
Esta pandemia que estamos viviendo, con un sinfín de opiniones, artículos, noticias, medidas, normas y decretos, y demás, contiene la paradoja de que parte de algo tremendamente ínfimo como es un virus. Y da de lleno en otro aspecto igualmente primario en la mente humana, el miedo. Una cuestión presente en nuestra vida desde que el hombre es hombre.
“…Y da de lleno en otro aspecto igualmente primario en la mente humana, el miedo.”
El jaleo a todos los niveles –no creo que haya sector que se libre de sus efectos– que está suponiendo, inevitablemente va a marcar un antes y un después en esa secuencia temporal en nuestras mentes que se llama tiempo o historia, a unos niveles mundiales, o sea, que se implante en todas las mentes que pueblan esta Tierra. A unos y a otros, nos va a poner en la tesitura de bregar con esta situación, pues parece claro que su afectación contagiosa y sus efectos sistémicos van a durar años, incluso con vacunas de por medio.
“Los niveles de miedo colectivo que hemos pasado… no creo que se hayan dado tanto desde las últimas guerras”.
Fuimos muy ilusos pensando que, por fin, una parte de la humanidad –la privilegiada– nos habíamos librado del miedo como parte de las escenas que componían nuestras vidas, si no totalmente, sí respecto a las cuestiones más atávicas como el hambre, o más dolorosas como las enfermedades y el sufrimiento. Y encaminados a batir los niveles de la esperanza de vida, conseguiríamos ir venciendo a la vejez, y en cierta manera a la muerte.
“Triste fue el comienzo de sus vidas, trágico y agónico ha sido su final”.
Los niveles de miedo colectivo que hemos pasado, y aún pasamos, no creo que se hayan dado tanto desde las últimas guerras que jalonaron nuestro espacio vital, allá por antes de la mitad del siglo pasado. Más de 75 años desde entonces, que a razón de 25 años por generación, son por lo menos tres generaciones de personas. Lo suficiente para haberlo olvidado en el subconsciente colectivo presente.
Y han sido los últimos que lo podían recordar, como parte de sus vivencias pasadas, quienes más han pagado con sus vidas, no sin cierta fría crueldad, el efecto de la pandemia universal. Triste fue el comienzo de sus vidas, trágico y agónico su triste final.
“Ahora la misma Naturaleza que se defendía es la causa de esta pandemia”.
Desde entonces, partiendo de una reconstrucción necesaria, en general todo ha sido una tónica de crecimiento, progreso, incremento y bienestar, que ha estado instalado en las dinámicas sociales en todos los niveles, sin entrar en las obvias diferencias que han existido, y todas las políticas conocidas han ido dirigidas hacia la conservación, mantenimiento e incremento de esa realidad sin oposición en las opiniones generales. La conciencia ecológica, nacida desde la resistencia a las energías nucleares desde los años cincuenta, siempre tuvo la habilidad política y mediática de sortear los inconvenientes que supondría la supresión de esta fuente de energía en los niveles de riqueza.
“…nuestro cerebro está absolutamente preparado para gestionarlo (el miedo)”.
Ahora la misma Naturaleza que se defendía es la causa de esta pandemia, y la anterior oposición entre la Física y la Química con la Biología parece volver a situarlas en el mismo bando, pues es en esta última donde la humanidad deposita su esperanza en la limitación y superación de los efectos del virus en nuestros organismos, defendiéndonos de las consecuencias de un ataque “natural”.
Pero los actuales conocimientos de neurociencia, una vez más, nos abren a perspectivas distintas a la manera en la que concebir y afrontar esa energía profunda e intemporal que es el miedo. De sus investigaciones se deduce que nuestro cerebro está absolutamente preparado para gestionarlo, pues incorpora elementos automáticos para evitar sus peores consecuencias mentales, como es la desestructuración de los circuitos y redes necesarios para la vida, dado que sin ellos estaríamos directamente condenados a la locura, el suicidio y la mutua aniquilación.
