
Siguiendo los modos antiguos del santoral, la recién pergeñada moda de asignarle un día a una causa ciudadana que destaque, hace unos días tocaba dedicarlo al suicidio. Puestos a juzgar, no sé qué es mejor si esta nueva tendencia de reseñar un problema social, o rememorar al Santo de turno muchas veces muerto tras martirización. Ambos ponen los pelos de punta, uno aplicándoselo a sí mismo, y el otro como consecuencia de la acción de un tercero a cuenta de la fe.
“…acostumbrados a definir la vida como una prolongada fuente de satisfacción continua, el sufrimiento humano nos resulta extraño, distante y desconocido”.
¿Hay tanta diferencia entre ambos modos?
De las muchas y bienintencionadas cosas publicadas a propósito del día dedicado al suicidio, pocas tocan de verdad el problema que subyace habitualmente a las personas que se quitan a sí mismas sus vidas. Quizás es porque acostumbrados a definir la vida como una prolongada, con vocación de perpetuación, fuente de satisfacción continua, el sufrimiento humano nos resulta extraño, distante y desconocido. ¡Y qué decir de la propia muerte, convertida en fiesta infantil colectiva y trivial con premio al que más susto produzca al prójimo! Tan ridículo como lo son tantas vidas.
Si queremos empezar a entenderlo debemos hacerlo por el hecho de que la especie humana, a diferencia del resto de los seres vivos, detenta la facultad de ser autoconsciente de su vida, que es como decir que también lo es de su propia muerte. Esta comprensión nos permite elegir, en la inmensa mayoría de los casos y los días, el continuar viviendo con unos u otros estilos, prioridades y preferencias, incluso en los entornos más hostiles y difíciles. Pudiendo morir elegimos vivir, más allá de las disquisiciones filosóficas sobre Eros y Tánatos, como reflejos de ambos impulsos que requerirían de más de un tratado.
“Pudiendo morir elegimos vivir”
Desde esta mentalidad ampliamente compartida, de que de lo que se trata es del placer y la satisfacción, no se comprenden las motivaciones que llevan a un individuo a terminar con su existencia. Aunque la mayoría de las veces no se trata de una decisión consciente, deliberada y adoptada, sino de una conclusión informal y ambiguamente adquirida por la sucesión de episodios vitales que conducen a percibir la propia vida como un callejón sin salida. Es importante resaltar este punto en tanto en cuanto le da una significación puramente subjetiva al hecho mismo, es decir que es consecuencia directa de las frustraciones acumuladas de los deseos y expectativas vitales insatisfechas. Otra persona en similares circunstancias pero con otra mentalidad no albergaría en su interior el impulso de quitarse de en medio.
Los denominadores comunes en la mayoría de las existencias de quienes finalmente acaban con sus vidas suelen ser la angustia, el sufrimiento y la desesperación, el anverso de la moneda actual que es el deseo, la satisfacción y las expectativas placenteras. No es de extrañar que, a niveles macrosociales, se trate de fenómenos modernos que no podemos desvincular de los estilos de vida imperantes en nuestro entorno. Así, en sociedades enormemente alejadas de estos estilos, como las asiáticas o las africanas, pese a todos los reparos que podamos atribuirles a los datos estadísticos arrojados, estaríamos hablando de cifras insignificantes. Allí se matan pero por sobrevivir.
“Otra persona en similares circunstancias pero con otra mentalidad no albergaría en su interior el impulso de quitarse de en medio”.
La actual pandemia del coronavirus, que ha llenado las consultas psicoterapéuticas, ha puesto aún más en evidencia la dependencia adquirida en nuestras sociedades de las tres fuentes de placer por excelencia: las drogas y los psicofármacos, el ocio consumista y el sexo en cualquiera de sus formas, maneras todas instaladas desde una alienación vital que, por lo que tiene de invadida, compartida y generalizada, se nos pasa como desapercibida en una felicidad impostada que algunos no consiguen alcanzar. No hay tanta diferencia entre los que se administran a sí mismos la muerte y aquellos que morían martirizados por unas causas que consideraban imprescindibles en sus vidas.
