
Hacer del amor un objeto de estudio solo se nos podría ocurrir a nosotros. Todos los auténticos artistas dirán que el amor es el aspecto central de la poética, tanto en su forma como en su contenido, su hilo inspirador y la fuerza motivadora, su lenguaje y sus imágenes, algo difícilmente alcanzable por la racionalidad. Objetivarlo para su análisis y comprensión racional no deja de ser una osadía, similar en su alocado propósito a la que aquejó a Prometeo cuando trató de desvelar el contenido de la caja de Pandora.
Pero así se hizo, con el afán de comprender mejor los elementos y fuerzas que componen las relacionas afectivas entre los seres humanos. Un psicólogo estadounidense, R. J. Sternberg, lo estableció a partir de la observación de la interacción de innumerables parejas, concluyendo que tales relaciones eran susceptibles de una clasificación, a tenor de la mayor o menor presencia de ciertas variables descritas. Más que una teoría, base de la ciencia moderna, lo que realizó fue una descripción somera de lo encontrado en sus investigaciones, dejando aún abiertas muchas interrogantes al respecto, como lo corroboran los estudios posteriores sobre el Amor líquido del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que hacen más hincapié en los procesos y contenidos de las relaciones amorosas que en su clasificación y categorización, si despojamos a sus estudios de connotaciones economicistas y sociológicas.
Quizás el mayor mérito de la aportación del sociólogo polaco no estriba en la definición de la fragilidad (licuación) de las relaciones amorosas como signo de nuestros tiempos, sino el paralelismo establecido entre la materia y los afectos, una nueva vía para relacionar lo físico con lo psíquico.
Según una opinión a la que me suscribo, quizás el mayor mérito de la aportación del sociólogo polaco no estriba en la definición de la fragilidad (licuación) de las relaciones amorosas como signo de nuestros tiempos, sino el paralelismo establecido entre la materia y los afectos, una nueva vía para relacionar lo físico con lo psíquico. Y ya estamos esperando a algún aventurero que nos hable y desarrolle sobre las relaciones características del amor sólido y del gaseoso.
En realidad, al abordar esa tarea, nos estamos asomando a los abismos del ser humano, enfrentándonos a las fuerzas esenciales que han jalonado nuestro devenir a lo largo de milenios, si no desde la misma existencia de la especie humana. Tomando al amor como ejemplo de este “abismo”, el autor citado, indicó con cierta precisión los tres elementos que lo componen, concluyendo que sus combinaciones ofrecen siete categorías de amor posibles. Los elementos a los que hace referencia son el compromiso, la intimidad y la pasión, aspectos generales del ser humano que adquieren diferente relevancia cuando se insertan en una relación de pareja, y por tanto en dicho contexto, son elementos diferenciales que las definen y catalogan.
Los elementos a los que hace referencia son el compromiso, la intimidad y la pasión, aspectos generales del ser humano que adquieren diferente relevancia cuando se insertan en una relación de pareja.
Pese a las aún excesivamente vagas concepciones, con estos tres componentes se puede acotar bastante lo que sucede en las relaciones amorosas. A la pasión la define como un estado de deseo intenso de unión con el otro, gran deseo sexual, romántico y sentimental acompañado de excitación y perseveración psicológica. A la intimidad como aquellos sentimientos dentro de una relación que promueven el acercamiento, el vínculo, la conexión y la propia revelación implicando el deseo de dar, de recibir y de compartir. Al compromiso lo entiende como la decisión de amar a otra persona y la promesa por mantener ese amor, en los buenos y pese a los malos momentos.
Si analizamos con detenimiento estos factores, más allá de su simple descripción, se podría hacer una fácil y generalizable extrapolación del rumbo de las relaciones de pareja, heterosexuales y de cualquier otro tipo. El compromiso se entiende como una suerte de cierre de la relación sobre si misma, un contrato inmaterial que supone un pacto a futuro entre los dos implicados que sistemáticamente excluye a cualquier otro, no solo de la relación, sino de la participación en cualquier otra relación posible de esta naturaleza. Forma parte de las garantías, y su ejercicio es un aval ante las veleidades y versatilidad del ser ante sus inseguridades. Es la estabilización de la fuerza huracanada del amor a favor del asentamiento constructivo de la relación. En cierta medida, suena a la necesidad del patriarca por asegurar la procedencia biológica de su descendencia. Suena a necesidad masculina, a pura realidad social, por lo menos de ahora.
