He escuchado en las noticias que ha habido varios muertos en un terremoto en alguna zona de Asia. No sabría deciros ahora dónde, porque son países que no controlo mucho, pero ha sucedido bastante lejos de España que, como bien decían en el franquismo, “está en el centro del mundo”. La noticia me aflige, soy humana, pero no he podido evitar respirar cuando me han informado de que no había ningún español entre las víctimas. Esto me deja bastante tranquila. Lo siento enormemente por los fallecidos asiáticos, pero imagino que a quien le corresponde de verdad ese dolor por la pérdida es a sus compatriotas y no a mí. Como española tengo el sufrimiento bien compartimentado.

Pero no funciono sólo como española, también funciono como espectadora. Me impresiona más una matanza en un lugar en el que las matanzas no son habituales. Si son frecuentes me afecta menos porque de alguna manera estoy más acostumbrada y me amparo en pensar que sus protagonistas también lo están. No es lo mismo que alguien pierda un hijo en Afganistán a que lo pierda en Alcorcón. En Alcorcón no están tan acostumbrados a perder hijos como lo pueden estar en Oriente y por eso sufren más y eso me hace sufrir más a mí, porque ya os he dicho, por si hay alguna duda, que soy humana.

En África muere mucha gente de hambre y eso por supuesto me parece mal, pero ocurre a diario y no puedo detener mi vida cada vez que muera un niño. Debo seguir con mi ritmo cotidiano y no pegarme al televisor con las noticias sobre la hambruna. Eso no ayuda a nadie. Sin embargo, sí puedo detener mi vida y pegarme al televisor para ver una retransmisión tras la matanza de Oslo. Es normal, en Oslo no suele morir gente de forma violenta, por eso es noticia. Por eso me aflige.

Hay semejantes más semejantes que otros, y un semejante en Siria, por ejemplo, no es un semejante en Madrid.

Tenemos bastante incorporado que nos afecte más lo que ocurre en nuestro barrio que lo que suceda en países que ni siquiera sabríamos situar en un mapa. ¿Pero por qué lo encontramos tan lógico? ¿Por qué la noticia me resulta más dramática si implica a un ciudadano español? La respuesta es clara: porque soy una ciudadana española. O sea, nuestro sufrimiento depende del grado de semejanza que se encuentre en el sufrimiento de los demás. ¿Por qué? Porque nos recuerda que podría habernos pasado a nosotros. Por lo tanto, me temo que sobre todo nos afectan todos aquellos acontecimientos que podrían ocurrirnos a nosotros. Me temo que valoramos los dramas ajenos en función de lo mucho o poco que nos salpiquen. Me temo que el rumbo que tome este planeta, sólo contará con nuestra compasión si en uno de sus giros tiene la suerte de movernos el flequillo.

Quizá a estas alturas ya sepamos que España no es el centro del mundo pero, desde luego, nosotros seguimos viviendo como si lo fuera.

2 comentarios

2 Respuestas a “EL CENTRO DEL MUNDO”

  1. José María Bravo dice:

    Barbara Alpuente, en este articulo, habla de política aunque no lo parezca. Menciona a Franco pero, más, como un modo de ser que como un político.

    Pero es que la política es hablar de amnistías fiscales, de abaratamiento del despido, de recortes en la cobertura de la salud y de la educación?. No, eso no es hablar de política. Hablar de política es mirarnos en un espejo y darnos cuenta de lo feos, lo pálidos, lo gordos, lo tozudos que estamos.

    Hablar de política es sentir que en Irak niños, como tus hijos, han muerto asfixiados bajo muros de guerra. Que en Palestina andan descalzos y que la bota, pagada por nosotros, de un joven militar israelí lleno de pavor, los pisa. Si, hablar de política es conmoverse con el hambre en Etiopía y no con un gol de Ronaldo y de Messi. Hablar de política es decir cosas sencillas como las que dice Barbara. Ese es el lenguaje de la gente corriente, de esa mayoría que no escribe en los periódicos o nos aturde en la televisión

  2. Micaela Casero dice:

    Cuando he leído tu artículo me ha venido a la memoria una frase muy antigua: «ama a tu prójimo como a tí mismo».

    Si aislamos esta sentencia durante un rato y la despojamos del contexto histórico donde surgió, de los contextos donde ha sido utilizada normalmente, su significado cobra una vida independiente, que para mí, es muy actual, adquiere carácter de «última noticia».

    Reflexiono:

    yo me quiero a mí mismo. Quito apellidos, «mismo» significa aquí una persona pero no de un país concreto.
    Si yo me quiero a mí mismo, me convierto en protagonista de mi mundo. Quito conceptos ególatras, narcisistas, enamoramientos vacíos de la propia imagen.
    Si yo me quiero a mí mismo, me convierto en protagonista de mi mundo, desde un punto de vista positivo.

    Al quererme, me reconozco como válido, alguien con valor. Mi confianza crece y empieza a ser posible proyectarla hacia afuera.
    Si estoy contento con quién soy, aunque me reconozca limitado, pero asumo la limitación como un reto que implica evolución, me convertiré en un ser-persona al que le apetezca dar y compartir experiencias externas e internas. Podré crecer y hacer crecer «campos energéticos positivos a mi alrededor».

    Ahora, el prójimo.

    Éste era antes, mi vecino. Ahora, en los tiempos que corren, donde la cacareada globalización informátiva nos invade hasta en los rincones más privados del planeta, el prójimo es un niño etíope, una mujer japonesa que pasea y le cae el tsunami, o un chicano que sufre las represalias de un policía de fronteras por intentar globalizar el mundo a su manera.

    Para terminar, creo que vistas las opciones, una de las pocas posibilidades de despertar sensibilidades universales y no solo caseras y miopes, es confiar en el efecto mariposa:

    si yo me quiero, me autocritíco, me evoluciono, me doy cada día entre mis gentes más próximas, tal vez, ese aleteo frágil de buena voluntad, despierte un aliento furioso, constructivo, renovador, impulsor de cambios que retornará a mí y echará raices en las generaciones futuras conscientes de su ser, del del prójimo, que sabrán que el prójimo no es otro sino tú, por el simple hecho de que somos personas.

    Tal vez suceda, tal vez no.

    Yo, por si acaso, sigo intentando trabajar, cada día de esta manera. ¿Y tú? ¿Y vosotros?

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