectos del “hambre de piel” como son reforzar el contacto físico con los convivientes, expresar mediante palabras y miradas los sentimientos e impulsos cariñosos, sonreír, acariciar mascotas, darse masajes, etc. Está claro que pueden ser remedios de emergencia, pero que no sustituirán al original en ningún caso.
Cabe pensar qué va a pasar después de la pandemia, qué impacto va a tener en nuestra manera de relacionarnos. ¿Volveremos a expresarnos tan efusivamente como acostumbrábamos en nuestro país o esta mayor frialdad en las relaciones se va a instalar de forma definitiva ya sea de forma completa o parcial? ¿Estamos interiorizando una nueva manera de comportarnos? Ojalá que no, el tiempo lo dirá.
Para finalizar me gustaría indicar que, si hacemos caso a las recomendaciones de Virginia Satir comentadas anteriormente sobre el número de abrazos que deberíamos dar cada día, habría que preguntarnos: ¿cuántos abrazos hemos dado hoy?
Con independencia de las opiniones de los terapeutas tan interesantes y personales, hay un hecho cierto: una clara intencionalidad de enfrentar en lugar de acercar a la gente. Crear enemigos de la nada ha sido una forma de crear conflictos donde no los había, con intención de crear miedo o pánico en las poblaciones que, de esta forma, se entregan sumisamente a quienes les brinda supuesta seguridad. Es el «divide y vencerás» de todo poder totalitario y en eso estamos por mucho que nos engañemos.
Es indudable que los traumas psíquicos y las patologías graves en una sociedad sin pulso, anómica y preparada durante años para la ingeniería social, van a ser abundantes.
No se habla de los problemas de hipoxia en el organismo provocada por las mascarillas, sobre todo en las personas mayores. No se habla de los comportamientos psicológicos absurdos, como estar todo el tiempo restregándose las manos sin motivo. No se dice nada de la soledad (llamada eufemísticamente «distancia social») a que nos vemos obligados….. Nos ocultan el después (si es que hay un después).
No es sólo la falta de piel, sino la falta de expresión en las escasas relaciones. No se trata de los abrazos (cuyo número establece la Sra. Satir sin explicar porqué no uno más o uno menos), sino del creciente recelo hacia nuestros semejantes a los que no se puede siquiera estrechar la mano mientras se hace la cursilada del saludo de codo u otras parecidas.
Hace unos días hice un experimento. Se trataba de elegir entre adoptar una persona que necesitara ayuda o de adoptar un perro, una mascota….. Adivinen lo que se elegía. Estamos rechazándonos como seres humanos, nos hacen odiarnos para dividirnos, nos hacen temernos para cortar cualquier vínculo afectivo, mientras nos inoculan a través de los medios las emociones mediáticas que más convengan para sacar dinero (entre otras cosas).
Hola O’Farrill.
Independientemente de la intencionalidad o no de lo que está ocurriendo, lo cierto es que las consecuencias están ahí y todavía no sabemos cuáles serán a medio largo plazo.
Coincido contigo en que no solo estamos faltos de relación táctil, sino de expresividad y comunicación en general. El aislamiento no ayuda en esto y las mascarillas tampoco en los pocos momentos en que nos vemos cara a cara.
Muchas gracias por su respuesta. Como soy un tanto cartesiano y me gusta ir al «porqué» de las cosas, intento conocer las raíces de este cambio de paradigma en lo político y en lo social, quienes lo promueven en realidad y sobre qué bases, sin que parezca importar el coste humano. Un saludo.
«intento conocer las raíces de este cambio de paradigma»
Llámeme loco, pero ¿ha pensado que quizás todo esto sea debido a un virus respiratorio muy contagioso del que debemos protegernos y a la vez proteger a los demás, especialmente a los más mayores por su letalidad? Yo algo he oído sobre eso…
Por supuesto que no voy a llamarle «loco». No es mi estilo. Es su opinión que luego he visto ampliada en otros comentarios y que desde luego respeto. Ahora la mía sigue siendo más radical y desde luego no me creo por aquello de que «lo ha dicho la televisión» la supuesta información que no van suministrando por mucho que proclamen la «oficialidad» de las fuentes (que ya sabemos donde están). Algo he tratado de saber de los virus o las «rickettsias», pero no voy a repetir mi comentario al respecto en otro artículo de este blog. Allá cada uno con sus creencias y su fe en los datos que nos suministran. Un cordial saludo.