“…evitar que se conviertan en traumas insalvables que condicionen severamente nuestra existencia”.
La forma de “operar” de nuestro cerebro ante experiencias que ponen en solfa la propia subsistencia es la de encapsular todo el corriente sensitivo relacionado con la amenaza, apartándolo de la consciencia para que esta pueda seguir operando sobre la propia “realidad”, y así garantizar las estructuras psíquicas necesarias para el valor máximo que viene preestablecido: la vida, tu vida.
Y también nos dice, como contrapartida, que es necesaria una acción voluntaria para integrar las experiencias negativas y evitar que se conviertan en traumas insalvables que condicionen severamente nuestra existencia. La disociación que se produce entre el cerebro límbico y el cerebro cognitivo es característica de estas experiencias amenazantes, una especie de “Times Out” que permite ganar tiempo para reorganizarlo todo adecuadamente. Pero esta reorganización ya no la hace el cerebro de forma automatizada, sino que depende de nosotros, de nuestra voluntad.
“…la heroicidad, la proeza…”.
Lo que nos define como humanos, incluso de los considerados parientes más próximos, es esa facultad volitiva que proviene de la consciencia que como especie más nos caracteriza. Una energía que puede entrar en contacto, diálogo y relación permanente con los estratos más profundos de nuestra mente, en los que habitualmente se esconde el miedo, la conciencia de muerte, el sentido trágico de la vida, y demás aspectos del drama de vivir.
“…pese a padecer internamente una avalancha de sensaciones muy negativas, han sabido estar a la altura de los toreros…”.
En el acervo mental que suponen los arquetipos está bien recogida esta realidad, y son los relacionados con la heroicidad, la proeza y los actos a pecho descubierto, los que dichas fuentes sugieren que se deben emplear para vencer el miedo, los traumas y las amenazas vitales. Y sus prototipos principales, aquellos que derivados de sus trabajos tienen que jugarse la vida frecuentemente, serían los que psicológicamente hablando, servirían como modelos a seguir; no en sus modos, pero sí en su fondo.
A lo largo de estos meses y a modo de ejemplo de este espíritu transcendente, un buen número de sanitarios de todos los tipos y niveles profesionales, han vivido muy de cerca y en sus propias carnes esta misma realidad, y pese a padecer internamente una avalancha de sensaciones muy negativas, han sabido estar a la altura de los toreros que venciendo el miedo son capaces de poner su vida al servicio de un bien superior.
El amor nos impulsa, pero el miedo nos paraliza. En eso llevan trabajando desde hace bastantes años quienes tienen interés en evitar lo primero y en promover lo segundo. Y lo han logrado, tanto colectiva como individualmente. El ser humano, la persona o el ciudadano, ha sido sometido a una sensación permanente de miedo e inseguridad que hacía posible su entrega total a unos gobiernos de corte totalitario que intentan imponer sus nuevos dogmas y religiones, pero que no tienen nada de «novedoso». Es simplemente buscar causas de enfrentamiento, desde los deportivos a los ideológicos.
El sistema también ha creado las fichas contrarias en el tablero de juego que, se supone, contrarrestan el stress psicológico personal. Pero tanto las fichas blancas como las negras, están en manos de la misma persona que puede moverlas a su gusto y capricho. Siempre ganará la partida.
La salud es algo que, en la época de la verdad, tenía mucho de humanidad curativa y poco de medicamentos. Hoy, por el contrario, en la época de la postverdad o el ocultamiento, se ha sustituido lo primero por la enorme oferta de productos curativos (siempre con el «consulte al farmacéutico..» con que se pasa la pelota a otro tejado), que se han convertido en una nueva moda de consumo. A más caro el producto, más ganancias industriales y más importancia supuesta de sus resultados.