“…una alienación vital que por lo que tiene de invadida, compartida y generalizada, se nos pasa como desapercibida en una felicidad impostada que algunos no consiguen alcanzar”.
Y a estos inadaptados el mundo que les rodea no les brinda muchas oportunidades, pues los modos imperantes son cada vez más homogéneos, estrechos y monocordes, modos de los que, a base de eslóganes inclusivos fatuos y baldíos, quedan excluidos por no querer participar del festival cotidiano de un tal bienestar. Y ya sea en los albores de encontrar su lugar en el mundo, o en la constancia del fracaso de aquello que constituyó su proyecto de vida, deciden marcharse de este escenario por la legal e ilegítima puerta de atrás, para una vergüenza y un escarnio que no queremos contemplar los demás, disimulándolo detrás de estadísticas y políticos y políticas simplemente buenistas, la moderna, diabólica y actual impostación del Bien.
¿Es la vida algo más que un espacio y un tiempo de disfrute? ¿Cuánto tiempo pasará para darnos cuenta de la importancia de volver a ligarse y aborrecer de las doctrinas, sean cuales sean las modalidades de estas?
«Si no asumimos que vivir comporta necesariamente morir, no vivimos». Esta frase a propósito del pánico instalado en la sociedad con el Covid 19, me la decía un amigo harto de vivir en ese miedo monitorizado y utilizado por la política, el mundo corporativo y los medios de comunicación. Morir, sufrir, alegrarse, ser feliz (a veces), envejecer, etc. son formas de vivir. Unas contrapuestas a las otras lo que hace que las sepaños valorar en lo que suponen. Una vida plana y planificada, como la que se nos ofrece desde esos iluminados que creen poder dominar la Naturaleza (las personas también lo somos) en sus múltiples facetas simplemente porque tienen dinero, nos da una idea de lo que la sociedad (salvo excepciones) entiende como vivir.
Como muy bien dice el artículo ya no estamos para otra cosa que un supuesto e impostado placer que nos hará más vulnerables, necios, paranoicos, cobardes e ignorantes.
Vamos en esa larga fila a un infierno de pesadilla con la mente vacía, sin sueños, sin sorpresas, dependientes de un artefacto que no dice lo que debemos hacer en cada momento,por donde ir, donde comer, cómo vestir o relacionarnos pero, sobre todo, que nos recuerda constantemente que’ en ese mundo «sano» que dicen, cada día debemos estar preocupados por algo tan simple como vivir a tope cada momento.
Somos ya «transhumanos»un término que define a otro tipo de gente: los que no rechistan por nada, los que aceptan con resignación los atropellos y tropelías de todo tipo, los que han entendido que «eso es lo que hay» y no se rebelan…… Ellos no deben preocuparse por sus vidas, porque ya han muerto….. Son los nuevos»zombies»….
Un saludo
La muerte es un cambio de estado. Ni nuestros actos ni su memoria cósmica desaparecen porque están ya para siempre integrados en ella..
Del mismo modo que traemos al mundo retazos de recuerdos de la etapa anterior, nos llevaremos para siempre lo hecho.
No hay nada en la Física actual que niegue las dos frases precedentes y mucho que las apoya.
Lo traigo como contexto para la reflexión sobre un buen artículo que se produce cuando la cultura que hoy imparte el Poder se apoya en presupuestos científicos superados durante el periodo que va desde Planck a Einstein. Es decir, aproximadamente desde 1890 a 1015.
Hoy gobiernan ideólogos del odio, de la muerte y del olvido porque son testigos de su anacronismo y de su propia agonía.
Para defendernos basta preservar la memoria y un poquito de amor propio.
Saludos
PS. Se va notando el paso de los años.
Cuando yo era niño no se celebraba el Cumpleaños, se celebraba el Santo. Era un gran día de fiesta en cada casa.
Nuestro Santo era un ejemplo de vida y de valores y si había en la casa varios miembros con el mismo Santo, más fiesta y más ahorro en ella. Había que eliminarlo.