Cuando decimos que una persona tiene «tacto» en sus relaciones con los demas, nos referimos a su capacidad y delicadeza para entender y sentir a los otros.
Pero esta antigua expresion es el resultado de que históricamente se propone el conocimiento de alguien, realizado fundamentalmente por el contacto físico.
Como explica Francisco en su artículo, es el sentido con mas receptores que hay en el cuerpo, cerca de 20.000 receptores sensoriales.
Esto quiere decir que para poder evolucionar necesitamos desarrollar mas el sentido del tacto.
Por tener que procesar tanta información el cerebro lo ha ido perfeccionando, de ahí la importancia de este sentido en las relaciones entre los seres vivos; por tanto el tacto no solo lo tenemos a nivel sensorial en la piel si no tambien en el hecho de comunicar a alguien una información.
Influye determinantemente en las conclusiones finales, la manera de como estrechar la mano a alguien al presentarse o al dar un par de besos en el saludo.
Tambien como se comenta en el artículo, la restricción fuerte en el uso de este sentido nos provoca problemas fisicos y emocionales.
Las limitaciones que nos estan imponiendo como consecuencia de la pandemia estan empezando a producir ya este tipo de enfermedades.
Desconozco los criterios reales que se han aplicado para determinar este distanciamiento social, pero independientemente de los beneficios que reporte (más lenta propagación del virus ) está produciendo graves perjuicios emocionales y psicológicos ademas de carencias con respecto a un tema a mi juicio fundamental como es el desarrollo de las capacidades del ser humano.
Yo desde luego no quiero que me protejan así, me recuerda al que pasaba hambre pudiendose hacer una tortilla por no querer romper los huevos
Un abrazo ( de momento virtual)
«Yo desde luego no quiero que me protejan así»
Quizás sea porque no necesite esa protección, a diferencia de las personas de más de 60, 70 u 80 años, que son las que de verdad necesitan ser mayoritariamente protegidas y para las que se supone que se está haciendo todo esto, y no para tantos quejicas incapaces de «soportar» no ir al bar de tapas. Grupo de población, este de los más mayores que, con los datos oficiales del MOMA, ya debe haber perdido en el último año unas 90.000 vidas solo en España.
Algunos nos tendrán que explicar alguna vez (desde la cárcel, quizás) por qué en ciertos países en donde se trabajó para bajar a cero los contagios, costara lo que costara a la economía, tras más de un año de pandemia tienen como resultado (además de una economía saneada), en muertos por millón de habitantes, lo siguiente:
Singapur 5, N. Zelanda 5, Corea del Sur 34, Australia 35, Hong Kong 27, Malasia 40, o Japón 73.
Mientras que en la civilizada Europa (donde nuestros líderes decidieron que debíamos «convivir con el virus»), tenemos estas cifras de muertos por millón de hab.:
Alemania 950, Austria 1050, Suiza 1200, Francia 1550, España 1600, Italia 1800, o Gran Bretaña 1800 (podríamos añadir a este grupo de campeones a EEUU, con sus buenos 1700 muertos por cada millón de habitantes)
Una horquilla de 10, 15 o incluso 20 veces más muertos en unos países desarrollados que en otros. Para quien tenga dudas de lo diferente que es una política en la que supuestamente se pone por encima de la salud de las personas la salud de la economía (sin conseguir ni lo uno ni lo otro) nos la den los países nórdicos. Donde se luchó de verdad contra el virus (con fuertes confinamientos zonales y verdaderos seguimientos hasta bajar realmente la transmisión) los resultados fueron óptimos (Islandia 85, Noruega 125, Finlandia 155), mientras que en Suecia, donde se decidió «convivir con el virus», el resultado ha sido de 1300 muertos por millón de habitantes.
¿Exigiremos alguna vez a nuestros amados líderes (Johnson, Merkel, Macron, Sánchez, etc) que nos den una explicación? ¿Les haremos pagar por el desastre humano que estamos sufriendo (solo en España llevamos ya casi 100.000 muertos según los datos oficiales de MOMO) si no la tienen?
¿O vamos a volver a dejar que juzgue «la Historia» (que sin duda lo hará)?
Estimado comentarista “Yamevoy”, puedo estar equivocada, pero creo que los países que Ud. menciona como mejores gestores de la pandemia son los que, precisamente, aplicaron medidas restrictivas ponderadas allá donde hacía falta, no confinaron a mansalva a sus ciudadanos y mantuvieron “vivo”, gracias a ello su tejido productivo, y contuvieron mejor la mortalida.