La intimidad es mejor entenderla en términos espaciales, pues la diferencia con otras formas de relación posibles estriba en la proximidad y la cercanía, a la que habría que sumarle la revelación de aspectos secretos propios que solo son revelados al otro. La dificultad mayor para que estos formen parte de otro tipo de relación, se refiere al grado de exposición en el que alguien queda cuando son mostrados; y, por tanto, a los riesgos contraídos por el hecho de hacerlo. También la intimidad hace mención a la necesidad de “desnudez” para acceder a la mayor intensidad posible que una relación de pareja ofrece, que nutre y eleva a quienes la participan a niveles que ninguna otra lo puede hacer. Es un encuentro sin disfraces que admite mal la mentira y la falsedad, un terreno cierto sin intelectualidad, que suena a la adscripción femenina a la radicalidad emocional. Es la búsqueda de la autenticidad del vínculo afectivo sin importar una inestabilidad que no aterra a las mujeres.
El deseo de fusión con el otro supone simultáneamente el deseo de incorporarlo a ti, como el de formar parte de él, en clave de individualidad.
Hasta aquí llega lo que puede ser definido en la trilogía planteada, pues el tercer factor, la pasión, es ese misterio que se ha mencionado anteriormente como la línea roja con la que la ciencia se topa, y a la que solo los poetas han sido capaces de aproximarse. Es la piedra angular sin la cual el resto de factores no tienen excesiva importancia, y que solo sirven de acompañantes cuando este está. El deseo de fusión con el otro supone simultáneamente el deseo de incorporarlo a ti, como el de formar parte de él, en clave de individualidad. Pero sobre todo es la creación de un tercero, no individual ni material, que es la relación en si misma que transciende a los que participan, les redimensiona y les trasciende. La mística del Amor, quizás.
Un misterio.
Hermenegildo de los naranjos.
Pues zí zeñor Peiró, describe usté l’amor de mu buena manera, muy sutil y bello, aunque en los pueblos se coge a la moza y a pacer un rato, sin más…
También eztoy con usté en esto de la curtura, mire que no tuve ezcuela y bien-bien no zé ezcribir.
A ver la maquinita, si me lo arregla, que parece que sí;
Esto del amor entre parejas tampoco es que sea tan normal hoy día…hay una especie de amor colectivo no sujeto a ninguna moral o norma (parece).
En el nivel social, la falta de empatía o amor entre personas es evidente, hace nada ha habido una concentración de personas en mitin que hablaban del amor a la bandera y a la patria, aunque en realidad es el amor patrio (de mando) a la Cartera, un ir muy atrás porque el miedo y no el amor (a otros/as) les tiene anquilosados en las viejas ideas..soplan vientos reaccionarios fruto de la falta de moral y leyes consensuadas desde el sentir humano…
Se tardará algo más quizás, pero se llegará …la Humanidad es Unidad, y no tan en el fondo, todos somos «iguales», suena a revolucionario pero son verdades irrefutables, se va lento, pero se harán cosas hacia Adelante;
Inadmisible de nuevo las deportaciones, los campos de exterminio, los guettos, el avance de guerras, la exclavitud, el hambre, las desesperanzas..etc;
Inadmisible en pleno siglo XXI y en plena era tecnológica..
Pasamos a nuevas experiencias ya??-
Quizás lo mejor del amor es que nadie puede diseccionarlo, etiquetarlo o sistematizarlo, porque es el alma humana (esa gran desconocida), la que ama sin más explicación. O la que odia en las mismas condiciones. Racionalizar los procesos de amor y odio sólo es un juego intelectual que casi nunca acertará. El amor se siente y, además, es poliédrico, múltiple, diverso…..
Lo han definido los mejores poetas del mundo en sus múltiples facetas. Ahí está el soneto de Lope de Vega: «Desmayarse, atreverse, estar furioso…..» o los versos de San Juan de la Cruz….
Mejor dejémoslo como algo que nos transforma sin que sepamos el porqué.
