
Hace ya un tiempo, cuando aún se podía fumar en los andenes del Metro, presencié una escena que me pereció muy significativa. Un hombre, ya de cierta edad, deambulaba distraído por el andén a la espera de la llegada del tren. Iba fumando un pitillo perdido en sus pensamientos, al tiempo que silbaba una cancioncilla indescifrable. Esta estampa provocaba una sensación relajada y amable entre unos pasajeros a medio camino entre el sueño y sus propias y enigmáticas tribulaciones.
Más le valdría a usted silbar sin envenenarnos con su humo
Inconsciente y ausente del efecto que pudiera estar produciendo su comportamiento, en la opacidad que domina el vestíbulo tubular que es la estación, su musiquita vibraba en aquel silencio denso del que sabe que el tren aún no se acerca, y que esos silbidos son sus señales.
Los apurados empiezan a dar muestras de impaciencia, los agobiados de cierta ansiedad, los desocupados de indiferencia y los exigentes de leve indignación. Una señora con un marcado rictus contrahecho y mirada torva, tenía fijados sus ojos en nuestro hombre silbador, y cuando pasó por su lado le vociferó la siguiente sentencia “Más le valdría a usted silbar sin envenenarnos con su humo”. Así, a bocajarro y sin mediar ninguna otra cosa. Vamos, que le fastidiaba el relajo demostrado por aquél, y se agarró al humo para tratar de tirarle por tierra su serenidad.
Como se oyó bastante y la expresión de la señora tuvo una sonoridad contundente, una expectación latente tomó cuerpo durante unos segundos en todos los presentes, y al cabo, el hombre se volvió para espetarla “Más le valdría a usted no salir de casa con tan mala leche”.
Creo que no he vuelto a ver a nadie desde entonces, silbando, canturreando o tarareando en los espacios públicos
No dio más de sí la escena, pues al tren ya se le oía en la distancia, y ni a uno ni a otra les apeteció enzarzarse en mayores disputas, pero al entrar en los vagones más de uno murmuraba para sí la desfachatez del señor en fumarse un pitillo alrededor de los demás. Mientras, yo pensaba para mis adentros lo mal que nos iba a ir si personas como el silbador empezaban a desaparecer, y las formas de señoras como aquella se hacían hueco entre los recovecos de nuestra sociedad y en nuestras relaciones.
Creo que no he vuelto a ver a nadie desde entonces, silbando, canturreando o tarareando en los espacios públicos. Y me pregunto si con nuestra interminable lista de reglas, normas, reglamentos, derechos y demás, no hemos acabado haciendo del aire que respiramos algo cada vez más difícil, con una levedad tan sutil como cierta, produciendo un incesante malestar. Caras crispadas, expresiones amargas, miradas aviesas, o gestos mohínos o torcidos, los hay por doquier, y adquieren una relevancia sorprendente cuando nos encontramos con la sencillez del ademán limpio, el discurso amable o la postura dulce de quien nos topamos en cualquier inesperado momento.
Caras crispadas, expresiones amargas, miradas aviesas, o gestos mohínos o torcidos, los hay por doquier
Tenemos de todo ello un ejemplo muy cercano, aguantándose las ganas de entrar en la polémica del pequeño y contundente discurso del premio Goya al actor revelación, Antonio Vidal, lo que además me sorprendió fueron sus formas, el sentir de sus gestos, la postura y el tono, una sucesión de caricias dulces que me fueron derritiendo al igual que al resto de quienes lo presenciamos, y que inmediatamente inundaron las redes sociales, y se contaminaron con las acostumbrada zafiedad de las polémicas enfermizas.
Seguramente alguien con muchas más razones que el resto de los espectadores, para que en él hubiera tomado cuerpo el fastidio, la amargura, el malestar y la queja, estaba dándonos a todos una lección de suave belleza que, en la cada vez más extraña cualidad de mirarse en sus propios espejos, no podía sino sonrojarnos de la miseria de la actitud con la que hemos decidido vivir. Estaba derrochando agradecimiento, amabilidad, cariño, calidez y cercanía.
Esto no es, como pudiera parecerlo, una loa al sufrimiento individual como vía para hacer buenos los valores y recursos de los que disponemos, sino un reconocimiento de la capacidad de la que todos disponemos para que, en situaciones altamente difíciles, trascender las limitaciones de las capacidades, las dificultades irreversibles, y todo el malestar sobrevenido, haciendo positivo el hecho de vivir.
Y a uno se le antoja cómo es que cuanto más tienes, más deseas; cuando más deseas, más fácil es la frustración; cuando más frustrado estás, más buscas cumplir alguno de tus deseos, y así volviendo a empezar en un bucle interminable, que suena a perverso.