Uno de los «pequeños» cambios introducidos por quienes odian una sociedad de valores cristianos y desean preparar el terreno para otros cambios, fue establecer el uso del Cumpleaños en vez de la Onomástica. A seguir vino la moda de llamar a los niños con nombres no cristianos.
Lo mismo pasó más tarde con la ancestral costumbre del Samaín (noche del 31 de Octubre al 1 de Noviembre) que existió hasta los años 30 del siglo XX y hoy ha sido sustituida por la misma celebración con otro nombre, Halloween.
Primero de todo. Al abrir hoy un navegador diferente del que utilizo otras veces y que, debe de ser por no tenerlo memorizado él, me ha obligado a teclear Otras Políticas, veo – con mucho cabreo – que lo primero que encabeza la página es ese partido nuevo que, que yo sepa (que sé poco de todo, es la verdad) empezó a tener nombre hace unos días.
He pensado si no será una especie de boicot a este blog.
Pero…
Y, bueno, ahora comento artículo y comentarios; o no comento, que lo que comentaría parece que me lo hubiese leído O’farril en el pensamiento, y para qué repetirlo.
Casualmente hace dos o tres noches hablaban en un programa del radio des transhumanismo. Era la primera vez en mi vida que escuchaba esa palabra (porque ya os he contado muchas veces que sé poco de todo y que – eso no os lo he confesado – parezco presumir de mi ignorancia; y, sí, presumo un poco, porque para la escasa formación que tengo no me defiendo mal del todo expresándome) y de que va semejante idea, que me pareció del todo aberrante y espeluznante.
No espeluznante en sí misma como fantasía o juego de la mente, que cualquier cosa por extravagante que sea es susceptible de ser forjada dentro de cualquier cabeza, pero como eso, elucubración o fantasía o disparate.
Pero que personas instruidas – en el programa daban muchos nombres, que no retuve ninguno, de científicos, filósofos, ingenieros, biólogos – abracen semejante disparate y lo argumenten y defiendan fue lo que de verdad me espantó porque, me pregunto, cómo es posible que personas con lo que siempre se ha llamado dos dedos de frente puedan encontrar maravillosa la inmortalidad.
O cómo puede parecerles el más de lo más de la evolución la eliminación de los sentimientos.
¿Qué mierda – perdón – de mundo y de vida serían un mundo y una vida sin dolor, sin problemas, sin conflictos que nos fuercen al límite de qué somos capaces de afrontar y, si nos ponemos con empeño, de superar?
Y no es que a mí me guste el dolor, pero me gusta sí el gusto que me da que después de dolerme una muela se me quite el dolor, que qué sensación de placer… Y sólo es un ejemplo facilón.
Sin emociones, sin sentimientos, sin nada que moviese a la risa o al llanto, al gozo o a la ira, no existiría el arte, en ninguna de sus manifestaciones, y no existirían creadores, no existiría nada que sorprendiese, nada que mereciera ser descubierto ya fuese para alabarlo o denostarlo, porque habríamos perdido la capacidad de criticar, quiero decir en el sentido de la primera de las dos acepciones de la palabra que da la RAE, o incluso la segunda, oye, por aquello que alguien dijo «que hablen, aunque sea mal».
Necesitamos tener opiniones, cada cual la suya y, cuantas más y más cadacuales, más donde elegir y más posibilidad de limar y pulir y desbastar las propias.
Tengo un amigo que dice que vivimos en el mejor de los mundos posibles ¿Y no es ciertamente el mejor de los mundos, el que más nos facilita y propicia el hacernos día a día, instante a instante, nuevos planteamientos, nuevas reflexiones, incluso confrontaciones (y puede que agrias, por qué no, a veces) con nosotros mismos y con los demás que nos abran las puertas a entender otras mentes?
Sí. Pero la del transhumanismo y los transhumanistas, no; que por ahí no paso.
Y me parece, tengo no sé qué vaga idea, de que después viene el posthumanismo, pero como era de madrugada y mi angelito de la guarda debe de ser muy bueno, me quedé dormida.
Desde aquí le doy las gracias, por si me anda rondando aunque yo no lo sepa.
