Vivo junto a una plaza en la que habitualmente se congrega un grupo de indigentes borrachos. Esa gente es un claro ejemplo de lo que solemos definir como “chusma”. Gente que, a estas alturas, parece haberse acostumbrado a ser tratada de chusma. Personas instaladas en el último escalón de la pirámide social.

Este grupo de gente, aparentemente, se lleva bien, pero cuando se pasan con la bebida tienen grandes broncas. En la bronca de esta tarde, uno de ellos insultaba a otra chica del grupo, diciéndole “calla, que yo por lo menos estoy en mi país, no soy una indígena como tú”. Y esto me ha calado. Porque desde la condescendencia de esto tan inquietante que llamamos “clase media”, me creo que por el hecho de estar todos compartiendo las sobras de nuestro sistema, ya tienen algo en común y se apoyan los unos a los otros. Pero no, claro, ellos también tienen su pirámide social. Y en esa pirámide, ser un indigente borracho está por encima de ser un indigente borracho inmigrante. “Yo seré un parásito social, sí, ¡pero español!” O sea, que no se libra nadie de las jerarquías. ¿No es reconfortante saber que por muy bajo que caigamos siempre habrá alguien a quien pisarle la cabeza?

Enrique, un indigente con el que hablaba largos ratos hace tiempo, se indignaba cuando comprobaba que la ropa donada a la iglesia iba destinada también a los inmigrantes. En el fondo entendía que esta gente necesitara ropa, pero en su cabeza, lo lógico era que él escogiera primero qué quería llevarse y los restos se los llevaran los inmigrantes, y no al revés. El orgullo patrio pasa por encima de cualquier argumento.

Estos comportamientos me rompen los esquemas, pero pensándolo bien ¿de qué me sorprendo? ¿Qué esperaba? ¿Que por el hecho de ser unos pobres borrachos dejados de la mano de Dios, actuaran con solidaridad y altruismo entre ellos? ¿Por qué? Si no actuamos así los demás, ¿por qué espero que lo hagan ellos? Porque desde donde estoy, decido que ellos no tienen nada, y cuando no tienes nada, no ves amenazadas tu posición y posesiones, así que no sientes necesidad de pasar por encima de nadie para conservarlas. Pero no es así. Sí tienen algo que conservar, aunque yo no sepa qué.

Me temo que mientras los seres humanos permanezcamos en este estado primario de supervivencia, a todos los niveles sociales, cuando esa chica indigente, borracha e inmigrante, encuentre a otra chica indigente, borracha e inmigrante lisiada, en plena discusión le gritará: “¡calla, que yo por lo menos tengo las dos piernas!”.

Y esto que relato es un extremo, sí, pero si nos miramos bien, veremos que también caemos en comparaciones permanentes para situarnos, aunque sea psicológicamente, por encima de los demás.

Mientras escribo estas líneas, la bronca ahí fuera continúa. Ahora el borracho y la chica se lanzan insultos desde ambos extremos de la calle. Oigo cómo ella le grita “¿Y quién te crees que eres tú para hablarme así?”. El hombre hace una pausa dramática, se gira, y sin siquiera mirar a su adversaria, contesta sobrado: “siempre ha habido clases”.

Y así es. Siempre ha habido clases… A ver si el problema va a ser ese.

5 comentarios

5 Respuestas a “PIRÁMIDES”

  1. ALEJANDRO GIL dice:

    Hace algún tiempo leí un libro de Paz Moreno Feliu, antropóloga especializada en estudios sobre genocidios, llamado «En el corazón de la zona gris». Hablaba de estos procesos llevados al extremo por supuesto, en los campos de concentración nazis. Unos pocos SS lograban controlar a miles de prisioneros recurriendo a esas clases y castas, al odio y al sentimiento nacional. Al final prisioneros ayudaban a ejecutar prisioneros, y dentro de la gran clase de desgraciados esclavos de los campos, había clases.Fundamentalemente dos, los que vivían y los que morían En el fondo da igual el color, religión etc, solo importa estar encima cuando las miserias de los seres humanos afloran. Es entonces cuando la suspensión de la moralidad se da, y los hombres vivimos en esa zona gris donde no vemos más allá de nuestros propios intereses, y de la equívoca importancia que nos damos a nosotros mismos. Sin importar lo bajo que hemos caído aún podemos hacerlo más.