Por otro lado, al mismo tiempo, y gracias a esa ponderación de las medidas, mediante, seguramente, una gestión de los gobiernos que, a lo mejor, sí ponían de manifiesto que simplemente hacían el trabajo, o al menos lo intentaban, por el que los ciudadanos les pagaban, sin tirar “perezosamente” por la “calle de en medio” y sin admitir cuándo no sabían qué hacer, ni mucho menos, buscar a los mejores para ayudarles, las poblaciones de esos países que menciona, no parecen mostrar el grado de “depresión anímica”, que, al menos en nuestro país, empieza a ponerse tristemente de manifiesto.
En EEUU, por otro lado, hay que saber, también, poner en su sitio las cifras. Estamos hablando de prácticamente la extensión de un continente con su población comparándolo con un país, no estoy diciendo que su gestión haya sido buena ni mucho menos, pero vamos a pormenorizar un poco, a ver qué sale de verdad…¿no?.
Las imágenes durante los peores momentos de la pandemia provocada por la “gripe china”, que llegaban a nuestras retinas de otras partes del mundo, reflejaban que, aunque nos estuvieran filtrando y sesgando esa información (que también, y se intentaba mucho), no se podía evitar comprobar, por ejemplo, que en países como Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur, en fin, todos los que Ud. cita, los ciudadanos seguían manteniendo una actividad que nada tenían que ver con las restricciones draconianas que aquí, se estaban implementando.
Medidas, que se notaban nada matizadas, debatidas ni estudiadas adecuadamente como correspondería a países desarrollados.
El resultado no es que esos países, por haber tomado medidas durísimas de aislamiento y represivas de movilidad, tengan mejores resultados, pues no lo hicieron así, menos en China, epicentro de la “gripe idem”…., y no en todo el país, es más, creo que una de las cosas que llamaban más la atención, y así inclusive, se ponían de manifiesto en los “medios de comunicación”, era que se esperaba que esta pandemia hubiese hecho estragos en países asiáticos con una elevadísima densidad de población por kilómetro cuadrado, y no era eso lo que aparentemente ocurría.
Sin embargo, aquí en Europa, y sobre todo en el país donde más duras fueron las medidas de confinamiento, de obligación de llevar mascarilla en el bosque rodeado de árboles sin un alma al lado, en las playas desiertas y bañándote mar adentro también, es donde tenemos las cifras más terribles de contagios, muertes y destrucción económica a nivel global, es decir, en nuestra “piel de toro”.
Siempre, y creo que no soy la única, me han desconcertado las medidas que se han ido tomando, a nivel de salud comunitaria, en ese aspecto.
Choca con todo lo que, en mi experiencia en el mundo sanitario aprendí, me enseñaron, y debía poner en práctica.
¿Cómo piensa Ud. que se refuerza el sistema inmune?, ¿aislando, aterrorizando, amordazando, evitando la relación entre la gente porque sí, sin estudiar unos parámetros lógicos, adecuados, sin matizar de verdad dónde y cuándo hay que mantener una serie de medidas de protección, sin enseñar a la gente cómo se debe proteger de verdad y en qué momento, sin propiciarla sosiego y posibilidades de confianza y conocimiento de sus organismos, de su propia salud?, pues mire, no, no es eso lo que yo aprendí…..y no puedo dejar de rebelarme por ello, porque eso no es cuidar, es destrozar las posibilidades de las personas para aprender a conocerse y cuidar de sí mismas.
El otro día observé el reflejo de mi perfil, embozado en una mascarilla FFP2.
Al desaparecer la boca y la nariz, y haberse extendido artificialmente hacia adelante, era, propiamente, la de un simio….y me horrorizó.
Creo que estamos de acuerdo en muchas cosas. Esas medidas absurdas e inútiles que usted comenta (mascarilla en el bosque, etc) son absolutamente necesarias para que parezca que el gobierno hace algo que en realidad no quiere hacer. En España (como en otros países europeos con nuestros mismos desastrosos resultados) se decidió «convivir con el virus» en vez de luchar contra él hasta ponerlo a cero antes de desescalar. Supongo que se hizo así porque se pensó que sería mejor para la economía (al menos para la economía de algunos, que siempre son más importantes que el resto). Yo diría que además de una decisión criminal fue una decisión errónea: el desastre, en vidas y económico, para enormes sectores sociales está claro. Y aún así, ola tras ola, se ha repetido lo mismo.