El miedo es libre y sobre todo cuando no hay información suficiente para contrarrestarlo o para discutirlo pro una sociedad miedosa, criada en las generaciones del miedo y la ignorancia, nunca será una sociedad potente, sino una sociedad sumisa y dócil. Por eso, en la práctica del poder sobre los demás, es tan útil el mensaje del miedo transmitido y retransmitido desde el mundo mediático/político. Hasta en la programación musical de la radio aparecen cada poco los mismos mensajes, repitiendo los «mantras» sagrados que no nos dejen olvidar que somos dependientes.
Un saludo.
El miedo también es un motor evolutivo hacia la seguridad. La Brújula que nos guía desde el mal, asociado a la muerte y sus preámbulos, al bien como visión y horizonte de luz.
El Arquetipo, –acervo mental que dice Carlos, ver Nota1–, como «botiquín» colectivo contra el mal para avanzar en el camino hacia la luz.
Algún lado bueno tiene el mal que nos impulsa a reflexionar sobre algo que el «Ethos» de nuestra actual «Cultura» niega: el Bien y el Mal exógenos o independientes de las reglas que el sistema de poder social vaya definiendo formalmente en cada momento.
¿Cómo se relaciona esta realidad vital, esta profunda contradicción, con nuestro Inconsciente Colectivo e Individual?
En otras palabras ¿qué efecto tiene en las personas y en la sociedad la contradicción entre unos arquetipos que nos dicen que algo está mal con la presión legislativa –la fuente de moral del sistema de Poder– que nos dice lo contrario?
Uno de los psicólogos introspectivos que aborda esta cuestión de modo más amplio y profundo fue Alfred Adler y lo resume en un libro de 1910 que se titula «El tratamiento de la Neurosis». Traten de hacerse con él y guárdenlo para leer despacio a lo largo de sus vidas.
El conjunto de disfuncionalidades psicológicas que se conocía entonces de modo genérico como Neurosis sería, según este autor, resultado de una conducta que disocia los actos de las creencias más íntimas –arquetípicas y morales exógenas al individuo–. Es decir, cuando nuestros actos contradicen nuestras creencias inconscientes.
Hoy podemos ver en nuestra sociedad occidental cómo masas ingentes de seres humanos deambulan de un día para otro a base de psicofármacos legales y drogas ilegales.
Porcentajes que superan de largo el 40% de la población según los controles de la Guardia Civil de tráfico e informes de Sanidad (en lo referente a fármacos recetados).
Es decir, una pandemia que ya afecta a 8 veces más gente que los contagiados por el Covid-19. Masa ingente oculta e ignorada ya que es el reflejo directo de lo que nuestro sistema de Poder Social ha hecho de nosotros en escasamente un siglo.
Es evidente que cada vez es más fuerte la disociación entre nuestro «acervo moral colectivo» y lo que el Poder impone en su Cultura y en su Derecho formal. El sistema está ahíto de incoherencias destructivas.
Saludos
Nota 1. Jung al hablar de nuestra estructura psíquica distingue tres niveles: El nivel Consciente, el Inconsciente y el Inconsciente Colectivo. Este último lo define como «la herencia ancestral» –ancestral heritage– de posibilidades de representación que es común a todos los seres humanos… y la base verdadera de la Psique individual.
Obras Completas, vol 8, párrafos 317 a 321.
La ignorancia alimentando al miedo que nos atenaza en millones de situaciones, hacen que sigamos repitiendo las mismas pautas, esquemas y no logremos salir volando del cómodo mono raíl en el que estamos instalados y que nos conduce … a nada.
Un laberíntico bucle, continuo y desesperante.
Dicen, que llegando al tercer peldaño de la escalera, encuentras dos flores separadas entre si, pero unidas a un tronco común. Estas flores, desprenden un perfume tal, que si llegáramos a respirar y sellar en nuestros pulmones su fragancia, se despertarían las memorias que desterrarían al miedo para siempre, permitiéndonos así, continuar el ascenso por los peldaños, con menos carga y con el brillo de una tenue luz en nuestra frente.
Cuidarse