    Un saludo y gracias por escribir Bárbara

  2. Satrústegui dice:

    En un pequeño pueblo del norte de Cáceres, buscaba un alicatador. Estaba el ladrillo en plena explosión con lo que no encontraba a nadie que me arreglase el suelo. Me fuí al pueblo vecino, misma comarca, a unos dos km, y me traje a un chapuzas de allí. La gente del pueblo me miraba con recelo. Alguien por fin se atrevió a de decirme: «no nos gusta que los forasteros vengan a quitarnos trabajo»

  3. José María Bravo dice:

    Barbara dice cosas que yo muchas veces pienso. Soy suramericano pero vivo aquí hace muchos años. Aún hay gente que me pregunta si puedo votar, en fin que si puedo opinar. Pero, como dices, hay asuntos mas cotidianos como el derecho a comer, a estar, a reír, a curarse, a amar.

    La gente que se dice culta habla de las diferencias culturales. La gente que se dice blanca habla de las diferencias raciales. La gente que se dice rica de las diferencias de trabajo. Y así sucesivamente y, como también dices, a la inversa.

    Parece una pregunta manida, sabemos amar?. Nos educan a amar?. Yo se que en nuestra cultura suena cursi esta pregunta. Esta mañana pensaba porque las canciones que triunfan son en inglés. Suena sorprendente que el inglés sea un idioma poético que usa mucho la palabra «love». Que en en el enunciado de las cartas se diga «Dear», que en la despedida se diga «Love». Por qué los países anglófonos son más multiraciales?. No, no lo se. Puede que esto que diga tenga muchos matices.

    Cuando voy por las calles oigo mucho «que se vayan a su país» y esto conduce a «que se vayan a su pueblo», a «que se vayan a su casa».

  4. asmodeus dice:

    He pasado por trabajos de muy distinta cualificación y sueldos, y a menor cualificación, más racismo se percibe entre los compañeros. Y en cierta forma se entiende (aunque ojo, no lo justifico): para una limpiadora o un mozo de almacén, los inmigrantes sí son competencia real, y en abundancia. Para un técnico informático o un ingeniero no.
    No sé muy bien qué mecanismos nos llevan a adjudicar a veces un comportamiento más ético o moral a los grupos más desfavorecidos, pero la realidad es que la ética no entiende de clases sociales.

  5. Inés T. G. dice:

    No sé si lo planteo de forma un poco simplista, pero creo que si todo ser humano busca a alguien a quien dominar, deporte bien antiguo cuya práctica cualquiera puede observar todos los días (en el trabajo, en las reuniones de la comunidad de vecinos, en la cola del autobús, conduciendo…) esta podría ser la clave para entender como es que, por muy bajo que sea el escalón que uno pise en la pirámide social, siempre busca a otros a los que poder mirar desde una superioridad que en el fondo uno sabe que es inventada, pero para la que el modelo social ofrece tantos argumentos legitimadores que es difícil sustraerse a la tentación de no utilizarlos como más convengan para esclavizar a los demás, aunque sólo sea dentro del imaginario personal. Algo es algo.
    Es triste comprobar como quienes se mueven por los escalones más altos del pastel del poder, se sienten, por el mero hecho de pisarlos, tan realizados y embriagados de sí mismos, tan parientes cercanos de los dioses, y es desoladora la admiración mal disimulada que les profesan muchos reivindicadores de la igualdad de clases, que se quejan de sus abusos y aleccionan en la lucha social a los más desfavorecidos al tiempo que se pintan reinando un dia desde los mismos tronos que aborrecen. En este contexto, puede que no sean mucho más responsables de las desigualdades sociales los que viven en los áticos que los que aspiran a comprarse uno, cueste lo que cueste.

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