Que hoy en día ya esté mucha gente (especialmente joven) hasta los mismísimos y ya no haga caso de nada es lo lógico viendo lo inútil de las medidas durante tanto tiempo. En mi opinión son los gobernantes de estos países europeos (incluído nuestro Sánchez), y no los ciudadanos, los que tienen que rendir cuentas del por qué de más de un año con medidas prácticamente inútiles ola tras ola (pese a tener de ejemplo países con otras medidas que se han demostrado exitosas). Y si no tienen explicación convincente y decente del por qué, creo que la cárcel es el lugar para pagar por esta tropelía criminal que estamos sufriendo muchos países.
Buenas tardes Don Francisco
Necesaria columna. Como muchas, todas, que aquí se publican.
Yo estoy mas en la línea de lo que han comentado O’farrill o Loli.
Uno de los aspectos mas terribles de esta hambre de piel es la sensación de que todos estos sacrificios son inútiles. Y ello es debido a que vemos cada día que pasa que muchas de las medidas que se nos imponen son completamente arbitrarias y disparatadas. Se las obedece porque toca, pero el clima de opresión para cualquiera que ose ponerlas en duda sería alabado por cualquier inquisidor con experiencia.
Y si cuando se le intenta buscar una explicación racional a dichos disparates, explicación que parte de que pareciera que responden a otros intereses muy diferentes de los sanitarios/sociales/económicos … se le etiqueta a uno de terraplanista, conspiranoico, reptiliano y de llevar uno de esos conos de papel de aluminio para que los extraterrestres no le lean a uno el pensamiento. ¿Que hacer?
Aunque el rebosen de sentido común (por ejemplo, los metros en Madrid siguen sin abrir TODAS las puertas cada vez que llegan a una estación… independientemente de que haya no demanda por parte de alguien que quiera entrar/salir. Se nos dice lo terrible que son los aerosoles y que por ello debemos viajar calladitos pero son incapaces de provocar la renovación de ese aire por métodos tan viejos como el de abrir sus puertas.. y tener las ventanillas siempre abiertas. Y se me ocurren mas pero para que seguir, seguro que ustedes también habrán observado montañas de contradicciones que a los burócratas de nuevo cuño les dan igual)
Y es ese tener que aceptar con rabia el no poder tener unas relaciones con nuestros semejantes mas «físicas», mientras los que están mas arriba hacen lo que les da la gana (sólo hay que ver el bronceado pascual de nuestros capos, o las fotos de su propaganda electoral, porque ellos lo valen), mientras nuestro mundo se va por el retrete, cada día con mas normas absurdas; lo que está llenando de mucha desazón a muchos de nosotros.
Tirando de Ockham tendríamos que aceptar que toda ese caos normativo es producto de su incapacidad, derivada de la aplicación exhaustiva del Principio de Peter. Pero por lo mismo nos tendríamos que creer que lo mismo para con la independencia de las Repúblicas ex españolas en América, donde las sociedades «discretas» tuvieron mucho que ver, o con la Revolución Rusa donde poderosos banqueros pusieron un pastizal en apoyarla…
Hay demasiadas preguntas sin respuesta, la primera es ¿de donde vino el bicho en realidad? donde las respuestas oficiales cada vez tienen menos peso.. de lo que se deriva que todas estas privaciones además de ser terribles, se sospeche que no sirvan para luchar contra el bicho, por un lado; y beneficien a terceros por otro.
Lo peor es que si hay algunas medidas que sirven. Como el cierre/control real de fronteras. Pero que perdidas en ese maremagnum de contradicciones al final se corre el riesgo de que lo lógico acabe en el mismo cubo de la basura que lo surrealista.
Lo importante es que de haber un «culpable» lo seamos nosotros, que somos cómo niños que no quieren obedecer a papá/mamá. Y puestos a buscar un culpable entre los niños (o sea nosotros) , mejor que lo sea ese gordito con gafas que además hace los deberes y se da cuenta de que el profe muchas veces no tiene ni idea.
Dejo este link.
No estoy de acuerdo con todo lo que expone, pero si deja unas reflexiones que deberíamos hacernos cómo sociedad y que van en la línea de lo comentado por Don Francisco y su post de hoy.
https://www.lasinterferencias.com/2020/10/27/no-os-olvidamos-una-sucesion-de-puertas-cerradas-en-ocasiones-con-llave-y-personas-golpeando-y-suplicando-por-salir/
Un cordial saludo