Hace unos años tuve ocasión de asistir a unas jornadas del Club de Roma sobre «transhumanismo». Como consecuencia de las mismas me interesé algo más en el tema hasta nuevamente comprobar -como dice Alicia- cómo era posible que supuestos científicos avalaran teorías tan simplonas. Luego me día cuenta de cómo estaban ligadas a nuevas doctrinas y dogmas que ya en 1959 Robin Hanson definía como: «un movimiento según el cual las nuevas tecnologías cambiarán el mundo en este siglo y en los siguientes, hasta el punto de que nuestros descendientes ya no serán en muchos aspectos seres humanos como nosotos…»
Es una consecuencia del «darwinismo» clásico en su máxima potencia que, pese a su impostura que separa la frontera moral de la evolucón natural, se ve con optimismo, llegando a profetizarse sin ningún tipo de base científica, cualquier ocurrencia (como ya estamos viendo en esa cumbre del clima).
El mejoramientode la naturaleza humana sería biotecnológico (NBIC, nanotecnología, biotecnoología, informática y ciencias cognitivas) pretendiendo acelerar y dirigir el proceso evolutivo humano, hacia un horizonte prederteminado. En definitiva, una nueva ideología mesiánica, distópica de los «iluminados» que intentan salvar al Planeta de sus habitantes, para disfrutarlo a sus anchas con unas generaciones clónicas e ignoantes, haciendo de cobayas humanos.
Un saludo.
A decir verdad, y creo que con ello me uno a los comentarios de Alicia y O`Farrill, siempre me ha llamado la atención la falta de rigor científico con el que, desde el mundo de la Medicina, de forma general, se aborda el tema de la muerte.
Algo que ya es inherente al hecho de nacer, que está inscrito en nuestras células, parece querer roderse, sortearse, ignorarse una y otra vez, en lugar profundizar en ello desde la humildad de lo poco se conoce.
Los avances en todos los campos de la ciencia, sin embargo, nos dirigen la visión hacia esa verdad innegable abriendo cada vez más campos de descubrimiento sorprendentes que invalidan, cada vez más rápido también, axiomas y certezas, haciendo que estos últimos solo sobrevivan a través de las ideologías y de las doctrinas.
Se abren campos inmensos a la intuición de misteriosas leyes que rigen la vida desde el punto de vista de la Física y de la Biología.
Sin embargo, al enfrentarnos al irremediable fin de las nuestras, al menos en sus aspectos visibles y mesurables, parece como si ese afán científico se desvaneciera y todo el mundo deseara mirar para otro lado y abandonarse a toda clase de conjeturas que nos alivie de la angustia de darnos cuenta de lo poco que conocemos ante un paso tan trascendente de la existencia.
Así se llegan a delimitar protocolos para dejar bien definidos determinados momentos de ese proceso “final”, especulando sobre ellos y obviando lo que se conoce y lo que se va descubriendo al respecto, para que no interfieran con el funcionamiento social del modelo que hemos convenido…. aunque ni siquiera respondan a las evidencias científicas que los contravienen.
De ese modo tan sorprendente y lanzando la mirada atrás, resulta que nos encontramos con que antepasados y ancestros de mundos menos desarrollados, tenían, sin embargo, más coherencia en su relación con el principio y fin de la vida cognoscible.
Parecían ser más conscientes de ese misterio y trataban de demostrarlo a través de sus festividades.
La celebración del Samain a la que alude Manu, es uno de los muchos ejemplos de ello.
La de la víspera de Todos los Santos, que luego devino en el Halloween del mundo anglosajón, también.
Sin embargo, vivimos actualmente en una suerte de disparate donde, sin conocer ni respetar el origen de esas celebraciones, se las degrada y usan a modo de burla de algo que aún nos queda muy grande,….y desconocemos las consecuencias de tal actitud que a nuestros antepasados les parecería totalmente descabezada.
Seguimos huyendo de manera totalmente loca e irresponsable de la verdad que de forma tajante envuelve la vida: Nacimiento y Muerte, Eros y Tánatos.