Un saludo.
El tema es importante porque, como tantas otras palabras deformadas intencionalmente por el Poder Social Real, Amor ya casi no significa nada o, peor todavía, significa lo que en cada momento nos apetece que signifique. Es un Significante Vacío. Otro más.
Por ello, los teólogos cristianos, algunos de ellos al menos, han recuperado para referirse al «Amor» la vieja definición griega: «Agápē» (ἀγάπη) un amor incondicional, esencialmente reflexivo, en el que el que ama solo tiene en cuenta el bien del amado. Casi nada.
El resto es otra cosa.
Como consideraciones más generales añadiría que el Sistema de Poder Real –siempre Formal e Informal– pone los medios para condicionar, moldear e imponer sus propios criterios de moralidad y SIEMPRE lo hace en la dirección que refuerza dicho poder.
Las revoluciones europeas se esforzaron en eliminar o limitar al ámbito privado el peso de las Religiones Autóctonas y del Derecho Natural. Desde el triunfo del laicismo ideológico –una «doctrina» más según los diccionarios– así está siendo.
Pero tras la Revolución Francesa surge un nuevo obstáculo: Kant y su Imperativo Categórico Universal convertido en el bastión intelectual de una moral Externa al Poder e Independiente de él.
Hay pensadores como Schopenhauer o Popper que atribuyen la contratación de Hegel, como profesor de Filosofía a la muerte de Kant, al deseo del entonces Rey de Prusia de que Hegel se encargase de “Enseñar la Filosofía que hay que enseñar” . Una práctica perfectamente visible hoy en nuestras universidades por la que terminaremos pagando un alto precio.
Desde la muerte de Kant el Sistema de Poder ha tratado de minar o de eliminar, con éxito nada despreciable, la legitimidad de cualquier norma Moral no consagrada o promulgada por el propio Poder. Este esfuerzo sistemático de «gestión» cultural está detrás del éxito de corrientes como el Cognitivismo en Psicología para tratar de eliminar en lo posible la Introspección y la Reflexión como elementos fundamentales para el fruto proclamado de nuestra civilización: Facilitar el crecimiento de seres Humanos que sean SUS PROPIOS DUEÑOS.
Es en este sentido interesante ver cómo lo resumía no hace tanto el afamado Psicólogo y Pedagogo Kohlberg en las aulas del War College USA. (Tierra y Marina). Kolhberg explica en términos de comportamiento tres modelos de actuación:
Preconvencional, Convencional y Postconvencional. Terminología elegida para señalar los focos sociales de conformidad moral.
A su vez cada uno de los niveles anteriores tiene dos subniveles.
Preconvencional: 1. Premio y Castigo. 2. Instrumental.
En este nivel la moralidad viene definida por sus recompensas. Muy resumidamente «es bueno si me hace bien o me evita el castigo».
Convencional. 1. Norma del Grupo más próximo. 2. Expectativas Sociales más amplias.
En este segundo nivel, algo más sofisticado, operan la conformidad al grupo cercano y a lo políticamente correcto aceptado por pares y masa.
Post-Convencional .
1. Contrato Social. Opera el Contractualismo (reciprocidad de servicios) y es oportuno recordar a John Rawls –su coetáneo en Harvard– cuyo «escenario contractual original», ya muy desprestigiado, tiene todavía plena vigencia normativa en todo Occidente y muy especialmente en la UE.
2. Principio Moral Universal.
Solo a este último nivel operaría un criterio análogo al Imperativo universal kantiano.
La abrumadora mayoría de la sociedad occidental se mueve hoy en las dos primeras categorías . Para encontrar «ejemplos» del último de los seis tipos, es decir un criterio moral relativamente externo al Poder Social, hay que irse a personalidades como Luther King o Gandhi. El resto, es decir, el 99.9% de la población seguiría lo que se le dicta directa o indirectamente.
En una de época de moralidad pública cuestionada y decreciente ¿Dónde están las voces de alarma? ¿Dónde están los grandes profesores de Filosofía y dónde nuestros moralistas como Adam Smith?
El silencio nos abruma y vaticina la correspondiente reducción de la confianza social mientras nos roban hasta el significado de las palabras.
Un saludo cordial y gracias por el artículo.
