La clave

Solo los casos más extremos del problema son los que salen a la luz, y recogen la estupefacción, repulsa y escándalo de la bien pensante opinión pública. En esta categoría se recogen violadores, delincuentes comunes, extorsionadores, pederastas, maltratadores, ladrones, y un largo etcétera que componen lo que en Psicopatología se denominan alteraciones psicopáticas.

Ante ello la sociedad se defiende con un Código Penal que castiga acciones, comportamientos, hechos o actividades. Pero bien es sabido que hay procesos psicopáticos en los entresijos de los deseos, las intenciones, los pensamientos, las ideas o en conductas que, sin infringir ningún precepto legal, están muy al límite de lo que sería mínimamente aceptable. Y unas sociedades más abiertas y tolerantes que cualquier autocracia tienen más difícil detectar y combatir estos trastornos.

“No es de extrañar encontrarse con figuras del mundo de la política, el espectáculo y las artes, de la comunicación y las letras… salen a la luz sus abominables conductas.”

En los desterrados y carpetovetónicos catecismos, haciendo un paralelismo con su primo el código penal, que es su heredero disfrazado de progre; se decía que existían cuatro tipos de pecados, los de pensamiento, palabra, obra y omisión. En nuestras leyes civiles solo existen el segundo y el tercero, y como corresponde, hay que demostrarlos. No hay quien sepa para cuándo tendremos un visualizador del pensamiento interno, pero si se llega a conseguir, habría que prohibirlo inmediatamente por aquello de la alarma social, y por no descubrir de que sustancia están hechos los pensamientos de los gobernantes.

No es de extrañar encontrarse con figuras del mundo de la política, el espectáculo y las artes, de la comunicación y las letras, que habiendo aprendido a sobrevivir entre los bastidores de su ámbito profesional, solo salen a la luz sus abominables conductas cuando alguien con suficiente poder de influencia y arrojo determina acabar con el silencio cómplice que ampara socialmente a estos sujetos. Suelen ser combates de David contra Goliat.

“Trepas, pelotas, correveidiles, advenedizos… …bribones, haraganes, bellacos, astutos y buscones… chivatos, delatores, aduladores, arribistas, y vivos.”

Las acciones que llevan a cabo estas personas son generalmente toleradas por una mezcla de miedo, admiración y necesidad, pues no acaban de resultar claras en un juicio que solo determina culpabilidades e inocencias, y que necesita de pruebas fehacientes suficientes para poder emitir un veredicto claro, pero en cambio, resultan más evidentes en los entornos de convivencia en los que el psicópata se mueve cotidianamente.

Trepas, pelotas, correveidiles, advenedizos, son figuras populares en los ámbitos laborales que se sitúan un escalón por debajo de los mencionados antes, pero que respiran el mismo espíritu ambicioso que aquellos. A los bribones, haraganes, bellacos, astutos y buscones les sucede lo mismo pero en el terreno social. Chivatos, delatores, aduladores, arribistas, y vivos son comunes en el medio escolar. Y así podríamos seguir con un sinfín de perfiles caricaturizados de “personajes” en cualquier medio humano, cuyo denominador común es utilizar las fisuras de las relaciones para acercarse lo más posible al poder en abstracto que más conveniente les resulte sin ninguna consideración ética, moral o social.

“Esta pandemia ha puesto en evidencia los pies de barro sobre los que tenemos instalada nuestra psique, centrada en la inconsistencia y falsedad tanto de la sociedad de consumo como del estado del bienestar.”

Esta realidad miserable del “espíritu humano” es tan antigua como el hombre, pero la desacralización del pensamiento moderno, adecuadamente disfrazada de ideología, o de intereses comúnmente aceptados como la riqueza o el crecimiento económico, ha traído esta servida anormalidad a la presencia permanente en todos los ámbitos, sin que aparentemente nadie se haya escandalizado demasiado.

Por desgracia, esta pandemia ha puesto en evidencia los pies de barro sobre los que tenemos instalada nuestra psique, centrada en la inconsistencia y falsedad tanto de la sociedad de consumo como del estado del bienestar, sucedáneos baratos pero efectivos de la alienación generalizada. La consecuencia silenciosa y silenciada de las oleadas de contagios es el deterioro de los estados de salud mental de la población en general, aplastada hasta la yugular de casos de angustia y depresión que han aumentado por doquier entre los afectados, los allegados y la pléyade de observadores que siempre ven los toros desde la barrera.

“No es de extrañar que los infantes reproduzcan estos comportamientos normalizados a fuerza de tolerarlos, si ven como el mundo de sus mayores está plenamente plagado de ellos a diario y desde puestos de alta responsabilidad política, mediática y social.”

Comentando hace unas semanas con un amigo profesor de primaria, la realidad psicológica de las nuevas generaciones que él tiene que tratar cotidianamente, me indicaba la estupefacción que le producía ver como sus alumnos realizaban perrerías día sí y día también, sin el más mínimo rubor o precaución propio de quien sabe, o siquiera intuye, el contenido malicioso de su conducta.

No es de extrañar que los infantes reproduzcan estos comportamientos normalizados a fuerza de tolerarlos, si ven como el mundo de sus mayores está plenamente plagado de ellos a diario y desde puestos de alta responsabilidad política, mediática y social. La etapa de deterioro democrático que nos viene asolando los últimos años se caracteriza cínicamente por aquello de que “si todos los bañistas se mean dentro del agua, porque yo no lo puedo hacer desde el trampolín”. Y este cinismo del adulto se traduce en maldad en los niños que aún no han aprendido la hipocresía del lenguaje de la corrección.

“Es por ello por lo que en el mundo político, mediático y social, hace falta mucho más sentido del humor.”

Preguntado por el educador desesperado sobre cómo debería encarar el problema, una vez comprobado el escaso resultado a la hora de exterminar estas conductas mediante reprobaciones, castigos y demás, le expuse que lo que peor soporta un pequeño psicópata es que se caricaturicen sus conductas, llevándolo hasta el ridículo. Tornando así sus intenciones de destacar frente a sus iguales, a partir de cuestionar el poder establecido en la clase, para hacer valer sus propias facultades antes apagadas; es por la iniciativa del profesor como el grupo se vuelve contra el transgresor contemplando como estúpidas y dignas de burla sus aviesas intenciones de conquistar el poder erosionando las del otro.

Es por ello por lo que en el mundo político, mediático y social, hace falta mucho más sentido del humor para desenmascarar las habituales artimañas de quienes sufren extravagantes delirios de un poder soñado desde la impotencia que se ha establecido en sus pequeñas y limitadas almas dolientes, como solución a sus problemas mentales.

Un comentario

Una respuesta para “La clave”

  1. O'farrill dice:

    Totalmente de acuerdo con el artículo al que poco o nada se puede añadir. Es importante el análisis del deterioro social que la crisis sanitaria ha venido a agravar en conductas y comportamientos en una sociedad acobardada. Los más significativos los político-mediáticos de propaganda falsa con la captura de mentes (Mao) que se supone preparadas. Son unos daños colaterales de los que no se habla pero que van a acarrear problemas de toda índole con carácter reactivo: más enfrentamiento social y familiar, más conductas psicológicas de paranoia, miedo, inseguridad, ansiedad …y menos inteligencia racional que cuestione, critique y denuncie las imposturas de quienes llamamos «nuestros dirigentes». Enhorabuena por el artículo. Un saludo.

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