Y a uno se le antoja cómo es que cuanto más tienes, más deseas…
Me pregunto si la visibilidad como política social dominante de nuestras sociedades, ante la realidad de las partes más siniestras y escabrosas de la vida que llevamos –factor dominante y omnipresente desde las televisiones hasta los lugares de trabajo, desde algunos dormitorios hasta los doscientos mil bares–, seguramente sin pretenderlo, acaba poniendo en el centro de la escena social una forma de estar en constante y permanente irritación. Una suerte de actitud desabrida y tan repetitiva como un tic, con la que transitar de la mañana a la noche sin reparo alguno, cargados de razones y motivos que se nos presentan como inalienables, y alimentados de un extraño, pomposo, e hipócrita bienestar. Una actitud que de vez en cuando, generalmente en la soledad de la intimidad, con darle solo una o dos vueltas, pasan de irrefutables a bochornosas.
Una actitud que… con darle solo una o dos vueltas, pasa de irrefutable a bochornosa.
Estar “a la que salta” o “saltar a la primera”, “estar en la queja”, “no aguantar la más mínima”, “reclamar como primera vía”, “vociferar en cuanto se tercia”, o la incapacidad de soportar cualquier contrariedad, es el estado anímico del colectivo, prioritario, compartido e identitario.
¿Estamos en nuestro derecho?, ¿somos conscientes de estar interpretando todo un Réquiem a la dulzura?
En la galería de fotos de un célebre portal de Internet he encontrado una de las que en su momento se conocieron como niños Lebensborn. El modelo arquetípico de «nueva mujer» o «nuevo hombre» que los regímenes totalitarios establecen y tratan de imponer.
Una foto que llama la atención es la de este grupo de niñas.
http://d29jd5m3t61t9.cloudfront.net/warhistoryfans.com/images/fbfiles/images/lebensborn_girls_v_1449293423.jpg
No fumo, tampoco me molesta que otros lo hagan, y recuerdo que cuando se impuso la exclusión del fumador de todo espacio cerrado todos pudimos observar el alto grado de intolerancia gregaria que de un día para otro se estableció en la sociedad. La cosa comenzó en USA que es donde más se pudo observar este fenómeno que para mi fue varias cosas de distinto orden pero, sin la menor duda, una de ellas fue un programa de prueba de Ingeniería Social y de Control de Masas. Varias de ellas en curso en nuestro entorno social y que generan escasa o nula reacción.
Es tremendo que pudiendo optar por la libre elección de locales con y sin humo se negase esta posibilidad con una virulencia muy propia de los que odian profesionalmente y que son muy detectables en dichas ideologías. Tremendo porque luego se les llena la boca de «libertad» y más bien parece que no saben el significado o que lo rechazan desde lo más hondo de su ser.
Hace unos días una niña sueca se hizo «viral» y se incorporó a las niñas de la foto promocionando «el cambio climático» sin ni siquiera ser capaz de explicar por qué cree que los cambios climáticos son culpa de las sociedades blancas y patriarcales. Una vikinga desmemoriada que ha olvidado que Groenlandia tuvo arboleda en la idílica era cálida de la alta edad media.
En paralelo, el consumo –tolerado e incentivado por los poderes públicos– de drogas ilegales sigue creciendo y hoy en cualquier control rutinario de tráfico su incidencia supera el 40%. La UE nos acaba de meter en el PIB un puntillo más, de consumo de droga, a falta de producción propia y sabe Dios lo que para el PIB supuso la importación de millones de estufas de gas desde China para calentar los espacios abiertos para fumadores en todos los bares de Europa.
Prestamos poca atención –incluso desde los especialistas– a lo que se conoce como PSY-OPS. Operaciones de manipulación psicológica de las masas que complementan la evidente opresión cultural y educativa.
Ayer mismo un ingeniero industrial me comentaba impresionado que en el libro escolar de uno de sus nietos en cuyos capítulos sobre las formas de energía no aparecía la nuclear.
Vamos «muy fatal, abuelo» decía de pequeña una de mis nietas.
Muchas gracias por el artículo y…
Buenos días
PS. https://www.contrepoints.org/2019/02/27/338183-le-seul-objectif-de-la-transition-ecologique-est-detatiser-la-societe?utm_source=Newsletter+Contrepoints&utm_campaign=4b3b716025-Newsletter_auto_Mailchimp&utm_medium=email&utm_term=0_865f2d37b0-4b3b716025-114114673&mc_cid=4b3b716025&mc_eid=50d9af0c7b
Estimado Carlos: muy interesante tu reflexión sobre el cambio de actitud y comportamientos sociales, donde las sonrisas de felicidad ( o de ignorancia) han dado paso a gestos hoscos y agresivos. Como experto que eres creo que el comentario de Manu Oquendo explica un poco del «porqué» de estas situaciones nuevas, a lo que añadiría la intención de enfrentarnos desde ideologías trasnochadas, desde agravios comparativos flagrantes o desde ideologías que, como decía León Felipe, cortan como hachas toda posible relación puramente humana. Todo en nuestro entorno demuestra que, lejos de ser más felices, nos sentimos cada vez más desgraciados y faltos de cualquier horizonte de futuro. Algo está fallando en esos supuestos avances «progresistas» de los que alardean unos y otros, para que empecemos a pensar que quizás «todo tiempo pasado fue mejor». Un saludo.