Estimado Manu, desde luego que el tema es importante. No sólo en lo relativo a lo expuesto en el artículo que se circunscribe a una pequeña parte de lo que el Amor supone en la vida humana, ni en la importancia de los valores morales que los sustentan, sino que, seguramente, su transcendencia está en la dimensión que está cobrando en los últimos tiempos.
En esta línea, es conveniente resaltar el tránsito que llevamos realizando durante décadas en el mundo occidental. Hasta no hace mucho, el común de los mortales, no iba mucho más lejos que sustentar su vida en parámetros de supervivencia básica (alimentos, vivienda, ropa y calzado, y una sexualidad ramplona, y poco más), pero el enorme desarrollo producido dió lugar a sociedades opulentas y estilos de vida que nadaban en la abundancia. Tratar nuestra hambre y nuestro techo, dejaba de ser, no ya la principal ocupación, sino casi la única. Pocos -algunos artistas «locos» y extravagantes, y una pequeña «elite» de privilegiados-, eran quienes diferían de este estatus quo generalizado.
La llegada de la «clase media», y el aumento paulatino de sus miembros, ponía en evidencia que las situaciones de extrema necesidad iban disminuyendo, y por tanto, la gran herramienta con la que el «Poder» manejaba a las sociedades empezaba a dejar de ser efectiva. Había que buscar nuevas armas con las que seguir ejerciendo el dominio, y en esto que aparecieron una nuevas «teologías de masas» (materialismo dialéctico, Estados), una nuevas ideologías de masas (fascismo, comunismo), unas nuevas «filosofías de masas» (laicismo, tecnologicismo, psicologismo, cientifismo, animalismo), y unos novísimos «entretenimientos de masas» (deporte, redes sociales, turismo, artilugios lúdicos). El intemporal laboratorio de dominación no daba a basto con la sucesión de transformaciones que se iban produciendo.
Al desaparecer la Luna como lugar de poetas y rincón de amoríos, tras retransmitirse al mundo entero como simplemente es un espacio más a nuestro alcance, la humanidad se queda huérfana de los lugares en los que depositar aquellas cosas que su cabeza no puede ajustar a esa forma de entender la realidad que llamamos razón. Y ahí estamos amigo Manu, desubicados y desorientados en pos de encontrar ese lugar al que poder dirigirnos cuando se acaba el Telediario, el apartamento de Torrevieja y el salchichón ibérico de Masterchef.
La vida va rasgando los días, y los dirigentes van llenando el vacío con ideas como la «tercera edad», el conflicto territorial y la «muerte dulce», para mal disimular el vértigo de una existencia que está destinado al ascenso. Mientras miremos como siguen actuando los asesinos, como proliferan los psicópatas, como nos dividen entre machos y hembras, y portamos orgullosos miles de buenistas lacitos de colores en la solapa. La humanidad está en el Jardín de Infancia de una nueva era.
Cordiales saludos y gracias por tu comentario.
Déjeme primero que le comente al señor ese de los naranjos que eso de que en los pueblos se coge a la moza ( como si fuera cualquier otra cosa ) denota la ignorancia supina de que es la moza la que siempre decide pero enfin… como si el amor, o pacer con las naturalezas del campo, fuera una decisión individual.
Después los otros comentarios todos seniles, pues no merecen consideración y con respecto a los amores considerándolos estados físicos pues atraviesan todos los estados pero en los seres sólo peden ser de onda, pueden atravesar todos los sentidos y confundirse con sensaciones de bienestar, etc… pero el amor que perdura es de onda y no merece una explicación en éste mundo enfermo apenas se da. Hay gente que nos sentimos y que nos comprendemos, porque darse, atraviesa los cuerpos, está mucho más dentro de ellos, lo demás es obsceno, pues en nombre del amor nos ovidamos de la a y matamos. El amor es volátil, no puede agarrarse, se deshace y se funde y atraviesa los tiempos, los espacios y las velocidades y no piensa, sólo se transforma y muy importante: recuerda. Baugman hizo con su tratado una crítica a la forma estancada del agua que calma la sed en un instante pero los amores no son como los ríos, no son como las lunas, son los juegos que hace cada sombra con su sol. Ondas de colores.